Recetas Periodísticas: Cocina sin Sabor

Periódicos. (Imagen utilizada con fines ilustrativos. Fuente: ABC.es)

Periódicos. (Imagen utilizada con fines ilustrativos. Fuente: ABC.es)

Ensayo acerca de la importancia de la investigación y el método científico aplicado al periodismo

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.
-El Golem, de Jorge Luis Borges

 Por: José Alberto Gatgens Céspedes (*)

Como el ebanista toma el cepillo y sabe para qué sirve su herramienta y sabe cómo utilizarla, el periodista debe saber para qué son las palabras. El ebanista sabe la importancia del cepillo. Entiende que sin él no podrá dar el acabado, el pulido final y especial que busca para su pieza. Sin el conocimiento de la herramienta y sin el adecuado manejo, el periodista puede echar a perder la pieza. También, si se apresura, el resultado puede ser deficiente.

¿Sabe el periodista la importancia de sus palabras? Tomar conciencia de la importancia de las palabras, de su valor creador (y destructivo) es uno de los retos más grandes para el ser humano; pero todavía más grande para quienes viven de las palabras. El periodista que redacta sin esa conciencia y se enfrenta sin temor “al problema del lenguaje”, no podrá trascender y sus notas caerán en la simple receta de la pirámide invertida (o la receta de turno), con la consecuente sobreestima de su historia por encima del lenguaje con que debe comunicarla.

En el periodismo informativo o de investigación el asunto es así o más complicado, pues, como dice Froilán Escobar, “la manera despersonalizada y lejana del periodismo informativo crea la falsa premisa de que, lo ahí escrito, refleja la realidad tal cual es”, con lo cual, si el periodista no informa con la precisión y la conciencia “del problema del lenguaje”, más que contribuir a informar acerca del hecho, está en la frontera de deformarlo y perjudicar a los implicados. La realidad de un hecho no cabe en un cuarto de página con foto. Ni siquiera un hecho minúsculo. Por eso los evangelistas, los relatores que en la Biblia hablan de Jesús, aclaran que no hay libros sobre la tierra en los que quepa la vida de él. Ni de él ni de nadie, porque la verdad, la realidad, es la suma de los actos internos y externos de la persona o las personas involucradas, presentes y ausentes en el acontecimiento. Y eso es mucha tinta.

Sin duda, los grandes periodistas son siempre escritores. Porque su oficio es el de trabajar con las palabras. La historia que cuentan es circunstancial, es el pretexto para contar bien contada la historia que les tocó ese día, esa semana, ese mes: José Martí, Rubén Darío, César Vallejo, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Ernest Hemingway y Riszard Kapuscinski, sólo para citar a algunos de los más conocidos y que más admiro.

Por eso, siguiendo a Morabito, ni la lista del supermercado, cuando se toma conciencia de la importancia de las palabras, puede hacerse a la ligera. Menos una nota o un reportaje donde se juzgan y exponen los actos de las personas, pues la imprecisión, las obviedades o la pereza en la búsqueda del adecuado uso del lenguaje, resultarán en interpretaciones ala libre o ambigüedades que no son aceptables en el periodismo informativo; en el periodismo de opinión sí podría ser, pero en el informativo y el investigativo no, donde se supone se trabaja con hechos. Es una enorme responsabilidad para el periodista. Gigantesca. Abrumadora. Titánica. Sirva de carácter ancilar la conocida escena en que el moribundo abuelo de Peter Parker se lo deja claro al joven aprendiz de arácnido (trabajador de la prensa, por cierto): “todo gran poder conlleva una enorme responsabilidad”.

O si lo prefieren más académico, recordemos a Roland Barthes en su Lección Inaugural:

“Adivinamos entonces que el poder está presente en los más finos mecanismos del intercambio social: no sólo en el Estado, las clases, los grupos, sino también en las modas, las opiniones corrientes, los espectáculos, los juegos, los deportes, las informaciones, las relaciones familiares y privadas, y hasta en los accesos liberadores que tratan de impugnarlo: llamo discurso de poder a todo discurso que engendra la falta, y por ende la culpabilidad del que lo recibe”.

Lo anterior es muy aplicable al periodismo y su discurso. Más adelante Barthes dejará en claro la relación entre el poder y el lenguaje. Para un periodista que escribe en un medio de referencia nacional, el lenguaje se convierte en una importante forma de poder. Poder que generará consecuencias de las cuales el trabajador de las palabras deberá tener plena conciencia, pues a diferencia de la literatura, el lector del producto informativo cree que lo expuesto en la pieza periodística es “la verdad”.

Y contradecir o reparar lo expuesto por el periodista y el medio es difícil o imposible: “el daño ya está hecho”, como dicen en Guápiles. Ya sea por la negativa del medio o el periodista a tratar de reparar el daño o porque las consecuencias que tuvo la pieza periodística son poco resarcibles.

Por lo tanto, la aplicación de los principios del “interés público” y las nociones de “noticiabilidad”, como una receta de cocina donde “eche una pisca de dinero público, mezcle con un funcionario y bátalo bien para que quede una salsa espesa y poco clara”, debería ser más bien motivo de desconfianza por la ligereza con que se aplican. Las recetas sólo sirven en la cocina. En las ciencias sociales siempre hay que hacer ajustes. Y este es el segundo punto de la reflexión.

