El Muro de Barranca (Cuentos Fríos)

Imagen utilizada con fines ilustrativos. FUENTE: Informativo CrHoy.

Imagen utilizada con fines ilustrativos. FUENTE: Informativo CrHoy.

Hoy, continuaremos con la penúltima publicación de la obra “Cuentos Fríos”, del Prof. Álvaro Carvajal Suárez.

Por: Prof. Álvaro Carvajal Suárez (*)

Prólogo

 Se ha dicho muchas veces que nuestro país es una Nación sin historia, que aquí no pasa nada interesante. Sin embargo estas palabras ignoran las miles de historias de nuestra cotidianidad que se escriben con tinta roja en lo más profundo de nuestro ser costarricense.

Costa Rica, república que no ha alcanzado, gracias a Dios, la completa transición del campo a la ciudad, guarda aún paisajes y gentes como las de los tiempos de Calufa o Fabián Dobles, aunque nuestra gente humilde posea Ipod, Tablet y celulares multifuncionales, todavía no han creado el programa que borre las miserias de nuestro pueblo.

Los males de nuestra sociedad son los mismos pero redireccionados de distintas formas y más crueles. Esta postmodernidad que carcome nuestra idiosincrasia y hace de ella una mezcolanza desconocida que ni es nuestra, ni de nadie más.

Y las personas pasan inmutables por el pavimento sin dejar huella y se pierden en la nada heredándonos a todos un vacío silencioso y amargo, enterrando a nuestros hijos en el letargo.

 *

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El Muro de Barranca

El medio día en el Muro, que protege a los barranqueños de las furiosas inundaciones de antaño, es una mezcla de bochorno, piedras humeantes, hedores de basura descompuesta, indicios de un pueblo que se hunde en la desdicha. Amoratados, tullidos y flacos se desarrollan sus hijos al calor de la matadora con que queman hasta la última reminiscencia de marihuana.

Lánguidos, sudorosos y hediondos, esperan bajo un guayabo a que los vapores psicotrópicos, juntos con los de la evapotranspiración, desaparezcan o al menos se atenúen, para luego aplicar el arte de desmantelar los latones de alguna casa deshabitada, los portones, alambres, cables, perlen o cuanto artefacto metálico descuiden sus dueños. En su periplo por las quebrantadas y estrechas calles desde el Playón al Progreso cualquier hojalata oxidada es bienvenida en la chatarrera y trocada por algunos billetes sucios, como las manos que lo recaudan.

Estas manos son las de Garrapata ‘e güevo, Gemelo y Cachón, ya tienen lo necesario para el Puesto de las diez, podrán viajar nuevamente a los infinitos albores de la humanidad, al surrealismo inalcanzable en estado consciente, a divagar en la nada. Pero Nada los acompaña siempre, su transitorio caminar por aquel muro de lamentos es la única tarea programa de todos los días desde que tenían ocho años, y ya son dieciséis para Cachón, quien es el mayor del precario trío al que pertenece, y ya hace días siente aflorar en él las urgencias de la carne, del espíritu, y revolotean papalomoyos en su pecho escuálido cuando mira de reojo a una vecinita canela, que se asoma de vez en cuando entre las latas de zinc oxidadas de su tugurio que tiene por casa, la misma con quien jugaba a las escondidas hace más de ocho años. Él desea presentársele como el varón que la sacará de la miseria. Pero quién más mísero que él; siempre sucio, lo único que tiene limpio son los bolsillos y el estómago.

–  ¡Ay, negrita!, si tuviera una bicla pa´ llevarte al playón a apedriar güirrizas.

Y las horas suelen ser ahora un poco más largas para este muchacho, quien últimamente no se saca de su cabeza, a parte del humo de la yerba verde, aquellos contornos pueriles de caderas y los dos pejibayes que semejan sus pechos.

El muchacho como quien no tiene interés en la respuesta, en una de las tantas noches pregunta a Garrapata ´e güevo.

–  Mae, ratita, vieras que le tengo un hambre a aquella cabra, no sabés cómo li hago pa´ llegarle.

–  ¡Ah, mop!, ¿esa chimurria? Ayer la apretó Pizote, anda con una picazón de miedo.

