Remembranzas I

Por: Lic. Mateo Arroyo Cortés (*)

Mi padre era peón de campo de día y, por las noches, se ganaba la vida como billarero en el centro de Esparza. Durante más de 16 años administró la Sala de Billares de don Diego Quesada, comerciante de origen español y dueño de  la zona que va desde la Tienda Jeste hasta las esquina del Almacén El Gollo y daba la vuelta casi llegando al negocio de Kilotelas. Igualmente, era propietario de algunos locales de la cuadra del frente.

Don Diego le tenía mucha confianza a mi padre, al punto de que los billares los trabajaba ‘a medias’ con mi padre. Recuerdo, a mis cinco años, ver a mi padre, todas las mañanas, sentarse a la mesa y hacer puñitos de monedas, acomodándolas, mientras decía: “Una para don Diego y una para mí…” y, así, los 365 días del año.

Desde recién casados, mi padres vivieron en el centro de Esparza, detrás del Mercado Municipal, contiguo a Juan Cairo, el zapatero. Luego, muy cerca de la Estación del Ferrocarril; así también por el antiguo Hospital de Esparza, y contiguo a la pulpería de don Efraín Hidalgo; posteriormente, en una casa de don Toño López, en Marañonal, y, ya casi al final, en una casa del viejo Chu-Chú, casi frente a la sede actual del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), también en Marañonal.

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En esta foto tomada por el recordado Lucas Madrigal Conejo, aparecemos: A la izquierda, mi padre Efraín Arroyo Vargas, afilando el machete en sus manos, mi hermano Luis, yo, mi hermano José y, al fondo, mi abuelo José Arroyo Oreamuno.

Unos meses antes de mi entrada a la Escuela de Marañonal (enero o febrero de 1966) escuché a mi papá decir que nos pasábamos de nuevo de casa. Nos fuimos 25 metros al oeste de ese centro educativo. Como quien dice, “me quedaba muy lejos ir a la escuela”… Jajajaja.

Después me enteré de que un amigo de mi padre del centro de Esparza, de nombre don Héctor Pérez, le había dicho que se buscara un lote donde más le gustara y que él se lo financiaría. Fue así como consiguió su primer lote de 600 metros cuadrados a 25 metros de la escuela y por la suma de 1.250 colones. Ese montón de dinero, mi padre se lo devolvió en pagos mensuales de 25 colones.

Allí pase los bellos momentos de mi época escolar. Allí nacieron dos de mis hermanas. Desde allí, hicimos incontables viajes al playón del río Barranca. Unas veces de paseo y, muchas otras veces, a trabajar. Dos o tres veces por semana bajábamos al playón con una yunta de bueyes y una carreta. Mis dos hermanos y yo recolectábamos los troncos dejados por las correntadas del río, y mi padre y mi abuelo las cortaban en astillas. Luego, esa leña se la vendía a las hermanas Córdoba que tenían pensiones en el centro de Esparza.

En todo Marañonal, sólo había dos televisores: Uno de la familia de don Álvaro Abarca y otro de un señor que vivía como a 150 metros hacia el norte de la entrada principal. Donde los Abarca, llenábamos todas las tardes la pequeña sala de la casa y las series de televisión que nos adormecían eran los Picapiedra, el Oso Yogui, Tiro Loco y Shazán. En la otra casa, el señor había hecho una gradería de tablas de formaleta y cobraba 10 centavos por chiquillo.

Aunque no tenía más tierra que su terreno donde vivir, mi padre sembraba lo que nos comíamos. Para ello, conseguía lotes baldíos, llegaba a acuerdos con los propietarios, los limpiaba y los sembraba. Así que, en casa, siempre había unos estañones repletos de frijoles nuevos, de arroz y de maíz. La yuca, ñame y tiquizque abundaban. Mi madre hacía chorreadas y mis hermanos y yo salíamos a venderlas por el vecindario. Ya, luego, cuando el maíz sazonaba, hacía cosposas y también el delicioso pan de maíz.

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Prof. Mateo Arroyo Cortés.

Prof. Mateo Arroyo Cortés.

(*) Lic. Mateo Arroyo Cortes, Docente de Educación Técnica, Especialista en Desarrollo Rural Territorial, Asesor Legislativo.

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