Mi Último Viaje en Autobús (“Cuentos Fríos”)

Imagen tomada del Blog TrapitoOnline.net, utilizada únicamente con fines ilustrativos.

Imagen tomada del Blog TrapitoOnline.net, utilizada únicamente con fines ilustrativos.

Hoy, concluiremos la publicación de la obra “Cuentos Fríos”, del Prof. Álvaro Carvajal Suárez.

Por: Prof. Álvaro Carvajal Suárez (*)

Prólogo de la Obra

Se ha dicho muchas veces que nuestro país es una Nación sin historia, que aquí no pasa nada interesante. Sin embargo estas palabras ignoran las miles de historias de nuestra cotidianidad que se escriben con tinta roja en lo más profundo de nuestro ser costarricense.

Costa Rica, república que no ha alcanzado, gracias a Dios, la completa transición del campo a la ciudad, guarda aún paisajes y gentes como las de los tiempos de Calufa o Fabián Dobles, aunque nuestra gente humilde posea Ipod, Tablet y celulares multifuncionales, todavía no han creado el programa que borre las miserias de nuestro pueblo.

Los males de nuestra sociedad son los mismos pero redireccionados de distintas formas y más crueles. Esta postmodernidad que carcome nuestra idiosincrasia y hace de ella una mezcolanza desconocida que ni es nuestra, ni de nadie más.

Y las personas pasan inmutables por el pavimento sin dejar huella y se pierden en la nada heredándonos a todos un vacío silencioso y amargo, enterrando a nuestros hijos en el letargo.

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Mi Último Viaje en Autobús

Un tropel de personas desconocidas íbamos en el bus, aquella hojalata con ruedas, herrumbrada, sucia y descolorida sería el mejor transporte de un Quijote moderno. En cada parada que hacía aquel pedazo de chatarra, se bajaban dos o tres personas, se subían cuatro o cinco, parecían infinitas, como infinitas son las historias que se escribían en cada uno de sus rostros.

La aglomeración de las personas comenzó a conjugarse con la evapotranspiración del torrencial aguacero que caía esa misma tarde, no se respiraba oxígeno sino un tufo agridulce, espeso y somnífero que me enchilaba los ojos y me hacía entrecerrarlos.

En medio de aquellas voces que se diluían en manchones de cuerpos rosándose unos con otros, mi mente comenzó a tejer el por qué de aquel viaje.

No sabía si soñaba ir en autobús o si dentro del autobús soñaba, mis ojos buscaban los ventanales para distraerse, las ráfagas aceleradas de transeúntes en la acera me daban la impresión de lo fugaz de la vida, cientos de caras que si quiera se distinguían entre hombres, mujeres, altos, bajos, flacos o gordos, negros o blancos; cuando se va de viaje a través de la empañada vidriera con barrotes retorcidos, todos son los mismos a mis ojos y a los de los demás.

Después de allí, todo empezó a deformarse, veía señoras ingresar con su caminar despacio y fatigado que se desmoronaban en las gradas del autobús y el chofer sin inmutarse no se dignaba a recoger el polvo de sus huesos; a veces, cuando la polvareda de los cadáveres se hacían una mezcla con el agua de lluvia, se levantaba y con una palita arrancaba esa argamasa pegajosa que tiraba a la calle. No podía levantar ni un brazo, mi cuerpo estaba sin huesos era una masa coloide y casi derretida sobre el asiento de la hojalata con ruedas, estaba tan abatido.

Uno de los pocos pasajeros que distinguía era un niño, se introdujo en el autobús mientras el chofer intentaba impedirle pasar, iban sus pies descalzos y renco el caminar, llevaba una negra bolsa de plástico que le servía de capa, un papel amarillento colgando del cuello y una imagen del ‘Divino Niño’ en su brazo; mojado, sucio y descarnado sonreía a las personas, nadie respondió su sonrisa, todos los pasajeros hablaban entre sí, pero no se decían nada; vociferaban, se acusaban y empujaban, era una revuelta insulsa, pueril y nos dirigíamos hacia el Puerto de los Desolados, según dijo el pequeño, cada uno con distinta rivera, pero todos con el mismo mar de aflicciones.

Yo me había extraviado, mi cuerpo ya se había desecho, y fue cuando me convertí en una sola sombra y flotaba sobre las cabezas de las personas del autobús. No recordaba si me iba subido solo o acompañado, por lo cual, me fui detrás de cada persona que se bajaba del autobús, la tercera o cuarta que acompañé (siento que pierdo la memoria) fue una morenita. En ese momento, la luz solar estaba casi muerta. La acompañé hasta su casa, le espanté unos hombres que la acecharon con el propósito de robarle y, después de cinco cuadras, llegamos a su casa. En el portón más grande se columpiaban tres esqueletos vestidos de traje negro con capucha y sus terribles herramientas.

La mujer no los vio, pero yo sí. La muchacha tocó la puerta. Una mujer quien, a partir de sus facciones, deduje era su madre, la mira con un gesto largo y fatídico. En un abrazo y lágrimas se hacen una. Me colé entre las rendijas de su casucha y miré un altar de muerto, con lazos negros y un divino Nazareno, a la par de unas velas. Alrededor del altar, se reunían las señoras con sus largos rosarios y roídos libritos de “avemarías”, semejaban a un coro de abejas cuando le roba, el apicultor, su miel después de toda una temporada de trabajo. Me acerqué a mirar la foto, cuando una luz cegadora, como el rayo de Zeus, el que amontona las nubes, me hizo volver de súbito al autobús.