–  ¡Ah, mae!, yo creía que no.

–  ¡N’hombré, son varas! Yo creo que  es chimurria, pero sí, se apretó con Pizote.

Y el semblante de Cachón, el cual siempre expresaba un poco de luto, se observa ahora más decaído, pero en un arrebato de lucidez, conjetura que si Pizote, un piedrero, periquero y ladrón a mano armada, pudo poseerla; él que solo le hacía a la motita de vez en cuando, tenía mayor posibilidades.

Fue una noche en la clandestina de La Burra, uno de los sitios más frecuentados por los lugareños, en donde la masa de pegajosos cuerpos morenos se retorcían al ritmo de una ensordecedora música, los movimientos de las parejas, tríos, cuartetos, entre otros, semejaban una orgía de animales en desasosiego sexual, aquello era todos los fines de semana como la conmemoración de las Bacanales.

Mientras unos se arqueaban en la pista de baile, otros encorvábanse tomados de los toscos postes, que edificaron el galerón de aquellos jolgorios, para vomitar el etílico, parte inherente de nuestro pueblo. Hombres, mujeres y algunos casi niños, beben con voraz sed, insaciables, como si en sus gargantas tuviesen toda la sequía de los pueblos que silencian sus anhelos, como para apagar una llama en sus pescuezos, gritos de miseria que se ahogan entre sorbos de cerveza y humo de tabaco.

Y ahí estaba ella, enagua corta deshilachada, blusa naranja y sandalias blancas que de levantar polvo parecían cafés, su piel sudaba surcos de alcohol.

Y ahí estaba él, con sus primeros colones obtenidos de horas de doblarse en la construcción asiendo chorreas, martillando, mezclando, serruchando, con sus primeros callos apresaba una ostensible águila escarchada, y ya eran cinco aguilitas que succionaba por el pico, morían al bajar por su sedienta garganta no sin clavar simultáneamente sus férreas garras en la razón del muchacho, desinhibiéndose, alegrándole el espíritu y ennegreciendo su pensamiento. Envalentonado por aquellas arpías sintió en su pecho que brotaban racimos de hombría, era el momento para hablarle a la Chinita.

–  Andá, Cachón, matizala. -Lo atizaba Gemelo.   

Levantó su tez morena con una mirada de conquistador y se acercó con pazo torpe a su presa. No hicieron falta palabras ni los versos de Bécquer para que fluyera la química entre los jovenzuelos, luego el instinto animal hizo lo demás.

Los besos babosos, las caricias tontas y el cariño que se le tomaría a cualquier ser humano con el que se haya intercambiado los primeros experimentos intercorporales, hicieron de las frecuentes salidas de La China y Cachón, un embrión como de levadura en la pancilla de la muchacha. Una noche en la Cueva del Sapo, jugando después de tantos años otra vez a las escondidas; calor, soledad, gimoteos que concluían siempre en “Te amo”  y un cigarro -como en las películas.

– ¿La sacaste a tiempo? -preguntaba con temor ella.

–  ¿Qué? -respuesta estúpida

–  ¿Que si te regaste afuera…?

Y las sospechas terminaron en rotunda certeza, sería padre de un “chamaquillo”.

–  ¿Y es mío? -Preguntó luego.

–  ¿De quién más…? -dijo la negrita.

–  ¿De pizote?

–  ¿Qué te pasa?

–  Humm… ¿Semejante?

–  Tu madre tal vez. ¿Semejante qué?  

El silencio matizado con “La Hierba Santa” llevaba a cientos de conjeturas al jovencillo, ya no le sabía igual decía, la extrañeza hacia sus dos acompañantes. Realmente quería al ratoncillo dentro de su China, algo iba transformándolo y paulatinamente fue perdiendo contacto con sus dos amigos y gusto por los actos vandálicos. Ya era hombre, esperaba un hijo, tenía una mujer. Tengo que hacer algo-… Y más pensador y reflexivo inhalaba la hierba.

En la tarde de un día martes la metió a la casa de sus padres, había empacado los chuicas, un banquito, una lamparita barata que le había regalado su tata al cumplir los quince y su mayor tesoro, el celular con cámara, música, mp3. Aunque no tenía saldo para llamadas, la podían contactar, además de escuchar los más ecuánimes y clásicos reggaetones, reggae, pop y hasta Lady Gaga.

