Semblanza de don JOSÉ MARÍA ZELEDÓN, autor del HIMNO NACIONAL fallecido en ESPARTA en 1949

Don José María Zeledón Brenes -Billo- (1877-1949), autor de la letra de nuestro Himno Nacional, falleció en la Hacienda La Pastora, Esparza, a escasos metros de La Rotonda de Los Mangos.

Abril de 1974. En la antañona ciudad de Esparta, muy cerca de la costa, casi oyendo el ronco rumor de las olas que se deshacen, como dijo el poeta, en blancos copos de heliotropos, terminó sus días el autor de la letra del Himno Nacional, don José María Zeledón Brenes (Billo), cuya actuación ciudadana llena muchas páginas de la historia costarricense.

Para unos, no importa que en su vida obtuviera el premio en el concurso de letras para el Himno Nacional, promovido en el año 1903, en esta capital. Para otros, quizá lo perdurable será la resonancia y la belleza de su astro poético.

Para nosotros, lo que más vale es su inquebrantable fe en una conducta intachable, mantenida rígidamente sin preocupaciones en el qué dirán ni en ningún prejuicio social, económico, ni sectario. Don José María Zeledón fue él y nada más que él. Pudo a veces equivocarse, pudo ignorar el medio, pero nada le importó tanto como su propio criterio. Un carácter singular. Esto fue lo ejemplar en él.

En sus mocedades, inflamado por las ideas republicanas, hace de periodista y de agitador de masas. Su prosa y su verso le abren campo en nuestra literatura, pero triunfa, particularmente, como escritor festivo. Entonces, populariza sus dos pseudónimos: Billo y Berlín.

También hace discursos en las plazas públicas. Sirve al Partido Republicano en forma valiente y efectiva. No alcanza el reconocimiento público, porque su prosa es agresiva y crea conflictos. El político debe ‘barrer para adentro’. Y él no cede; arremete contra todo y contra todos. En el campo político se cerró el paso. Pero conquista un nombre como escritor; uno de los más leídos en el país

Se promovió el concurso para cambiar la letra del Himno Nacional y resulta vencedor. Otro oleaje de dicterios y de críticas contra él. Le disputaban el honor. Mas, el fallo se mantiene y durante medio siglo su Himno, sonoro, vibrante, se canta en las escuelas. Y el nombre del poeta vive en el corazón de todos los costarricenses, especialmente del pueblo que cantó y consagró como ejemplo de civismo:

“En la lucha tenaz, de fecunda labor,

que enrojece del hombre la faz.

Conquistaron tus hijos –labriegos sencillos-

eterno prestigio, estima y honor”.

Hay una época de su vida en que le interesan los movimientos obreros. Lucha por las conquistas sociales. En compañía de Omar Dengo y de otros intelectuales, dicta conferencias, agrupa a los trabajadores más conscientes en el “Centro Germinal”. Allí, germinaban la intriga y el odio.

Al cabo se da cuenta de que se encuentra arando en la arena y pone la vista en otros horizontes. Porque, eso sí, no puede estar quieto. Trabajando como el mejor de los trabajadores, y seguramente como muy pocos trabajadores, le sobraba tiempo siempre. Y tenía que invertirlo en alguna actividad de interés colectivo. Metido en uno de esos afanes, lo arrastraba su inquietud, y entonces sacrificaba hasta las horas de descanso.

Por el año 1914, llegó a la Imprenta Nacional; innovó y señaló nuevos rumbos, a la vez que sus medidas disciplinarias le granjeaban molestias y odios. Llevó a su lado a una serie de jóvenes que comenzaban a sobresalir en el mundo de las letras, el nuestro, tan pequeño y tan mezquino. Organizó unos ‘Juegos Florales’ y dio oportunidad para que cobraran nombre, entre otros, Carmen Lyra, Mario Sancho, Camilo Cruz Santos, etc. Pero, como si fuera su destino, a poco peleaba con algunos de sus protegidos.

Entra en los movimientos revolucionarios contra el régimen de Tinoco y sufre persecuciones y ultrajes. Se le ridiculiza a veces; se le mortifica, pero su genio no es de los que ceden. Y llega hasta el final, tratando de ponerse fuera del alcance de sus perseguidores.

Triunfa la Revolución del Sapoá y llega al Congreso (Asamblea Legislativa), que pintorescamente se llamó de los ‘Hormigas’ y de los ‘Hermenegildos’. Hay mucho elemento campesino, de buen sentido y mejor patriotismo. Y con ellos hace camaradería. Lucha tenazmente por establecer sanciones (a los deshonestos), y otro oleaje de dicterios y de críticas se alza contra él. Pero, como siempre, impertérrito, desafía a sus enemigos. Y logra abrir paso a sus planes de reivindicación y de castigo. No lo mueve un espíritu de persecución y de castigo. No lo mueve un espíritu de persecución, tanto como su idealismo romántico de establecer la justicia social, de señalar ejemplos para que haya más respeto para la República.

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Artículo relacionado, La ROTONDA de LOS MANGOS de ESPARZA: http://wp.me/p1jlVc-aa

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FUENTE: La República. Suplemento “Cuatricentenario de Esparta”. Sábado 27 de abril de 1974.

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