Sacudí la cabeza tratando de espabilarme. Mi cabeza se columpiaba de izquierda a derecha tratando de despertar; sin embargo, a los pocos segundos, me vi en estado líquido, me escurrí por entre las piernas de las personas, bajé las gradas, gota a gota, una a una, y me iba regando en la calle, entre las llantas del camión, hasta que me vi dentro de un charco, en uno de los tantos huecos de la carretera. Y el charco y yo éramos uno y el mismo. Un niño se asomó a mirarme, sonreía, yo le gritaba ¡ayúdeme! Pero más se sonreía… fue tanta su alegría que me resultó contagiosa, comenzaba a ceder mi angustiosa figura, cuando sentí un temblor en el alma, el charco vibraba vertiginosamente, de repente la sonrisa del niño se convirtió en demoníaca mueca, las vibraciones aumentaban y, ahora, la horrísona trompeta de un furgón me volvió a mi asiento. Estaba empapado en sudor, las manos heladas y con una compañera a la par, la misma negrita de la casucha que se había bajado algunas paradas atrás. Con su cabeza metida entre las rodillas sollozaba melancólicamente y con las manos tapándose la cara, murmuraba “-¡Por qué Dios mío…!”

No sé si era el cansancio o si quería vivir en el sueño, o si el sueño era mi vida que pasaba ante mis ojos, pero por qué aquellas imágenes…

Al mirarme otra vez, era una pesada pelota de plomo, circular, dura y negra, giraba en el asiento del bus sobre mi mismo eje. En una media vuelta veía mi pasado, sé que lo era porque me reconocía como el niñito que brincaba, de piedra en piedra, entre las pocillas del riachuelo, detrás del rancho que era mi casa, y la otra mitad de la vuelta era mi futuro; pero mi futuro no era más que ese asiento del autobús, mi futuro estaba por sucumbir al llegar a la parada que no conocía pero que con certeza sabría cuál era en el momento justo.

Otra vez me di pena, ahí chiquitico como una pelotica, le pedía a chofer que me tomara en sus manos o me metiera en su cartera y me llevara lejos del maldito autobús, me miró con cara de espantapájaros…

– Yo no puedo hacer más, yo hago mi trabajo, mantengo una familia.  ¿Te tengo que ayudar?

Aquellas palabras me parecieron muy familiares;sin embargo, le supliqué:

– Un empujoncito, no ves que estoy hecho una bolita y no puedo manejar este cuerpo.

 Sin una sola palabra, me tomó en la palma de su mano y con un giro entre violento y suave, me arrojó por las gradas, las personas del autobús se asombraron y gritaban horrorizadas, hacían gestos diabólicos. Mi esférico cuerpo golpeaba el metal de las gradas y producía sonidos estridentes. Después de rodar y rodar, llegué convertido en hombre a la puerta de un edificio. Habían dos palabras muy borrosas en la entrada, que no pude descifrar. Entré por un pasillo. En una banca solitaria estaba la morenita de los sueños en su misma posición de aflicción. Al estar un poco más cerca la oí sollozar: “-¡Carlos!” -Y se levantó corriendo hasta perderse en ese pasillo.

Una palabra, mi nombre… ése era mi nombre. La negrita que huyó de la banquita era mi hermana, lo recuerdo, este viaje…

Consciente o inconsciente, nuevamente en forma de sombra, me devolví en recuerdos a la casucha de la negrita… era mi casa, me costaba mucho recordar porque poco a poco iba perdiendo la memoria, pero aquellos rostros me eran familiares. Si toda mi familia le rezaba al muerto… de repente caí en razón… ¡Dios! ¡Mi padre! ¡No puede ser que mi papá haya muerto! Me deshice en lágrimas y turbación, pues nadie me reconocía, no notaban mi presencia, esto me llevó a pensar que tal vez había muerto por mi culpa, mi alma se fragmentaba en pedazos…

En el momento en que me dirigí a la cocina a buscar más recuerdos para ligar lo que había sucedido, me topé contra el rostro de mi padre, estaba deshecho en sollozos, mientras mi madre le ayudaba a permanecer en pie.

“Oh, señor -me decía-, ¿quién pudo haber muerto?… ¡La foto del altar!”

En un momento de asombro y confusión miré esa foto. Tenía un destello que me enturbiaba la vista, pero me esforcé y alcancé a ver un joven… no era una foto sino un espejo, porque en el reflejo éramos la misma persona… después de tres segundos lo acepté.

El único que no estaba en casa era yo, después de esto, me fue fácil comprender el por qué de aquél viaje en autobús: Había despertado del sueño que llaman vida.

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Prof. Álvaro Carvajal Suárez

Prof. Álvaro Carvajal Suárez

(*) Álvaro Carvajal Suárez, es Profesor de Español en el Liceo de Bagaces, Guanacaste. Es nativo de la comunidad de Humo de Esparza. Su obra “Cuentos Fríos” fue galardonada con el Primer Lugar, en la categoría de Cuentos, en el Certamen Literario “Brunca 2011”, concurso literario promovido por la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA), con sede en San Isidro del General. Actualmente, trabaja en nuevas producciones literarias que están a punto de salir publicadas en el mercado de literatura nacional.

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IMAGEN: Tomada del Blog “TrapitoOnline.net” (www.trapitocom.blogspot.com ).

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