ESPARZA de NAVARRA y ESPARZA de COSTA RICA (Año 1974)

Excmo. Sr. ERNESTO LA ORDEN MIRACLE, Embajador de España en Costa Rica, en la década de los años 1970.

Excmo. Sr. ERNESTO LA ORDEN MIRACLE, Embajador de España en Costa Rica, en la década de los años 1970.

Por: Ernesto La Orden Miracle,

Embajador de España en Costa Rica

Voy a contar, como si fuera un cuento, una historia real y verdadera.

Érase una vez, a mediados del Siglo XVI, allá en las montañas de los Pirineos, en el antiguo y glorioso Reino de Navarra, que se había incorporado pocos años antes a la unidad española, un hidalgo del Valle de Salazar que se llamaba don Diego de Artieda y Chirino, perteneciente a una familia de la casona o palacio fortificado de Artieda, en otro valle cercano de Navarra.

Este don Diego, que ya había sido Capitán de Arcabuceros en las Islas Filipinas, a las órdenes del legendario don Miguel de Legazpi, contrató con el rey don Felipe II, el día 1º de diciembre de 1573, en el mismo Palacio de El Pardo, desde donde gobernó España el Generalísimo (Francisco) Franco, una capitulación de las que se usaban en aquella época para organizar los descubrimientos y conquistas de los españoles en Ultramar.

PARA CREAR LA NUEVA NAVARRA

Decía el Rey Prudente en aquel documento:

“Por cuanto Vos don Diego de Artieda, con el celo que tenéis del servicio de Dios Nuestro Señor, y que la santa fe católica y ley evangélica sea ensalzada, y nuestra Corona, rentas y patrimonio real acrecentados… (sic) os ofrecéis de ir a descubrir, poblar y pacificar la provincia de Costa Rica a vuestra costa y misión, sin que Nos seamos obligados a socorreros con cosa alguna de nuestra hacienda… y que gastaréis en lo hacer y efectuar veinte mil ducados… y tendréis en los puertos de Sanlúcar de Barrameda o Cádiz tres navíos… con los marineros y gente de mar que fuere necesario… para llevar por lo menos doscientos hombres, cien de ellos casados, cada uno proveído de las armas necesarias y convenientes…

…y llevaréis todas las vituallas, bastimentos y provisión que fuere necesario por lo menos para un año entero… y poblaréis en la dicha provincia de Costa Rica tres ciudades… una en el puerto de las Bocas del Dragón, que es a la par de la mar del norte… otra en lo mediterráneo de dicha provincia, en el Valle del Guarco, y la otra en la provincia de Garabito… a la banda de la mar del sur… y llevar y meter en dicha provincia mil vacas y mil quinientas ovejas, quinientos puercos y cabras y cien caballos y yeguas… y para que cumpliéreis todo lo dicho, por vuestra persona y bienes muebles y raíces habidos y por haber, daréis fianza en cantidad de diez mil ducados… etcétera”.

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Develación del Busto de don DIEGO DE ARTIEDA CHIRINO Y UCLÉS, en el Parque 'Ignacio Pérez Zamora' (Esparza, Puntarenas). En la gráfica: Prof. Gerardo Alfaro Martínez (Regidor), Lic. Guido Sáenz González (Ministro de Cultura, Juventud y Deportes), y en el extremo derecho el Excmo. Sr. Ernesto La Orden Miracle (Embajador de España). Año 1974.

Develación del Busto de don DIEGO DE ARTIEDA CHIRINO Y UCLÉS, en el Parque ‘Ignacio Pérez Zamora’ (Esparza, Puntarenas). En la gráfica: Prof. Gerardo Alfaro Martínez (Regidor), Lic. Guido Sáenz González (Ministro de Cultura, Juventud y Deportes), y en el extremo derecho el Excmo. Sr. Ernesto La Orden Miracle (Embajador de España). Año 1974.