Si el periodista carece de objetivos o hipótesis de trabajo que no sean prejuiciosas, el resultado será un mamarracho. El periodista que se dedica a la investigación, debería hacerlo con objetivos o hipótesis de trabajo, como lo hacen los científicos de las ciencias exactas: hipótesis, investigación, pruebas, resultados y aceptación o rechazo de la hipótesis. Es decir, la hipótesis tiene que ajustarse al resultado de la investigación. Si la hipótesis o el objetivo inicial se prueben con rigor, bien. Si no, el objetivo y la hipótesis con que se arrancó deberán rechazarse y replantearse la investigación y sus resultados.

Puede servir como ejemplo uno de los más importantes fármacos de los últimos tiempos: el Viagra. La empresa Pfizer realizaba una investigación con pacientes aquejados por males del corazón (como podrán suponer muchos de ellos de edad avanzada), cuando de camino empezaron a darse cuenta de un efecto secundario de la ‘Sildenafil citrate’ en los pacientes: provocaba erecciones. Pfizer replanteó su investigación y el resto de cuento ustedes lo saben.

Sin embargo, pareciera que muchas veces el método de trabajo del periodista es inverso a la honesta y ética metodología científica: el resultado se tiene que ajustar a toda costa a la hipótesis.

A esto le llamo “procustear” la información. El neologismo lo utilizo como resumen de la historia del lecho del hospedero Procusto, el de la fábula griega. Para quienes no conocen o recuerdan la historia, Procusto acostaba a los huéspedes en una cama: si la persona era más larga, le cortaba las extremidades para que calzara, si la persona era muy pequeña, la estiraba para que se ajustara con exactitud al lecho. También le podemos llamar “torcerle el brazo” o bien, “hacerle manita de puerco” a la información y a los hechos con tal de que calce con mi hipótesis u objetivos. Y como podrán suponer sin que haya que explicar más, esto carece de ética y rigor científico.

El periodista debe desprenderse de los prejuicios que tenga hacia alguna persona o situación para evitar “procustear” la información. También tiene que evitar el sentimiento de creerse el juez vengador, pues corre el riesgo de sentirse Batman y terminar haciendo linchamientos públicos y mediáticos. Si el periodista quiere hacer algo que sea digno de considerar como ciencia (aunque sea social) y no una simple afición filatélica, como diría el ganador del Nóbel de Química, Ernest Rutherford, hay que aplicar el rigor del método y tener la humilde disposición personal y profesional de cambiar la hipótesis y aceptar los resultados cuando el método así lo demuestre.

La diferencia entre una receta y un método riguroso de trabajo es notoria: la receta se aplica para obtener siempre el mismo resultado. El método se aplica para darle rigor científico al resultado, sea cual sea. Entre lo dicho, salió a relucir la idea (que yo creía superada) de objetividad. Me extrañó que periodistas viejos y “espueludos” sigan hablando de “objetividad”. Creer que el comunicador puede realizar algún trabajo “objetivo” es falta de claridad, o bien en el término, o bien en el concepto.

Trataré de explicarme: la objetividad no existe. Ni en ciencias sociales, ni en las ciencias exactas (que son más exactas que las sociales, eso sí). Desde el momento que en periodista elige el ángulo, el enfoque, las palabras, decide qué decir, cómo decirlo, qué quitar y qué poner, está siendo subjetivo. No hay escape. Por lo tanto, no se debe confundir objetividad con veracidad. El comunicador tiene que apegarse a la verdad de los hechos, no falsearlos, ni que los hechos se ajusten a su hipótesis. Eso sí es posible. Esto es ser veraz: apegarse a la verdad de lo ocurrido. La objetividad es sólo un concepto mal empleado para decirle a los clientes del noticiero o del periódico que se le está entregando algo infalible e indiscutible. Y no discutan más.

Para finalizar, los medios de comunicación llegan a miles de personas todos los días. Tienen que entregar material informativo sin olvidar que esas personas creen que eso es cierto, que esa es la vía y la manera (en especial en esos medios que se presentan a sí mismos como los atalayas de la moral y la verdad). Los medios tienen que enseñar con el ejemplo del buen periodismo, el buen lenguaje, y contenidos que sirvan para que sus clientes crezcan intelectualmente.

En la sociedad, el aprendizaje es constante y se produce dentro y fuera del aula. Desprenderse de la responsabilidad educativa que tienen los medios y sus trabajadores para con la colectividad, es tan censurable como el padre de familia que pretende dejarle toda la responsabilidad de la educación de su hijo al maestro de la escuela, con las consabidas consecuencias de esa negligente decisión. El medio y los periodistas son ejemplo y guía para muchos de sus lectores.

Por las anteriores razones, el periodista debería tener conciencia del rigor científico y del problema del lenguaje que se necesita en su labor, de su posición privilegiada y el poder que brinda esa posición, además de la humildad necesaria para seguir con los pies en la tierra, sino, la receta de todos los días podría hacer que el periodista tenga como único objetivo justificarse mediante algunos de los objetos del periodismo y se olvide de los sujetos: los lectores y los involucrados, tan necesarios de respeto y de buen periodismo, los unos y los otros.

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Lic. Jose Alberto Gatgens Cespedes

Lic. Jose Alberto Gatgens Cespedes

(*) José Alberto Gatgens Céspedes, Periodista y Escritor, nacido en Marañonal de Esparza, en 1976. Estudiante de literatura y cocina, Profesor de Periodismo en el Colegio Universitario San Judas Tadeo. Ha realizado varios trabajos de investigación sobre literatura latinoamericana contemporánea.

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IMAGEN: Imagen utilizada con fines ilustrativos. Fuente: ABC.es.

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