“Picahueso” en Esparta

 

Templo Parroquial de Esparza

Templo Parroquial de Esparza (1974), composición fotográfica.

Periódico “LA REPÚBLICA”. Esparta, 27 de Abril de 1974. De la obra de José León Sánchez, “La Colina del Buey”, estamos sacando estas páginas dedicadas a Esparta. “Picahueso” el personaje de esta novela describe aquí un tiempo hermoso y sensible de costumbres sobre la ciudad. Estas páginas son como un eco del tiempo, escritas con el calor que a veces inspira la historia de los pueblos humildes en el alma de sus artistas.

Por: José León Sánchez

Don Vicente Cruz estaba por esos tiempos trabajando en una mina de oro. La llamaban “La Mina de los Hervederos”.

Un día me dijo:

-Ya tenés edad. Si querés, te vas conmigo a la mina para sacar oro y hacerte hombre.

No tenía mucha prisa en hacerme hombre, pero eso de “sacar oro” sonó muy bien a mis oídos. Algo había escuchado sobre esas minas. Parece ser que fueron descubiertas por un hijo de San Ramón llamado Procopio Gamboa. Desde entonces, los ramonenses en una u otra oportunidad de su vida han sentido la picazón del oro entre sus manos. Era corriente en las tertulias de alquería, lo mismo que a las salidas de misa o del rosario, hablar de las vetas de oro, largas como un río, que iban desde la cresta de los cerros hasta el más profundo hoyancón de las montañas. Y se contaba de unos ramonenses que fueron allá con las manos vacías y regresaron con sus alforjas llenitas de oro.

La verdad es que no conocía ni a uno de esos ricos, pero el rumor persistía. Cuando el río suena es que ha crecido en las sierras, como decía mi mamá.

Me fui para la mina.

Don Vicente tenía una rastra halada por una mula. Mi trabajo era guiar dicha rastra y quebrar el metal que íbamos sacando. Realizando esta labor llegué a cumplir los 14 años.

Un día me mandó con un peón para Esparza a traer víveres y me encontré con un amigo de San Ramón, llamado Juan Valverde, el que me contó que trabajaba en una mina llamada “Moctezuma”, donde de verdad se sacaba oro.

-¿No me podrías llevar? –le dije.

-Claro que sí. Pero el asunto es que sos muy carajillo y don Vicente se podría enojar.

-No se enoja, pues él me ha dicho que ya debo empezar a hacerme hombre.

Tanto le rogué que lo convencí.

La mina donde trabajaba don Vicente, era sólo un andar tras del oro que se podía encontrar aquí y allá. Ahora iba a conocer una mina con grandes galerías, dentro de la tierra y trenes tirados por mulas tejanas, cerros con huecos por todo lado, y, en fin, todas esas cosas que me habían contado de lo que en verdad es una mina.

Las compras que hice para don Vicente se las envié con un peón que iba de regreso al Hervedero, con el recado de que me marchaba para hacerme un hombre como él deseaba.

Con los dos pesos que me dio mi protector para almorzar, compré un poco de pan y queso. Tal fue el único capital que tenía.

Pero no me fue fácil comenzar a trabajar, en la mina Moctezuma. No era para mi edad. Un señor, que tenía ánimo de poeta, dijo una vez que los mineros de Moctezuma cuando salían de las galerías eran como vómitos de la tierra, hombres de los que ni siquiera el túnel quería. A pesar de eso, costaba mucho que a un niño le dieran trabajo, porque decían que sin experiencia previa no rendía buena labor.

La mina estaba rodeada de casas mal hechas y campamentos destartalados. Juan, mi compañero, consiguió trabajo en la panadería de don Carlos Antolini, quien también era dueño del hotel y la carnicería. Me dieron trabajo como concertado, para lavar los platos y ayudar en la carnicería, por lo que ganaba treinta colones al mes y la comida.

Cuando ya me estaba ambientando sin saber por qué, empezó el descontento contra el gerente de la mina, un tal míster John. Al final, resultó que los dueños de la compañía minera resolvieron parar los trabajos. Un día, grandes letreros anunciaban que la mina estaba cerrada.

Los mineros se fueron en busca de otros horizontes, y algunos se quedaron en la falda de los cerros o en las galerías abandonadas, sacando unos gramos de oro para malvivir.

Cerraron las carnicerías, el hotel y, en muy pocos meses, el monte iba cubriendo poco a poco lo que fue el asomo de un pueblo.