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Es decir, que el capitán Artieda comprometía en la colonización de Costa Rica toda su fortuna, sus tierras y ganados de Navarra, sus ahorros de las Filipinas, todo a su costa y riesgo y en un juego de azar, sin que el rey le ofreciera otra cosa sino la hipotética Gobernación y Capitanía General de costa Rica, eso sí, por toda su vida y la de su hijo y heredero, con un salario de dos mil ducados al año, cobradero de las rentas de la misma provincia, amén de algunas ventajas fiscales –como diríamos ahora-, tanto en encomiendas de indios como en aprovechamiento de los metales y piedras preciosas, con permiso para reclutar en España doscientos soldados voluntarios a su costa.

Como última promesa, decía textualmente el rey:

“Tendremos cuenta con vuestros servicios para haceros merced de daros vasallos con perpetuidad y título de marqués u otro…”

¡Pobre don Diego de Artieda que, con la esperanza de cubrirse de gloria y de ser marqués, arriesgó su vida, se llevó a América su familia, gastó todos sus bienes y murió arruinado y fracasado en Guatemala dieciocho años más tarde, sin conseguir su marquesado y sin haber podido crear el Reino de la Nueva Navarra, que era verdaderamente su ilusión!

“UN VIAJE SINIESTRO” A COSTA RICA

Por no adelantemos los acontecimientos demasiado. Don Diego anduvo un par de años por Castilla y Andalucía, reclutando sus hombres solteros y casados con gran dificultad, porque el rey necesitaba soldados al mismo tiempo para las guerras de Flandes.

Compro y aparejó sus tres navíos para embarcar en ellos sus hombres, mujeres y niños, entre los que figuraban su hijo Juan de Artieda, de 16 años, blanco de rostro y con una cicatriz en la frente; su sobrino Gabriel de Artieda, de 17 años, rojo, con pecas en el rostro; su hermana Sabina de Artieda, de 35 años, blanca y rubia, acompañada por su marido Juan de Peñaranda, de 40 años que era alto y moreno, y por sus hijos Juan, Diego, Hernando y Fabiana, que tenían respectivamente once, nueve, siete y cinco años de edad. Llevaba también consigo un puñado de hombres de apellidos vascos –Bigornia, Bolívar, Lambarri, Gúrpide, Ochoa, Mendóroz, Ubitarte, Argueta-, que eran soldados cubiertos de cicatrices, pero la mayor parte de su tropa eran andaluces y extremeños, reclutados a son de tambores y trompetas en las plazas de Toledo, Ciudad Real, Plasencia, Cordoba y Sevilla. El más joven de los expedicionarios se llamaba Rodrigo Lozano y tenía cuatro meses de edad… (sic) Alguien habrá hoy tal vez en Costa Rica que sea descendiente de aquel niño.

El flamante gobernador y nonato marqués, con sus hombres, sus vacas y sus caballos, hizo “un siniestro viaje” a Costa Rica, según él mismo escribió. Se le hundieron dos barcos en el Caribe y tuvo que salir a nado en su segundo naufragio, perdiendo hasta sus títulos de gobernador. Pese a todo, fue capaz de entrar por el Desguaro o río San Juan y llegar a la ciudad de Granada, en Nicaragua, donde puso en astillero otros tres navíos.

En 1577 salió por aquel río hasta el Atlántico, costeó hacia el este y entró por el río Guaymí, hoy llamado Chiricamola, donde fundó a dos leguas y media del mar, la ciudad de Artieda del Nuevo Reino de Navarra, a la que como hija suya –él debía ser viudo hacía años-, le dio su propio apellido.

El 5 de marzo de 1578 subió por el mismo río y bautizó un hermoso valle que estaba lleno de maíz y de palmeras pejibayes con el nombre de Valderroncal, es decir, como el Valle de Roncal, el más famoso de los valles de su tierra, después del Roncavalles legendario. Por entonces, aparecieron en el Pacífico nada menos que Francis Drake y sus piratas británicos, de modo que el Gobernador tuvo que abandonar un Océano por el otro, consagrarse a las orillas del Mar del Sur y enredarse finalmente en un largo pleito con las autoridades superiores de Guatemala, hasta morir en esta ciudad en 1591.