Los vientos alisios  traen consigo el aire navideño, la algarabía y los aguinaldos que compran al menos por el periodo navideño, un acierta alegría, doce meses de sacarte astillas del lomo deparan en cinto cincuenta mil colones en las manos de Cachón. Los ‘tacta’ entre sus manos… guarda un poco en la media por aquello de los asaltos, y se dispone a ir con su familia de compras navideñas; los estrenos, la comida y los regalitos.

Su bebé ya casi tiene año y medio, razón por la cual ha cambiado las interminables horas en el Muro por las eternas noches en el Puerto Caldera. Hoy es su día libre, observa a su hijo mudadito antes de salir de compras, sentadillo y risueño en una sucia silla. Su mujer desea tomarle una foto para el recuerdo, y al padre se le ocurre ponerle su casco amarillo de trabajo. Se parece tanto a él… la mirada de Cachón se pierde en un recuerdo… su primera noche en la descarga de barcos.

Era las cinco de la tarde y estaba listo en la parada de autobuses, un chaleco fosforescente, el casco amarillo, el café, las arepas y su gafete que le acreditaba como trabajador de SERVINFO. Ansioso y nervioso pues no conocía muy bien lo que le esperaba allá.

Llegó el autobús, estaba tan herrumbrado y enclenque que parecía que lo habían armado con todas las latas viejas que Cachón y sus secuaces habían llevado a la chatarrera. Los pasajeros parecían presidiarios que iban rumbo hacia una pena de muerte. Unos pobres viejos torcidos y chimuelos adelante, otros cuarentones en el medio y atrás los más jóvenes con sus cigarros, sus puchos de marihuana y sus irreverentes y soeces palabras para piropeaban a las muchachas que caminaban por la acera con ajustados shorts, y sacaban la cabeza por las ventanas como “perros de millonario” para largar horrendos escupitajos, besos y miradas lascivas.

Cachón iba acurrucado, asombrado de ver aquel espectáculo y más porque hacía pocos días había soñado ir en ese autobús hacia la muerte entre extraños recuerdos y ráfagas de su efímera vida.

Llegaron a Puerto Caldera los recibió el capataz. Gato era un hombre malencarado, panzón y fumador, pero a pesar de los agrios surcos que le desordenaban la cara, quedaba algo de gentileza en el charco hediondo de su alma. Como Cachón era nuevo le ofreció gafas y mascarilla. El trabajo no era fácil… doce horas de desvelo empuñando la pala, enterrado en las cavidades oscuras del enorme navío… y el sorgo enterraba sus pelillos afilados en los brazos, el cuello, los ojos y la nariz. Cada dos horas debía ir al baño a retirar la mezcla amarga que se impregnaba en la garganta y fosas nasales. Ahora el muchacho volvía a ponerse rojo fuego los ojos, pero ya no por psicotrópicos. El proletariado le tendía la mano para cobijarlo en su regazo. Abajo los tráiler esperaban en fila el producto, el más mínimo descuido podría costarle la vida a cualquiera.

“Patiño”, le decían a uno de los caídos en la batalla por alcanzar el pan de cada día. Un día de temporal ayuda a atracar el barco, halaba de la cuerda para asegurarlo cuando un resbalón lo hizo caer al agua, entre la coraza de la bestia de acero y el atracadero. Cachón lo vio desesperado pidiendo ayuda, mientras el barco oscilando suavemente se aproximó más y más a él. Su escuchó un crujir de huesos y de inmediato la mancha roja sobre el agua. Ese día se le rebajo el salario a todos los trabajadores, pues no fue productivo. Las obras tuvieron que suspenderse veinticuatro horas para retirar el cuerpo.

Volvió de su ensimismamiento el muchacho sacudiendo la cabeza e inmediatamente le quitó el casco de la cabeza a su hijo, no quería que terminara como Patiño, se lo echó al hombro y se fue abstraído e impactado aún por los recuerdos de aquel día.

