CONVERSACIONES con mi SOMBRA (Cuento de MARIO GÄTJENS)

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Por: Mario Gätjens González (*)

Este frío viento, al tejer filigranas contra mi piel, se adentra despaciosamente en mis poros, calando mis entrañas, dispersando mis células, y me quedo aquí acurrucado con mis ojos enormemente abiertos, y esta media sonrisa silenciosa que sólo yo comprendo, porque la llevo amarrada a mis gestos.

Estoy solo. El agua pega contra los pilotes del muelle y los hace crujir. A lo lejos, el mar es un espejo que golpea la tarde preñada de silencio; el silencio empuja mis presentimientos, que hacen crujir en mi corazón los recuerdos. Uno, diez, cien, mil. Danzan vertiginosamente en mí, por mí, para mí. Y no puedo retener ni un segundo el encanto fantasmal de una caricia que fue, o algo así. Las manos de la geisa, su sonrisa fiel, resignada, como repite un niño su oración aprendida de memoria, pero dulce, genuina, tierna y humana, como un árbol cuando caen sus hojas y queda desnudo esperando el invierno.

Las noches largas en que las estrellas parpadeaban contra tu frente, y el barco iba corazón adentro, mar afuera, tormenta de partida tras los sueños, silencio tan espeso que parecía que uno podía partirlo en pedazos con su mismo cuchillo de picar pescado. Es en estas horas, cuando uno siente que su lengua sola, pronuncia una palabra: ¡mamá! Y la repite con otro acento: ¡mamá! Es como un canto lejano metiendo dulcemente las yemas de sus dedos en la raíz del corazón. De pronto está uno pequeño, se mira en unos ojos claros, estira un pie, los dos, sus manos; y se pierde en esta tarde fría, en la niebla que produce tu propia respiración.

Rasgas esas cortinas; estás cansado; el casco de soldado forma una bola calcinante en tu cabeza. Ves ahí, por todos lados, como muñecos inservibles, a ellos. Algunos fueron tus compañeros, tus amigos; otros sólo formas humanas que se parapetaban contra las casas. Ahora su sangre los hermana formando mapas rojos bajo el sol que Dios creó para todos.

Caen más bombas. Tus hermanos desgranan toda su humanidad civilizada en esa tierra ajena. El ruido entra en tus oídos pringándolos de presagios. El barco se mece y estás solo, callado. Has caminado por ese puente que pone tu mirada desde las puertas de tu conciencia hasta el futuro. Topas un niño; te sonríe, le acaricias de paso y rumias lo que piensas. Sólo se vive con amor; la tierra es una espora donde todos somos necesarios porque los hombres somos felices creyendo, aunque a veces tengamos que inventar lo que creemos.

Ves el sol redondo que parpadea como el ojo del tuerto de tu barrio, barrio pobre de casas viejas, mirándose mutuamente a través de la polvorienta calle, como avergonzadas de su miseria. El polvo arremolinándose por el aire buscando las rendijas, y aquel calor infernal en el ambiente, requemándolo todo. Las viejas en las aceras, sentadas en destartaladas mecedoras, tratando de espantar la soledad con sus abanicos de paja.

El vendedor de frutas empujando su rechinante carretilla cuesta arriba, el chino de la esquina, tu vecinita tratando de encontrar un espacio más amplio a sus quince años, y bares, más bares, profusión de nombres y de caras. La Pitirra, Julia, la Tres Pesos, y aquel maldito tuerto. Hoy es tu día, hijo de la tiznada. Y su amno que aprieta tu garganta, y tú miras su único ojo, redondo, feo, profundo, homicida, y ves también su puño que viene a estrellarse en tu cara. Y sientes el peso de su cuerpo encima del tuyo a horcajadas, y el polvo caliente te quema la espalda y el puño del tuerto baja… baja.

Estás sobre la hamaca. El barrio y tus ojos morados apestan. Aprietas tus dientes y muerdes la nada como la lluvia mordió la tierra recién removida. La tarde que sepultaste a tu madre, la tierra negra la protegerá de esa lluvia que tú sientes en el corazón. Total, meter el pie en la arena, tragarse el horizonte y envejecer sonriendo.

La tarde es fría y yo sigo con mi sombra. Mi barco ancló en mis sueños. Cincuenta años, y pienso que acaso no he nacido todavía.

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(*) Mario Gätjens González, escritor, nació en Cerrillos de Esparza, Puntarenas, el 18 de marzo de 1942. Trabaja como vendedor de libros.

Algunas de sus obras: Cuentos para dormir a Rasputín (1970); El pozo triangular (1977); Frente a sus puertas (1979); El gallo Stradivarius (1989); Poemas para confirmar que somos inmortales (1994); Ellos andaban conmigo (2003).

BIBLIOGRAFÍA:

Gátjens González, Mario. El Pozo Triangular. Editorial Costa Rica. Primera edición. San José, Costa Rica. 1977. Págs.  64-66.

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