Nada quedó del Nuevo Reino de Navarra, de la ciudad de Artieda y del flamante Valderroncal. Toda la obra de Artieda en Costa Rica, llena de trabajos y de fracasos, no resultó más que un mal sueño, una verdadera pesadilla. Pero ha quedado de ella un testimonio perenne, una ciudad costarricense de Esparza, a la que Artieda puso el nombre de su aldea natal española, Esparza de Salazar.

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Esparza, decada de los años 1960.

Esparza, decada de los años 1960.

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DE CÓMO ESPARZA SE LLAMABA ESPARTA

Cuando el que esto escribe llegó a Costa Rica, hace tres años, y empezó a recorrer sus bellísimas montañas y sus playas, encontrando por todas partes los rostros y los apellidos de aquellos españoles que durante trescientos años crearon este querido país, averiguó que una ciudad llamada Esparta desde el año 1879 no era otra que la Esparza bautizada por Diego de Artieda. La había fundado en realidad su predecesor en el gobierno, (Alonso) Anguciana de Gamboa, en el año 1574, con el nombre de Espíritu Santo, trasladando a su vez a ella a los pobladores de otra ciudad más antigua que se llamaba Aranjuez. Esparza fue bautizada así probablemente en el año 1577.

Pero la Esparta que yo vi en 1972, se llamaba históricamente Esparza, pues no había sido bautizada por los lacedemonios, sino por los navarros, y se disponía a celebrar en 1974 el cuarto centenario de su fundación. Entonces, la visité amorosamente, tendida entre colinas a unos doscientos metros de altura sobre el Océano Pacífico y dominando a buena distancia el mar y sus fondeaderos. Como decía el mismo Artieda:

“Esta ciudad tiene tres puertos, el más lejos a dos leguas, y en el que se llama La Caldera pueden entrar en él navíos de alto bordo y es muy bueno y seguro”.

Artieda ha resultado un buen profeta. Cuatro siglos después, aunque hace tiempo se habilitó el puerto de Puntarenas, los costarricenses han decidido construir en grande el puerto natural de Caldera, con los recursos técnicos de ingenieros japoneses, que se convertirá muy pronto en el puerto principal de Costa Rica. Los padres buscan siempre lo mejor para sus hijos y Esparza era la hija de aquel buen Gobernador.

“Es muy buen hombre y de muy buenos deseos”, escribía el provincial franciscano fray Pedro Ortiz al rey en abril de 1578.

“Nos parece buen cristiano y celoso de la honra de Dios y que desea acertar para que estos naturales vengan a la fe”, escribía el celosísimo fray Lorenzo de Bienvenida.

A fuer de buen navarro, Diego de Artieda fue en verdad un caballero cristiano, un hombre de bien que sirvió con todas sus fuerzas al rey y a Dios. Contribuyó como nadie –después de don Juan Vásquez de Coronado-, a crear ese hermoso rincón del mundo que hoy llamamos la República de Costa Rica. Sembró en este suelo sus propias virtudes y ha dejado en una ciudad esperanzada el nombre de su aldea natal de Esparza de Salazar, escondida allá lejos, en un repliegue de los Pirineos.

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Imágenes del Valle de Salazar, Navarra, España, donde se ubica la Villa de Esparza.

Imágenes del Valle de Salazar, Navarra, España, donde se ubica la Villa de Esparza.

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VISITA AL VALLE DE SALAZAR

En cuanto averiguamos el secreto a voces de “Esparza” aproveché mis primeras vacaciones en España para visitar Esparza de Salazar. ¡Qué viaje sentimental el que hice a Navarra, pilotado por el buen amigo Jaime del Burgo, que es como si dijéramos el Ministro de Cultura de aquella brillante y autónoma Diputación Foral!

Entramos por el Valle de Erro hasta Aoiz y bajamos por el río Iratí hasta Lumbier. Nos detuvimos de paso en Artieda, a ver la gran casona fortificada del linaje, y nos metimos, aguas arriba, por las foces o gargantas del río Salazar, que son un espectáculo soberbio. Desde Navascués se ensancha algo el valle y enhebramos los pueblecillos –Uscarrés, Güesa, Gallués, Sarriés y otros-, que forman la antiquísima Comunidad o Junta del Valle de Salazar, cuyos habitantes son todos hidalgos desde 1469, confirmados por Felipe II en 1566.

