El verde me define

Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

El verde me define… Verde es mi patria, mi suelo, mi vida. ¿Cómo no amarlo, si hasta los ojos de abuela eran verdes y me los regaló sin hacerlo?

Verdes las montañas que me cobijan, verde el color del mar de Puerto Viejo, justo en el momento en que la ola se eleva y, por segundos, expone su belleza antes de romper en recuerdos.

Verdes nuestros volcanes y sus lagunas, partícipes mudos de un pasado feroz. Verdes nuestros parques citadinos rodeados de concreto y caos. Verdes nuestros campos repletos de hortalizas y promesas.

Verdes nuestros ríos, rompiendo camino hacia la costa, llevando vida entre sus corrientes a todo aquel que encuentra a su paso. Verdes humedales, viviendo a medias entre el mar y sus caprichos. Verdes aves que al amarse nos recuerdan que no hay que hacerlo en silencio.

Verdes besos al cobijo de las sombras de novios primerizos e ingenuos. Verdes viejos que quieren recuperar el tiempo perdido de mejores años.

Verdes recuerdos, frescos, intactos, repletos de bellos momentos vividos en esta parte del mundo.

Por eso, el verde me define y algún día me uniré a él en un abrazo fuerte y eterno. Verde es lo que soy y en verde me convertiré.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”   Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: Bajo del río Barranca, Esparza, por Isaac Velásquez Rojas, Reportero Gráfico del Proyecto de Investigación, Rescate y Difusión Cultural “ESPARZA MÍA…”

 

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Call Center (cuento)

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Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

De acuerdo con el diccionario, el término irresponsable significa “ser una persona que actúa sin medir las consecuencias de sus actos” Creo que no existe una mejor forma de definir la manera en que llevé por mucho tiempo mi vida.

Desde jovencillo, aprendí a vivir la vida sin reparos. Esto significó para mí que yo era amo y señor de mis actos, pero no de las consecuencias. Así que salía a tomar licor y no me importaba si en una sola noche me bebía mi salario para los siguientes quince días y luego tenían, mis pobres tatas, que darme plata para los ‘pases’ y la comida. Me iba para la playa y, en lugar de regresar el domingo como todo el mundo, me quedaba una semana, a merced de mis “nuevos mejores amigos para siempre”. Perdía mi trabajo y, para mí, eso era como para morirse de risa.

Fue en esa época, que conocí a Mayela. Fuimos novios durante bastante tiempo, hasta que me anunció un día, en seco, que estaba embarazada de mí… Y ¿de quien más iba a ser, si yo tenía tiempo de vivir en su departamento, comerme su comida, beberme sus colonias, ver su TV por cable, de hacer uso de todo, incluyéndola a ella?

Ese día, marcó un antes y un después… Luego de eso, ya nada fue lo mismo. Parecía que lo que antes le encantaba a Mayela de mi personalidad, ahora le irritaba hasta límites indecibles. Empezó a reprocharme todo. No existía una sola cosa que yo hiciera bien (aunque lo estuviera). Ya no podía pasar todo el día en calzoncillos, jugando ‘play’, ahora tenía que ordenar la cama, la ropa, la cocina, la sala, el baño, todo, absolutamente todo… Ya no podían venir mis amigos a verme, ya no podía fumar dentro, fuera, encima, debajo, a un lado, en el patio, ni en ningún lugar cercano a la casa. Se acabaron para siempre las noches de pizza, de relajos, de tragos, de puros, de ‘chiliguaros’, hasta el alcohol de fricciones se sacó de la canasta básica de ese nido de –dizque– amor.

Comprenderán que, con una maestría en irresponsabilidad, toda esa situación no pasó de tres meses, al cabo de los cuales ya vivía yo de nuevo en la casa de mis tatas y, nuevamente, había regresado a mis viejos y queridos hábitos de destrucción masiva para uno.

Pasaron los meses, el chiquito nació, le pusieron el nombre del abuelo. Obviamente, no me dejaron ni alzarlo, por miedo a que lo dejara caer y fue cuando entendí que las consecuencias de mis actos empezaban a cobrarme la factura… Y la factura tenía nombre, se llama ‘pensión alimentaria’. Al principio, la pagué, otras veces no. Por ahí, me enteré que mi mamá la pagaba a veces, otras mi tata, y que hasta mi hermano mayor en un par de ocasiones. Pero como uno de los beneficios para los papás es que sus hijos crecen y se convierten en adultos, los míos se cansaron de esperar a que madurara y, simplemente, dejaron que todo llegara hasta las últimas consecuencias.

