De veras, a mí me salió “El Cadejos”…

CADEJOS_Marco Fco Soto Ramirez

“De espantos y otras aventuras de la vida…”

Por: Edgardo José Rojas Ramírez (*)

Hace unos días, rememoraba con mi familia, en casa de mi madre, anécdotas o situaciones vividas años atrás.

Tocó el turno de los temas de “espantos” y “aparecidos”. Recuerdo que en mis casi 38 años, en cuatro ocasiones escuché o vi algo. La experiencia que me marcó fue la aparición de “El Cadejos”, que viví en carne propia.

A partir de los 15 y hasta los 22 años, descubrí y me desenvolví en el mundo fascinante del alcohol –por lo menos, así lo creía en aquella época de primera juventud-, y esperaba con ansias la llegada de los viernes y sábados para entregarme al éxtasis que provocaba en mí el licor. No importaba la “goma” que –durmiendo en el sofá tapizado de vinil de la casa de mi madre– sudaba medio día, para estar, más tarde, disponible para una nueva fiesta. Fiestas que, disfrutadas con la “barra” de amigos eran sabrosas, pero que también en la soledad, con sólo la botella en mano, me resultaban suficientes para alegrarme.

Durante las muchas farras, nunca fui amigo de esperar a ver la salida del sol; solamente en dos oportunidades pude ver el nacimiento del día con una cerveza en la mano. Aunque fuera a la 1, 2 ó 3 de la madrugada, acostumbraba llegar y amanecer en casa, bajo el pretexto –que sólo yo me creía– de “evitarle preocupaciones a Mamá”, y para que ella creyera que había llegado temprano. Y, por supuesto, llegaba temprano… ¡¡¡Pero del día siguiente!!!

La anécdota que deseo compartir con ustedes, sucedió cierta noche, cuando tenía, a lo sumo 20 ó 21 años. Esa noche, no recuerdo si proveniente del Bar “Katsy” o del Bar “La Choza de mi Tata”, en las primeras horas del sábado, me dispuse a pedir el zarpe, pagar la cuenta, y salir “arreando chanchos” hacia mi casa, ubicada en el Barrio de Los Mangos.

Me sentía “bien pegado”, pero no estaba consciente del desmedido zig-zag en mi andar. En esos tiempos, a mediados de la década de los años 1990, Esparza aún era un pueblo tranquilo, se podía transitar sin peligro de maleantes que le asaltaran.

Recorrí los primeros 200 metros de mi destino. Al llegar a la esquina sureste de la plaza, donde se hallaba la famosa “Tagada” –asiento semicircular de concreto, que semejaba la forma del juego mecánico con ese nombre–…

¡¡¡ AYYYY, MAMÁ !!!! Vi, saliendo detrás de la estructura, a un perro de grandes proporciones, que yo creía –más bien– era como una oveja, de pelaje bien negro y enredado…

El “tilín–tilín” de sus cadenas, sus intensos gruñidos, salidos de un babeante hocico que mostraba su dentadura, y aquella penetrante mirada de ojos rojos intensos, provocaron que –de un sólo “guamazo”– se me bajara la mitad del guaro que llevaba puesto y, sin duda alguna… ¡¡¡Me revelaron la identidad de dicha aparición!!!!

–¡¡¡ EL CADEJOS !!! –Dije para mis adentros– ¡¡¡ JUEPUTA… SÍ EXISTE !!! –murmuré, con la adrenalina al tope…

Dentro del enredo mental del momento, en un estado alterado de consciencia provocado por la rara simbiosis de borrachera y pánico, recordé que mi Tata me contaba que “El Cadejos” no hacía daño, que era un acompañante fiel del trasnochador. Así, que me armé de valor y –casi entre lágrimas y tartamudeo provocados por el terror desmedido– le dije:

–“Mi hermanito, jejeje, mucho gusto… Y ¿diay? Aquí voy hasta el rabo… Pero, ya voy hacia mi casita… Tranquilo… Es aquí, cerquita… Lo más a 400 metros… No te preocupés por mí… Descansá, quédate ahí, tranquilo…” –Ése fue mi pretendido diálogo de pánico con aquel terrible espanto.

