El Milagro de Compartir

Desfile Boyeros Esparza 07 Dic 2014 (Román Morera Hidalgo)

Por: Miguel Ángel Soto Flores

Un buen día, cuando la luz de la madrugada apenas se asomaba en el horizonte, una jarra, chorreada y curtida, sobre tres piedras hervía café y lejos difundía su aroma. En la penumbra de la alborada, a poca distancia, unos pasos acompañaban una sombra que se acercaba a la choza de Pablo. Llegó hasta la puerta y dijo:

–¿Está Pablo, el Boyero?”

Pablo, cortés y humildemente, recibe al extraño.

–Buenos días, soy Pablo, ¿que lo trae por aquí? ¿Hay algo en que pueda serle útil?

Por un momento, hubo un silencio y luego…

–Buenos días, Pablo. Soy Genaro, y me trae el aroma de su café. Pero, en verdad, hay algo en que usted puede ayudarme.

–Diga usted, don Genaro. Explíquese… -respondió Pablo un tanto intrigado.

–Mi vehículo se varó al pasar el río y necesito que usted con su yunta de bueyes trate de halarlo a tierra firme.

–Cuánto lo siento, Don Genaro, ya no tengo mi yunta, ni yugo ni carreta. Todo eso lo vendí para pagar la enfermedad de mi mujer y el parto de mi segundo hijo. No podré ayudarle, pero veré si mi vecino me presta su yunta y remolcamos su vehículo. Yo no le cobraré nada, sólo deberá pagar lo que mi vecino pida por el uso de su yunta. Pero le ruego me dé tiempito para terminar el desayuno… Con gusto, le serviré un cafecito para mientras y talvez quiera comer con nosotros. Está invitado.

Complacido, Genaro le replicó:

–Gracias, Pablo, es usted bien gentil. En verdad no he comido desde ayer por la tarde, antes de intentar cruzar el río. Ahí dormí en mi vehículo.

Mientras Pablo continuaba con sus quehaceres matutinos, Genaro comenzó a hablar de la temporada que se avecinaba.

–Ya viene la navidad nuevamente. Parece ayer la navidad pasada. Pero siempre es alegre, hermosa, una temporada de hermandad, de comprensión, compasión y amor. ¡Es linda! Buscar un arbolito, llevarlo a casa, decorarlo y ponerle lucecitas, salir de compras para crear sorpresas y luego llenar el arbolito de regalos. Los chicos, sus ojitos abiertos bien grandes en la noche de navidad cuando abren sus regalos. Es linda la navidad.

Pablo, muy pensativo, comentó:

–Admiro a aquellos que esperan la Navidad con ansias. Yo la espero con aprensión, reservas, miedo y congojas.

– ¿Por qué dices eso, Pablo?

–No protesto, don Genaro, sólo me resigno. Mi vida no tiene el contenido de suficiencia, parece que siempre llego tarde a la repartición de oportunidades, y siempre salgo con mis manos vacías. No envidio a los favorecidos ni reniego por mi situación. Trabajo y trabajo, y no avanzo. Muero por no alcanzar la felicidad para mí y los míos.

Genaro, lamentando lo escuchado, agregó:

–¡Qué pena, Pablo, qué pena! Reza, pídele a Dios que te ayude, que te dé el bienestar que mereces.

–¡Ay, don Genaro! Sería una larga lista de cosas que no consigo, entre ellas, la esperanza de lograrlas.

–Pídele, hombre. Sé que Él te ayudara… Anda, pídele…

Como hurgando en sus adentros, Pablo piensa muy bien lo que acaba diciendo:

–Muchas veces, antes, lo he hecho… pero ya perdí también eso, la fe de que obtendré su ayuda. He llegado a entender que no todos traemos las mismas habilidades, no todos corremos a la misma velocidad, algunos piensan dos o tres veces una cosa en el tiempo que yo pienso lo mismo una sola vez. ¿Cómo puedo competir? Yo no tuve la oportunidad de educación… apenas escribo mi nombre.

–No pierdas la Fe, Pablo amigo, eso es lo último que puedes perder… -acotaba Genaro, tratando de animar a su interlocutor.

–Don Genaro, la fe para mí es creer que lo que deseo es cierto, al voltear la tortilla en la cazuela, pero si no hay energía que la caliente, los dos lados se mantienen igualmente crudos. Aquí estoy, en el dilema de la vida, con la necesidad de salir a buscar trabajo y el deber de cuidar de mi gente enferma, hambrienta, indefensa. Si salgo, se mueren y si me quedo nos morimos igualmente.

No obstante lo escuchado de labios de Pablo, Genaro no se deja vencer:

–¡Que encrucijada! Reza, Pablo, reza, que eso te dará fuerzas… piensa en lo lindo de la vida, en todo lo que tiene y puede darte. Busca ayuda educación, algo que cambie tu situación.

–Es igual, don Genaro, igual a lo que ya dije, si busco que estudiar, talvez hay mucho. El costo reduce la subsistencia de nosotros, y mientras estudio, no trabajo. Sin trabajo no hay comida, ni gas para el candil, ni leña para la cocina. Ve, don Genaro… Es la vorágine que atrapa al pobre, la que al final termina tragándoselo como un pitón del Mato Groso. Estoy resignado, esperando la muerte en el fondo de mi vorágine.

–Reza, reza, reza, pide a Dios una mano, un milagro –insistía Genaro.