Camino hacia las tiendas, van en silencio, las bicicletas le pasan a gran velocidad por la izquierda, por la derecha, hábilmente se escabullen los ciclistas entre los transeúntes y vehículos, los caños y lo que debería ser zonas verdes están tapizadas por coloridos plásticos, botellas, latas, papeles y hojas que son indiferentes para la mayoría de las personas pues se han acostumbrado a convivir con ello sin inmutarse, solo cuando las alcantarillas se atascan y provoca las inundaciones de algunas casuchas, vienen los camiones de la Municipalidad y las limpian para que en una semana este otra vez igual.

El grito de un conocido saca a Cachón del mutismo.

–  ¡Cachón!

–  ¿Qué? ¡Gemelo! ¿Cómo va eso?

Pálido, más flaco y con un rostro de grito agudo y hondo está Gemelo. Las primeras secuelas del inicio de una nueva etapa en la drogadicción. Hace largo rato que no se veían los amigos. Muchas cosas han pasado en la vida de los dos. Sin embargo, al Gemelo, desde que murió su hermano, ya no le es suficiente la hierba, necesita algo que lo aletargue más, para sentir menos. La piedra de crack lo ha llevado por las inmundicias del indigente, ahora pide dinero a su amigo. Cachón, por debajo de su mano, saca -como a escondidas de su mujer- un billete de mil colones. Es para su amigo, tiene su madre enferma piensa él… ¿Cómo no ayudar?

–  ¿Por qué le diste plata al Gemelo? -Lo interroga su mujer.

–  Diay pobrecillo tenía que ir a ver a la mama.

–  ¿Cuál mama ni qué ocho cuartos? -alterada- ¿Acaso no sabés que Gemelo anda metidititico en la piedra?

Ahora el día familiar sea a cubierto de gris, él conocía muy bien a los que había cruzado el umbral de lo prohibido, eso no era jugando. Todas las tardes cuando pasaba por el Higuerón allí estaban los adictos, haga frío, calor o esté lloviendo, ahí ansiosos, inquietos, con sus ojos locos buscando desesperados a su vida que se deshace con la piedra que queman en el tubo.

Como una eterna penitencia divagan por las calles en busca de dinero de cualquier forma para comprar sus anhelados cristales que los lleva a un cielo metafísico mientas los hunde más y más en la realidad de esta frívola sociedad.

Es veinticuatro de diciembre, en casi todos los rincones de nuestra Costa Rica se celebran la conmemoración de la natividad. Los ebrios, los triquitraques, las peleas y la resaca de otro día, Cachón, su mujer e hijo ya han compartido la humilde cena. Le da los regalitos. Las otras navidades las había pasado en El Muro, con sus amigos, con su Motita High Red, que era el único gusto que se daba esa noche.

Pasó la semana y las algarabías de fin de año. El caluroso verano trajo consigo la baja en el descargue los barcos que buscaban puertos más ágiles y modernos donde ir, pues el de Caldera mostraba un rezago enorme. Cachón fue de los primeros recortados, una tarde, Gato le dijo “–Ya no venga más”– y así fue.

Los días pasaban y no había trabajo, solo chambas por un lado y otro, insuficientes para la manutención de su familia. Los pechillos de su Chinita ya estaban estirados y secos de la ansiedad con el niño, de dos años ya, succionaba su casi única fuente de alimento. Sin embargo, estaba gordo y rosado, mientras su madre enflaquecía y desfiguraba.

Pero, sin motivo o causa aparente el niño empezó a empalidecer, vomitaba y parecía que se estaba secando. Cachón más desesperado pelaba cable para vender el cobre, recogía latas por la playa, y nada, colones inútiles que no pagan el médico.

Sus hojas de vida, las cuales se componían de su nombre, apellidos y número de celular de su mujer, iban a dar a la basura, se necesita el bachiller en educación general básica para ser misceláneo.

Garrapata ‘e güevo se había seguido la misma inmadurez que lo caracterizaba, nada lo tomaba en serio, las mismas bromas y los mismos actos vandálicos realizaba cada vez que tenía la oportunidad. Supo que Cachón había llevado sus papeles a Sardimar, y riendo en sus adentros le tramó una gracia.