Reinicié la marcha y la piel se me ponía de gallina al escuchar a mis espaldas el “tilín–tilín” de las arrastradas cadenas… Sin embargo, volteé para verlo y comprobé su serenidad y su caminar a mi derecha, donde siempre se mantuvo, mientras se dignó acompañarme…

Para meterle conversa al bicho, y medio envalentonarme, le iba diciendo a cada rato:

–“Ya casi llegamos… Ya casi llegamos”.

Así, recorrí la cuadra de la Plaza de Fútbol, la del Kinder, la del Barrio “El Caimito”, la del Barrio “El Apagón”, la del Colegio… Hasta que llegué al portón de mi casa, en el Barrio “Los Mangos”. Giré y le dije:

–“Amigo, aquí me quedo, gracias por acompañarme y protegerme…”

Subí las gradas de mi casa y –como nunca– recuerdo que esa vez no me costó abrir el portón y puerta principal de la casa, pues muy claramente podía distinguir las llaves y las cerraduras, en medio de la penumbra.

Tembloroso y a oscuras, me dirigí a mi habitación, me quité los “caites” y al proceder a correr las cortinas de la ventana para dormir, solamente vi dos luceros de un rojo intenso, que me miraban fijamente desde la oscuridad del otro lado de la ventana… “El Cadejos” aún velaba para que no fuera a “paquetearlo” con no dormirme o que fuese a salir nuevamente de casa… Eso me imagino…

En la poquitilla dosis de valentía que me quedaba, atiné a decir:

“–Mi hermanito, ya podés estar tranquilo… ¡¡¡ Voy a dormir !!!!”

Ya, acostado, mientras me cobijaba, escuché el “tilín–tilín”, que me continuaba erizando la piel… Pero, sabía que, ahora sí, “El Cadejos” iba de retirada, dando la vuelta por la acera de mi casa, buscando la salida.

Con la aparición del citado “espanto”, “Gavetazo” –propietario de “La Choza de mi Tata” – y los Córdoba –del “Katsy”– salieron perdiendo, porque para evitarme la pasada de la “La Tagada”, empecé a refugiarme donde el “Chino Teo”, en el Restaurante “El Oasis”, a la vuelta de casa… Mucho más cerca aún si, de regreso, cortaba camino por el desaparecido Depósito de Materiales de “Manito”, en cuyo fondo me brincaba la tapia del cementerio, cruzaba un trecho del mismo, para caer al “Barrio Escondido” y, de ahí, salir al puro frente de mi casa.

Donde el chino Teo, aprendí a tomar huevos de tortuga de jardín (antes que un huevo de tortuga marina). Gané la confianza de Teo, hasta el punto de que me metía a la cocina, a prepararme mis propias “bocas”, principalmente la de camarón al ajillo; y, lo más tarde, al ser las 11 de la noche, “jalaba pa’ la choza”… Siempre “arriando chanchos”, porque compensaba las horas menos, con una dosis mayor de velocidad de “tragado”, ganándome –entre mis amigos de bohemia– la mala fama de ser como un “secante” para el licor.

Desde aquella madrugada del sábado –a Dios gracias– no volví a saber del acompañante de los que andamos en malos pasos…

Para culminar mi relato, diré que, si no fue un invento de mi consciencia sucumbida ante tantas réplicas de 4,7 grados de alcohol de la Pilsen, puedo asegurar que, en realidad, ¡¡¡ A MÍ ME SALIÓ “EL CADEJOS” !!!

Espíritu Santo de Esparza, 26 de Julio de 2013.

 

GLOSARIO

Arrear chanchos: Caminar borracho.

Caites: Zapatos.

Choza: Casa de habitación.

El Cadejos: (Buscar la definición de Wikipedia. Valorar si transcribir un fragmento o toda la definición).

Estar “bien pegado”: Muy borracho.

Goma: resaca.

Guamazo: Golpe fuerte.

Jalar: Irse.

Paquetear: Engañar.

Secante: Absorbente.

.

______________________

(*) Edgardo José Rojas Ramírez, nativo de Esparza. Administrador de Empresas con énfasis en Gestión Organizacional. Socio y Administrador de la Empresa “Efianse”, de ventas de Mueblería para Hogar y Oficina.

(**) Aquí les dejo el ENLACE de la leyenda del “EL CADEJOS”, vigente en nuestros pueblos centroamericanos: http://es.wikipedia.org/wiki/Cadejo

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