Y ese día llegó…

Estaba, como cualquier otro día de trabajo normal de Call Center, fumando en mis quince minutos de receso, cuando, a lo lejos, vi venir una patrulla. Al principio, ni me acordaba de mis irresponsabilidades, pero en la misma proporción que la patrulla se acercaba, el miedo a que vinieran por mí creció como la espuma. Apagué el cigarro, y empecé a su subir pisos, como desde las escaleras podía ver lo que pasaba en el primero, vi que la policía entró a mi edificio. Ya, para ese momento, subía las gradas de tres en tres. Les juro que si subir gradas fuese deporte olímpico, me hubiesen dado medalla de oro.

Cuando llegué al sexto piso, estaba tan inmensamente nervioso que dejé de pensar y me puse a hacer loco… Primero, me encerré en una de la tazas del baño, luego me salí y corrí como un loco a la parte sin usar del edificio y me escondí debajo de un cubículo; luego de unos segundos, me di cuenta que no era tampoco una buena idea, estaba corriendo y frenando al mismo tiempo, cuando al fondo pude ver una ventana abierta.

Pésima idea…

Traje una silla, me subí al quicio de la ventana, salí, un viento frío me daba fuerte en la cara y me fui moviendo hacia la derecha en el borde pegando mi cuerpo a la ventana hasta llegar a una parte del edificio de concreto sin ventanas… Según yo, ahí nunca darían conmigo, no me di cuenta lo lejos que había avanzado hasta que volteé la cabeza al lado izquierdo y comprendí que había cometido el peor error de mi vida y que faltaba aún ‘lo mejor’, las consecuencias de aquella decisión.

Cuando temblaba como un conejo en una convención de lobos, miré seis pisos para abajo cómo los policías salían del edificio con un muchacho esposado y comprendí que no era por mí que habían venido. Traté de moverme hacia el lado izquierdo para regresar a la ventana abierta y vi como ésta se cerraba por completo. Para ese momento, mi pánico fue infinitamente superior a cualquier forma de miedo que hubiera tenido al término de cuatro o cinco vidas todas juntas y sumadas. Empecé a sentir que me iba a desmayar, hice un esfuerzo supremo mental para sacar fuerzas de donde no las tenía, pero fue inútil. Lo último que recuerdo fue que pensé, me voy a matar.

De esto hace cuatro años, sigo sin conocer a mi hijo, sigo trabajando en el mismo Call Center, pero, ahora pertenezco a la minoría minusválida de la compañía, no siento nada de la cintura para abajo y aunque tengo una silla de ruedas súper cool, obsequiada por Happy Place, la cambiaría de inmediato por poder andar descalzo y sentir nuevamente el frío del mar, el calor de la arena o una patada en la espinilla en un partido de fut5. Ahora, pago puntual la pensión, mi departamento, mi cable; casi no tomo, dejé de fumar; pero, ni aunque aprenda a convertir agua en vino podré reparar el daño que me hice a mí mismo, al hijo que parece que nunca conoceré, a Mayela y a mi familia… Uno se cree invencible, como Superman, pero, la realidad es muy distinta.

Mientras espero la segunda venida de mi muerte, seguiré atendiendo llamadas en este lugar, si pasás por acá, soy el chico del cubículo 808, edificio F3, el que no tiene ventanas.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: Retail Design Blog – Utilizada con fines ilustrativos.

El día que me llevaron ‘a conocer la Pizza’

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Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

Cuando tenía como ocho años, llegó a Costa Rica la ‘Pizza Hut’. Hay que entender primero el contexto en el que vi por primera vez un anuncio de pizza a finales de los setenta. Para ese entonces, vivía en un pueblo, a dos horas y media de la capital, lugar que visitaba una vez cada dos años; es decir, si tenía muchísima suerte probaría la pizza a los nueve o si acaso a los diez años, siempre y cuando tuviera la dicha y la suerte de que en un mismo viaje pudiera hacer ambas cosas, situación que aumentaba aún más mi frustración.

Y, así vivía yo, envejeciendo en mitad de la nada, comiendo tacos de donde Juanita Ugalde o tratando de morir ahogado en seco con ‘sorpresas de pinolillo (*) compradas en la pulpería de Efraín Hidalgo, en lugar de estar disfrutando de uno de aquellos pedazos de pizza, llena de quesos y un montón de ingredientes más de los cuales no sabía ni el nombre, mucho menos podría imaginar siquiera el sabor.

Los días se convirtieron en semanas y éstas en meses. Llegaron las vacaciones de quince días y yo seguía con la idea fija de probar aquella bendita comida italiana que ponían en menciones en todas partes… ¡Hasta en sueños veía los anuncios! A ratos, sentía que cada cosa que hacía me llevaba irremediablemente a estar expuesto a una pauta más. En las cafeteadas de las tardes, a veces, mami hacía tortillas prensadas con queso y yo imaginaba que eran pizza, mordía la tortilla y estiraba el queso lo más que podía, imitando el anuncio de televisión, es increíble cómo un simple pedazo de pizza pueda convertir la vida de un niño en un infierno, sobre todo de un niño ‘muerto de hambre’ como lo fui yo.