Como ya no había nada por hacer en Moctezuma, Juan y yo regresamos a Esparza. Mi amigo consiguió trabajo en la panadería de un señor de nacionalidad china, y yo me fui a casa de un colombiano a pedir trabajo. Este señor era un empresario de carretas y de bestias. Tenía grado de general y su apellido era Castillo. Para todos, era el emigrado general Castillo, de la República de Colombia.

Poseía un galerón inmenso donde estaban siempre listos los boyeros, las yuntas de bueyes y las carretas. Uno podía llegar ahí sencillamente a alquilar los servicios de una carreta o de una caravana entera.

Hay que recordar que Esparza estaba en la Carretera Nacional.

En este sesteo había muchas coas: desde fraguas enormes hasta bueyes de cachos tan grandes que, de punta a punta, medían metro y medio. Las carretas eran largos cajones con planchas de hierro en el fondo. Y como los caminos eran distantes, duros, empedrados y llenos de peligro, el boyero andaba siempre bien armado para resguardarse de los salteadores. Cada carreta se halaba por dos y hasta por tres yuntas de bueyes, según la distancia a (la) que fueran. Por eso, herraban las patas a los animales, como se hace con los caballos y las mulas.

El general Castillo también era el dueño del Hotel Esparza. Tenía dos cuñados: uno llamado Gricelio y el otro Heraclio, quienes hacían frecuentes viajes por el país, para ayudar en el negocio a su pariente.

En ese tiempo no había puente por el río Grande, de modo que un tren llegaba desde Puntarenas hasta Esparza y el otro desde Alajuela al río Grande.

El general me dio trabajo, encargándome del cuido de las recuas que iban y venían desde el río Grande hasta Esparza, trayendo mercadería o gente.

Me correspondía esperar el tren con mulas de carga y bestias de paso llano, con montura para mujeres. Cuando el tren llegaba de Puntarenas, recogía los pasajeros, y en oportunidades me acompañaban hasta cincuenta personas, como si fuera una peregrinación.

Daba lástima ver el tren de aquel tiempo. Tenía un carro para los pasajeros y el resto eran cajas pelonas: un tablón con parales y nada más. La máquina se alimentaba con leña de mangle que, al darle fuerza soltaba un chispero, que hacía salir corriendo a toda la gente, creyendo que iba a estallar la caldera. El trabajo de fogonero se pagaba muy bien y seguro que lo merecía, pues decía la gente que era un oficio muy peligroso, ya que siempre la caldera amenazaba con estallar. Cuando el fogonero, en las paradas, alzaba la hornilla, el maquinista descendía con suma prudencia, como a diez metros de la máquina.

Otras veces conducía a los pasajeros desde Esparza hasta el río Grande, para que tomaran el tren de Alajuela, y esperaba hasta el día siguiente, en que llegaban pasajeros de la capital, para hacer el recorrido a la inversa.

Para gastos de camino me daban una determinada cantidad de pesos. Cubría con esa plata mis propios gastos y el potreraje de bestias y bueyes, así como la caña para los animales.

El general me brindaba gran confianza y mucho cariño.

Una tarde llegaron tres mujeres. Reconozco no haber visto otras tan bellas en toda mi vida. Eran francesas y venían desde San José. Solicitaron que les alquilara tres bestias de paso llano, ya que no tenían experiencia en tales ajetreos. Una de ellas se llamaba Mery y hablaba un buen español. Con las otras, era necesario hacerse entender por señas. De las tres, no podría decir cuál era más linda. Manos hermosas cubiertas por guantes, emanaban un perfume como el de las flores cuando empiezan a cubrir con su aroma el despunte de los amaneceres. Tenían cinturas delgadas y senos muy pequeños, como calabacitas de miel.

Cuando llegamos, ya tarde a San Mateo, ellas venían rendidas. Aunque les decía que era necesario estar esa misma noche en Esparza, insistieron tanto que opté por pasar la noche en San Mateo. Se comprometieron a pagar el potreraje de los animales y el hotel. Como no venía ningún otro pasajero, acepté. Por otra parte, el cargamento que portaban las mulas era sal y no urgía que llegara esa misma noche. No dejaba de ser peligroso adentrarse por esos caminos con tres mujeres bonitas. Fui al telégrafo y mandé un mensaje al general Castillo, donde le comunicaba el motivo de mi retraso. Lo hice así, para que no pensara que me habían asaltado en el camino.

