Call Center (cuento)

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Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

De acuerdo con el diccionario, el término irresponsable significa “ser una persona que actúa sin medir las consecuencias de sus actos” Creo que no existe una mejor forma de definir la manera en que llevé por mucho tiempo mi vida.

Desde jovencillo, aprendí a vivir la vida sin reparos. Esto significó para mí que yo era amo y señor de mis actos, pero no de las consecuencias. Así que salía a tomar licor y no me importaba si en una sola noche me bebía mi salario para los siguientes quince días y luego tenían, mis pobres tatas, que darme plata para los ‘pases’ y la comida. Me iba para la playa y, en lugar de regresar el domingo como todo el mundo, me quedaba una semana, a merced de mis “nuevos mejores amigos para siempre”. Perdía mi trabajo y, para mí, eso era como para morirse de risa.

Fue en esa época, que conocí a Mayela. Fuimos novios durante bastante tiempo, hasta que me anunció un día, en seco, que estaba embarazada de mí… Y ¿de quien más iba a ser, si yo tenía tiempo de vivir en su departamento, comerme su comida, beberme sus colonias, ver su TV por cable, de hacer uso de todo, incluyéndola a ella?

Ese día, marcó un antes y un después… Luego de eso, ya nada fue lo mismo. Parecía que lo que antes le encantaba a Mayela de mi personalidad, ahora le irritaba hasta límites indecibles. Empezó a reprocharme todo. No existía una sola cosa que yo hiciera bien (aunque lo estuviera). Ya no podía pasar todo el día en calzoncillos, jugando ‘play’, ahora tenía que ordenar la cama, la ropa, la cocina, la sala, el baño, todo, absolutamente todo… Ya no podían venir mis amigos a verme, ya no podía fumar dentro, fuera, encima, debajo, a un lado, en el patio, ni en ningún lugar cercano a la casa. Se acabaron para siempre las noches de pizza, de relajos, de tragos, de puros, de ‘chiliguaros’, hasta el alcohol de fricciones se sacó de la canasta básica de ese nido de –dizque– amor.

Comprenderán que, con una maestría en irresponsabilidad, toda esa situación no pasó de tres meses, al cabo de los cuales ya vivía yo de nuevo en la casa de mis tatas y, nuevamente, había regresado a mis viejos y queridos hábitos de destrucción masiva para uno.

Pasaron los meses, el chiquito nació, le pusieron el nombre del abuelo. Obviamente, no me dejaron ni alzarlo, por miedo a que lo dejara caer y fue cuando entendí que las consecuencias de mis actos empezaban a cobrarme la factura… Y la factura tenía nombre, se llama ‘pensión alimentaria’. Al principio, la pagué, otras veces no. Por ahí, me enteré que mi mamá la pagaba a veces, otras mi tata, y que hasta mi hermano mayor en un par de ocasiones. Pero como uno de los beneficios para los papás es que sus hijos crecen y se convierten en adultos, los míos se cansaron de esperar a que madurara y, simplemente, dejaron que todo llegara hasta las últimas consecuencias.

Y ese día llegó…

Estaba, como cualquier otro día de trabajo normal de Call Center, fumando en mis quince minutos de receso, cuando, a lo lejos, vi venir una patrulla. Al principio, ni me acordaba de mis irresponsabilidades, pero en la misma proporción que la patrulla se acercaba, el miedo a que vinieran por mí creció como la espuma. Apagué el cigarro, y empecé a su subir pisos, como desde las escaleras podía ver lo que pasaba en el primero, vi que la policía entró a mi edificio. Ya, para ese momento, subía las gradas de tres en tres. Les juro que si subir gradas fuese deporte olímpico, me hubiesen dado medalla de oro.

Cuando llegué al sexto piso, estaba tan inmensamente nervioso que dejé de pensar y me puse a hacer loco… Primero, me encerré en una de la tazas del baño, luego me salí y corrí como un loco a la parte sin usar del edificio y me escondí debajo de un cubículo; luego de unos segundos, me di cuenta que no era tampoco una buena idea, estaba corriendo y frenando al mismo tiempo, cuando al fondo pude ver una ventana abierta.

Pésima idea…

Traje una silla, me subí al quicio de la ventana, salí, un viento frío me daba fuerte en la cara y me fui moviendo hacia la derecha en el borde pegando mi cuerpo a la ventana hasta llegar a una parte del edificio de concreto sin ventanas… Según yo, ahí nunca darían conmigo, no me di cuenta lo lejos que había avanzado hasta que volteé la cabeza al lado izquierdo y comprendí que había cometido el peor error de mi vida y que faltaba aún ‘lo mejor’, las consecuencias de aquella decisión.

Cuando temblaba como un conejo en una convención de lobos, miré seis pisos para abajo cómo los policías salían del edificio con un muchacho esposado y comprendí que no era por mí que habían venido. Traté de moverme hacia el lado izquierdo para regresar a la ventana abierta y vi como ésta se cerraba por completo. Para ese momento, mi pánico fue infinitamente superior a cualquier forma de miedo que hubiera tenido al término de cuatro o cinco vidas todas juntas y sumadas. Empecé a sentir que me iba a desmayar, hice un esfuerzo supremo mental para sacar fuerzas de donde no las tenía, pero fue inútil. Lo último que recuerdo fue que pensé, me voy a matar.

De esto hace cuatro años, sigo sin conocer a mi hijo, sigo trabajando en el mismo Call Center, pero, ahora pertenezco a la minoría minusválida de la compañía, no siento nada de la cintura para abajo y aunque tengo una silla de ruedas súper cool, obsequiada por Happy Place, la cambiaría de inmediato por poder andar descalzo y sentir nuevamente el frío del mar, el calor de la arena o una patada en la espinilla en un partido de fut5. Ahora, pago puntual la pensión, mi departamento, mi cable; casi no tomo, dejé de fumar; pero, ni aunque aprenda a convertir agua en vino podré reparar el daño que me hice a mí mismo, al hijo que parece que nunca conoceré, a Mayela y a mi familia… Uno se cree invencible, como Superman, pero, la realidad es muy distinta.

Mientras espero la segunda venida de mi muerte, seguiré atendiendo llamadas en este lugar, si pasás por acá, soy el chico del cubículo 808, edificio F3, el que no tiene ventanas.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: Retail Design Blog – Utilizada con fines ilustrativos.

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