–Mi buen amigo, don Genaro, usted ve la vida desde otro punto, un punto de bienestar y abundancia… El mundo cambia de aspecto según el punto desde donde se mire… No somos iguales. Usted puede ser un amigo. Lo admiro, no envidio su situación, se la ha ganado. Pero no pido compasión ni quiero que sienta lastima por la mía. Son situaciones de la vida que, como boas constrictoras, apresan, prensan y sostienen la situación paralizante. Don Genaro, sí, somos creados en igual forma, pero no somos iguales en la vida, porque las oportunidades no se ofrecen en igualdad de condiciones.

–Pablo, rece, pídale a Dios que él provee. No se canse, ni pierda la esperanza.

Pablo continuaba aferrado a su punto de vista, basado en su experiencia.

–Es que me da pena pedir a Dios más, cuando ya nos ha dado todo… Asimismo, me da pena pedirle ayuda, dejarle todo a Él, cuando yo no he hecho lo suficiente para resolver mis propios asuntos… Pero, debo decirle, don Genaro, que mi último pedido es que me deje ser autosuficiente para valerme por mí mismo y darle lo mínimo a mi familia…

–Sabes, Pablo, entiendo, entiendo, y deseo ayudarte… Eso es, si me permites… Y no creas que lo haré por caridad, o por sentirme bien, o superior en benevolencia. Deseo que sea un acuerdo entre tú y yo. Yo te ayudo, y tú me ayudas. Me ayudas a probar que compartir las ventajas que uno tiene no reduce lo que se tiene, sino más bien lo multiplica por dos, quienes luego tienen.

–Don Genaro, y ¿cómo podré pagarle lo que quiere hacer por mí? Y ¿por qué yo, si ni siquiera lo conozco?

–Ves, Pablo, hace un momento me ofreciste café y desayuno, me darás tus servicios si costo, sólo lo que cobre tu vecino. Sabes, Pablo, tú compartes lo poco que tienes y lo haces de tu propia voluntad y para un extraño como soy yo. Eso crea confianza e inspira a hacer igual cosa.

Un tanto desconcertado, Pablo replica:

–Eso es muy distinto, don Genaro, usted llega a mi choza, y yo lo atiendo humildemente, con lo que puedo.

–Ves, éste es el gran problema de la gente… Las sociedades han creado el paradigma de “Te ayudo, pero tienes que pagarme con intereses”. Ésa no es la situación en este caso, Pablo. Te ayudaré sin esperar nada más que, cuando puedas, ayudes a otros que estén en tu misma condición actual. Pueda ser que yo mismo caiga en la vorágine que has descrito…

–Entonces, dígame qué tengo que hacer…-se atrevió a pedir Pablo.

Genaro se acercó a Pablo y le explicó lo que ambos tenían que hacer, y dejo al lado de Pablo un paquete. En el paquete, Pablo encontró unos folletos y libretos y una suma de dinero para lo que tenía que hacer. Asombrado, con el contenido, Pablo por un momento perdió el sentido del tiempo, en su emoción del increíble acontecimiento.

–Ahora bien, ve con tu vecino, traes la yunta al final de la cuesta junto al río, yo iré hacia abajo y te esperaré junto al vehículo. No tardes. Gracias de antemano por todo.

Pablo fue y habló con su vecino, montó el yugo en los bueyes y marchó cuesta abajo, hacia el río. Mientras caminaba, pensaba cómo iba a disponer y usar lo que don Genaro le dejaba… Eran tantas las ideas que la distancia y el tiempo se volvían interminables. Cuando Pablo llegó al lugar indicado, no vio nada… Y buscó y buscó… Mas, no había ni vehículo, ni Don Genaro… Ni siguiera rastro de huellas de las ruedas del vehículo… El sol subía y su luz era más brillante que cualquier día anterior. Pablo regresó, asustado y temblando, donde su vecino a devolver la yunta.

–Bueno, Pablo, ¿hizo el trabajito? –le interrogó su vecino.

Pablo, entre temblores de miedo, suspiros y susto, le contó la historia a su vecino, y los dos estupefactos quedaron pensativos y viendo fijamente el camino que conducía abajo, hacia el río.

Pasó el tiempo, aquellos folletos eran instructivos de cómo sembrar, cuidar y cultivar hortalizas y procesar esos cultivos. Lo que Pablo y sus hijos estudiaron profundamente. Ahora, Pablo es dueño de grandes parcelas de tierra y se dedica a sembrar hortalizas, y alimentos procesados, que vende en los mercados locales. En la pared de la Fábrica de “Enlatados Genaro” hay una placa que dice:

“Éste era mi plan y no lo hice, ahora es tuyo, hazlo tú”.

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La moraleja de esta historia:

“Compartir altruistamente es el factor que suaviza la evolución del hombre hacia el bien común mundial”.

Benito Juárez una vez dijo:

“El respeto al derecho ajeno es la paz”.

Yo pienso que la educación no es un privilegio, sino un derecho inviolable y, como tal, debe respetarse. Y, por tanto, digo:

“La educación es un deber social y ciudadano que debe promulgarse sin restricción ni costo”.

Y, además, afirmo:

“Denme educación y recibirán con creces su inversión.”

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Sr. Miguel Ángel Soto Flores
Sr. Miguel Ángel Soto Flores

© – El Milagro de Compartir, escrito por el Sr. Miguel Ángel Soto Flores, Esparzano residente en Stanton, California USA – Noviembre de 2014.

IMAGEN: Cortesía del Ing. Román Morera Hidalgo, Reportero Gráfico del Proyecto de Rescate y Difusión Cultural “ESPARZA MÍA”.

 

 

 

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