LA JAMA (cuento corto)

Sandwich. Imagen: Canal de "Platos Fáciles con Tamara" (YouTube)

“…para Cacho, por compartirme esta historia tan linda”. 

Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

Cuando yo era un carajillo, luego del divorcio de mis papás, mamá tuvo la genial idea de irnos a vivir con abuela Elena y, para ese entonces, dos de mis tíos aún estaban solteros y seguían viviendo en el nido mayor.

Esto pasó en los años setentas, así que eso de familias no tradicionales no es algo nuevo. Esto pasó hace más de treinta años, para entonces ya los patrones de la familia costarricense habían cambiado, le guste o no a ese grupo de fanáticos católicos que se dan con una piedra en el pecho e intentan tapar el sol con un dedo.

Tío Coqui era un hombre enorme, grande y bueno, bueno para el guaro, bueno para el verbo y para la cocina, él nos hacía unos emparedados enormes a los que llamaba “la jama”. Era una comida sonámbula, ya que empezaba a prepararlos a partir de las diez de la noche, luego de caminar hasta la panadería de los Román y traer tres bollos de pan tan fresco, para lo cual tenía que llevar una bolsa de tela porque las de plástico se derretían de lo caliente que aún estaba.

Por supuesto que, para las diez de la noche, yo estaba en el quinto sueño de la felicidad adolescente, pero tío tenía una forma muy particular de levantarnos, una vez que la jama estaba lista, se acercaba al pasillo que daba al cuarto mío y de mis primos y tocaba la pared tres veces seguidas y solo una vez. Yo no sé qué diablos me pasaba entre el sueño y el hambre, pero el inconsciente apenas escuchaba esos tres toques queditos en la pared, me enviaba un mensaje directo a la panza y hacía que saliera de aquel soponcio dormilón para levantarme, a eso de las diez y media de la noche, a comer la jama con mis primos y mi tío Coqui.

Ha pasado una vida entera, entre esas noches de niño-hombre y mi vida actual, pero cada vez que paso por una panadería y me huele a pan recién horneado, me transporto, como por arte de magia, a la mesa de la cocina de tita Elena, me veo a mi mismo chino del sueño, en pijamas de Mazinger Z, con un pedazo de jama en mis manos, una taza de café al frente, a mis primos tan muertos de hambre como yo, hablando todos a la vez y no puedo dejar de sonreír al recordar la cara de felicidad de tío Coqui por poder compartir cada noche la jama conmigo y mis primos.

El amor es la fuerza más poderosa del Universo, nos permite hacer cosas tan ilógicas y maravillosas como seguir amando a alguien, a pesar de que murió hace años. El día que enterramos a tío Coqui, mis primos y yo, más que cualquier otro familiar, lloramos y reímos al mismo tiempo, llorábamos su partida, pero sonreíamos al recordar esas noches de jama familiar de nuestras juventudes.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: Platos Fáciles con Tamara (YouTube) – Utilizada con fines ilustrativos.

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