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Escudo de Armas de la Villa de Esparza de Salazar, confeccionado en madera de roble, obsequiado por  sus autoridades a la Ciudad de Esparza de Costa Rica. Año 1974.

Escudo de Armas de la Villa de Esparza de Salazar, confeccionado en madera de roble, obsequiado por sus autoridades a la Ciudad de Esparza de Costa Rica. Año 1974.

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Las armas nobiliarias colectivas (escudo de armas) eran y son “un lobo negros sin corona, con las uñas doradas, y un cordero plateado en la boca, atravesado, con los cuernos dorados”.

Muchas de las casas de Esparza conservan todavía hoy ese blasón, cuya divisa reza en vascuence “AZKENEAN KONTA”, que puede traducirse en castellano por “A la fin se verá” (sic) o “Hasta el fin nadie es dichoso”. Buen lema para un pueblo trabajador y cristiano como es el de Navarra.

La noble Villa de Esparza de Salazar, aupada junto a un puente antiguo sobre el río, es un puñado de casonas de piedra y de pequeños huertos, con una buena iglesia parroquial. Sus habitantes, famosos pastores de ovejas en otro tiempo, viven hoy de la madera de sus montes y de las truchas de su modernísimo vivero. Saben que don Diego de Artieda fue paisano suyo, uno de más de los salacencos distinguidos en América y en Europa, en guerra y paz. Les encanta oír que en Costa Rica hay otra Esparza y me obsequian para ella un escudo de roble, con su (lobo) y su cordero, como recuerdo de hermandad. Les decimos adiós y seguimos hasta Ochagavia, la bellísima villa que hoy es capital del valle, coronada por su ermita de la Virgen de Musquilda. El río Salazar, bajando de las selvas del Iratí, salta entre guijarros blancos en medio de las casonas oscuras o encaladas, gran centro de turismo en el estío.

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Desfile de los 400 años de Fundación de Esparza, Puntarenas (Costa Rica). Año 1974. Foto: Sr. Lucas Madrigal Conejo.

Desfile de los 400 años de Fundación de Esparza, Puntarenas (Costa Rica). Año 1974. Foto: Sr. Lucas Madrigal Conejo.

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FIESTA EN ESPARZA DE COSTA RICA

De regreso a Costa Rica, con la retina llena de imágenes navarras –alta montaña, piedra y robledal-, vamos a celebrar el 12 de octubre en la nueva Esparza, entre verdes colinas tropicales.

Nos honramos con la buena compañía de la Ministro de Cultura, Juventud y Deportes de Costa Rica, esa gran escritora y finísima intelectual que se llama Carmen Naranjo, no hace mucho Embajadora en Israel, hija, por cierto, de un buen español de Canarias, en el otro extremo del mapa de nuestra España lejana. Viene también con nosotros un grupo de residentes en San José –catalanes, atures, castellanos-, y todos domos recibidos en procesión cívica por el pueblo y las autoridades de Esparza.

Hay un grupo de escolares con boinas rojas que nos hacen pensar que entramos en Pamplona. No faltan las ‘majorettes’ y los bomberos y hasta un espléndido ‘ballet indio’, cuyos componentes de pura raza blanca evolucionan con gracia en torno a un ídolo ancestral.

Flamean alternadas las banderas de Costa Rica y de España. Hay los inevitables discursos oficiales, pero una orquesta escolar modula delicadas melodías y un capuchino navarro, fray Isidoro de Mezquiriz, entona con su poderosa voz los acordes del AGUR JAUNAK.

Hermosa fiesta hispánica en Esparza, presidida desde su marco de roble de los Pirineos, por el lobo y el cordero heráldicos del valle de Salazar.

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FUENTE: Garro Rojas, Sonia. Folleto “ESPARZA (COSTA RICA)”. Temas de Cultura Popular. NAVARRA Nº246. Editado por la Diputación Foral de Navarra. Dirección de Turismo, Bibliotecas y Cultura Popular. Pamplona, España. 1974.

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FOTOGRAFÍAS:

– Ministerio de Empleo y Seguridad Social, España.

– Sr. Lucas Madrigal Conejo.

– Imágenes de Internet.

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