En la sala del hotel tuve una conversación con las otras dos muchachas, para lo que servía de intérprete la linda Mery. Les conté que me llamaban Manuelillo Miranda, nacido en la región de San Ramón Nonato, el pueblo más bueno de la tierra. Me contaron que las tres venían de Francia con unos ingenieros que estaban haciendo o intentaban hacer una cosa muy rara, cuya finalidad no entendía muy bien; unir el mar, en un lugar de Colombia, para hacer un canal. Por el maltrato que recibieron, intentaban llegar hasta California y, por eso, iban a tomar un barco en Puntarenas.

Mery me hizo preguntas como: ¿Cuántas mujeres había tenido yo? Haciendo un poco de memoria, le conté que solamente una loca de San Ramón, luego, la historia de Rosa María, que la hizo reír mucho.

Ya en plan de amistad, me confió que las habían obligado a salir de San José. Eran mujeres de la vida, y la gente se había quejado ante el Presidente, porque los jóvenes de la capital estaban abandonando a sus novias, por visitarlas a ellas. Al preguntarme a cuál de las dos prefería, respondí que a Mery, entonces, se ofreció a dormir conmigo.

Tenía la piel como la de las gatas y, al principio, no hallaba qué hacer con una mujer tan bonita y tan suave.

Sabía que era necesario pagarles. Así lo escuché algunas veces. Pero, ella me dijo que todo el dinero que traía no alcanzaba, si me cobraba, y que tuviera esa noche como un recuerdo amable de una compañera.

“Como un pequeño recuerdo de amor” –me decía yo al día siguiente, en tanto cabalgaba rumbo a Esparza

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Los cuñados del general Castillo acostumbraban ir hasta Nicaragua a comprar ganado flaco, que metían después en los potreros de engorde y hacían muy buen dinero. Pero, también realizaban otra clase de negocio…

En la casa del general había un cuarto donde solamente él entraba. Como me llegó a tener una confianza sin límites, alguna vez me dejó entrar para saludarle. Tenía unas grandes planchas de acero que él mismo dibujó con buriles muy finos y tintas de muchos colores, y una prensa donde fabricaba billetes de cincuenta pesos o más valor. Le había jurado al general no comentar lo que tenía adentro del cuarto y siempre lo cumplí.

De un momento a otro, las cosas comenzaron a salirle mal. Un día de tantos le vino la desgracia.

Gricelio hizo un viaje a Nicaragua para comprar ganado. En Managua tenía una mujer y en su casa se hospedaba. Una vez, ella fue a comprar media docena de cervezas, pagó con un billete de cincuenta pesos y le dieron el vuelto en moneda nicaragüense. El peso de Costa Rica valía como seis pesos de Nicaragua. Al día siguiente, cuando la mujer regresó a comprar otras cervezas, le preguntó el dueño de la alquería:

“-¿De dónde saca usted esos billetes tan nuevecitos?”

“-Pues vera usted, con de un hombre tico que se hospeda en mi casa y se dedica al comercio de la ganadería”.

Una hora después, la Guardia Nacional se presentó en casa de esa mujer y encontraron las valijas de Gricelio con gran cantidad de billetes muy nuevos, y allí mismo lo agarraron preso. Desde Nicaragua le llegó un telegrama al general Castillo, donde le contaban lo que sucedía a su cuñado. El gobierno de Nicaragua notificó al nuestro la historia de los billetes. Una semana después, llegaron las autoridades a la casa del general para hacer un registro.

Antes, el general y yo habíamos quemado y enterrado las máquinas. Nada fue posible hacer, por parte de la gente del gobierno, para inculparlo. Un tiempo antes, mi general había estado en Nicaragua y era muy amigo del Presidente.

La esposa de mi señor se marchó con su cuñada, la mujer de Gricelio, para Nicaragua, con la finalidad de hablar con el Presidente. Por medio de súplicas y mucho dinero, obtuvieron la libertad de Gricelio.

Cuando regresaron había otra mala noticia: El Presidente de Costa Rica había ordenado la expulsión del general Castillo del país, ya que, aunque nada se le había probado, existían indicios suficientes para que se tuviera como cierta la acusación de falsificador.

Así fue como el general Castillo tuvo que irse no sé para dónde. De nuevo me quede sin trabajo, aunque con un ahorro cercano a noventa pesos.

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FUENTE: La República. Suplemento “Cuatricentenario de Esparta”. Sábado 27 de abril de 1974. Página 22.

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