Llamó al celular de su mujer, fingiendo la voz de alguien que ocupa un importante puesto y le convocó a las cuatro de la mañana a la empresa. Cachón, ilusionad,o alisto su mejor ropa, pues hay que estar elegante para ir a pelar atún o camarón, y se dirigió a pie para no gastar en el pase.

De camino, vio a Gemelo. Estaba en una ronda dormido, vomitado, sucio y hediondo. Sintió una pena enorme y lo acarició con sus ojos de hermano. Pero, siguió su camino, ya no había nada que hacer, era hora de velar por los suyos. Hasta las siete de del mañana llegó el guarda gruñón. Le preguntó a quién esperaba.

–  Es que yo vengo pa’ una entrevista que me llamaron ayer -dijo el Muchacho.

–  ¡Qué raro…! Es que ahora no se está reclutando personal.

–  Poe a mí me llamaron ayer.

–  Dejame ir a consultar a ver qué…

Nadie lo necesitaba allí, medio enojado, medio desesperado se fue a cruzar la calle con los ojos vidriosos pensando que las personas de allí si le gustaban jugar con la gente necesitada. Al pasar por la parada, vio a Garrapata, tenía una risa irónica y refrenada que no pudo contener, más cuando miró a Cachón, cabizbajo, rumbo a su casa, con las manos en los bolsillos.

–  ¿De qué te reís vos?

Simulando la voz como por el teléfono, le respondió:

–  Sí, caballero, lléguese a las cuatro de la mañana. Cuidado nos queda mal.

Después de unos breves instantes de razonamiento Cachón  dijo:

–  ¡Sos un recontra-malparido hiju’e puta! –y se marchó a su casa.

Iba pateando una lata antes de entrar a su vivienda, pensando y reflexionando sus posibilidades, su hijo enfermo, este calor tan insoportable y ese río –cómo se ha secado este verano- Los gritos de su mujer que iba a su encuentro lo devolvieron a la tierra, estaba despeinada como nunca, con sus ojos perturbados y bañada en lágrimas se le tiró a los brazos gritando.

–  ¡Manuel!… ¡Manuel!.. –entre sollozos- ¡El bebé Manuel!… se nos está muriendo.

Corrió a verlo y ya estaba quietecito, con una espumita blanca, como de ola de mar, alrededor de la boca. Sostenía en su manita el carrito que San Nicolás le trajo, el primer y último regalo.

Salió del rancho corriendo para huir de esa realidad, su nombre…se le había olvidado que tenía uno. Manuel Saravia Suárez ahora iba dejando un trillo de lágrimas, su mujer le gritaba que regresaba, para dónde iba, por qué me dejás sola… ¡Manuel!

 Se topó a Gemelo después de algunos metros.

–  ¡Hermano!, ¿tenés bazuco, piedra, algo?

–  Yo no le doy d’esto a los amigos.

–  ¡Que me lo dés…!

–  Te doy mari…, si querés.

Y Manuel, al caer la tarde fumaba otra vez con ansias hasta la última reminiscencia de los puchos de hierba. Quiere irse, se irá, está decidido. -¿Pa’ qué seguir?

Ahora, sentado en la baranda del herrumbrado y obsoleto puente del ferrocarril que cruza el pedregoso río Barranca, donde los negros descritos por Calufa, se torcieron poniendo uno a uno los pines y rieles de aquél ansiado transporte, ahora se carcome junto con el hierro su cerebro. No lo ha pensado mucho y, de un salto, pone fin a su corta vida, mientras el río sigue corriendo ciego, sordo y muerto.

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Prof. Álvaro Carvajal Suárez

Prof. Álvaro Carvajal Suárez

(*) Álvaro Carvajal Suárez, es Profesor de Español en el Liceo de Bagaces, Guanacaste. Es nativo de la comunidad de Humo de Esparza. Su obra “Cuentos Fríos” fue galardonada con el Primer Lugar, en la categoría de Cuentos, en el Certamen Literario “Brunca 2011”, concurso literario promovido por la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA), con sede en San Isidro del General. Actualmente, trabaja en nuevas producciones literarias que están a punto de salir publicadas en el mercado de literatura nacional.

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IMAGEN: Ciudadela “La Carpio”. FUENTE: Informativo CrHoy.

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