Pero, el universo, en su infinita sabiduría, inventó a los tíos y en esto debo agregar que yo tuve al mejor, Tío Hernán, mi tío preferido. En esos días de vacaciones, anunció que pasaría por mí para llevarme unos días a Guápiles, para andar a caballo y ayudar en la granja de huevos que tenían detrás de la casona. Se pueden imaginar la alegría tan enorme que pude sentir. A partir de ese momento, supe que Tío Hernán me llevaría a comer pizza a San José, no lo dudé ni por un instante. Y durante el viaje en carro hasta San José, me aseguré de pedírselo un millón de veces.

Llegamos al hotel, nos cambiamos y me dijo:

“-Papito, lo voy a llevar a esa pizzería. Usted hoy se duerme con dolor de panza de tanto que vamos a comer de eso”.

Llegamos a Pizza Hut y les juro que creía que estaba en uno de aquellos anuncios, había que esperar para sentarse y eso me pareció cosa como de otro planeta. Ya sentados, nos trajeron el menú que era más grande que yo…

Tío siempre fue un hombre de dar a manos llenas y ese día pidió dos pizzas grandes, una para él y la otra para mí, pero me dejó elegir la mía. Cuando trajeron aquellas inmensidades, mi alegría fue absoluta, no me lo podía creer, estaba tan feliz, es increíble cómo un simple pedazo de pizza pueda convertir la vida de un niño en el cielo.

Sobra decir que no me pude comer toda la pizza, tampoco me dio dolor de panza… ¡Qué me iba a dar, si con tanta felicidad dormí como un angelito!

Tío Hernán me enseñó, ese día, que cuando tienes más que el resto de las personas, necesitas construir una mesa más grande, no una tapia más alta.

(*) NOTA DEL BLOG: Las ‘Sorpresas de Pinolillo’ o ‘gofio’ eran unas muy antiguas y rústicas golosinas que existieron en las pulperías de Costa Rica hasta principios de la década de los años 1980, consistentes en un pequeño tubo de cartón  flexible, envuelto en papel ‘chinilla’ o ‘cebolla’, con las puntas sobrantes retorcidas (al estilo de los confites), en cuyo interior había pinolillo con azúcar y un minúsculo juguete de plástico. Muchas veces, los chiquillos se escapaban de ahogarse con lo reseco del pinolillo y/o con el pequeño juguete de plástico.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: Platos Fáciles con Tamara (YouTube) – Utilizada con fines ilustrativos.

El CLUB del MANTECADO

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“…la vida no es todo eso que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos sucede”. 

Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

El primer recuerdo que tengo de Sandra Rojas al cuadrado es de un club de amigos que queríamos formar un verano, allá por el 77. La sede era una casita de madera que tenían a un lado de su casa, cerca de la pulpería de los Paniagua, donde apenas si cabíamos todos.

Nunca nos pudimos poner de acuerdo en nada, unos querían sembrar árboles y salvar al mundo de la tala indiscriminada de finales de los 70`s, otros querían que repasáramos la materia de todo el año durante las vacaciones (de fijo que fue Ana Jara la que presentó esa noción), otros querían ir de pesca a La Cortina, en el río Esparta, o andar en bici por Nances, lo cual, para aquella época, era lo más parecido a un “peligro” que pudiéramos vivir.

Sólo yo soñaba con tener un club que resolviera misterios, al mejor estilo de la serie de ‘Scooby Doo’. Nos imaginaba entrando a casas tenebrosas, llenas de telas de arañas, tablas que rechinaban al caminar y sonidos sin sentido; por supuesto, hay que ser claros en algo: en Esparta no había nada que se pareciera a esa idea sembrada en mi cabeza por los libros de enigmas que, desde esa época, ya leía como un descosido, gracias a la mamá de Memito, quien nos inculcó el amor por la lectura, desde muy pequeños.

La idea de doña Rosita era buenísima, el problema fue a quién se lo ofrecieron, ya que yo siempre he tenido una mente con extrema imaginación. Pero… ¡Bueno…! Regresemos a la historia de la casita del club, pues no quiero salirme del tema de esta lectura…

Resulta que el club estaba conformado por Sandra, Memito, Ana, Gallo, Lucy y yo. Pasamos muchísimas tardes de ese verano tomando café con leche, antes de ponernos de acuerdo en nada…

Pasamos horas redactando una serie de reglas tontas de los secretos que teníamos que guardar y nunca hicimos nada que valiera la pena ocultar… ¡Pucha! Es que no matamos ni una ardilla, ni robamos guayabas en San Juan Chiquito… ¡Nada! Creo que lo único que ganamos fue peso con tantos carbohidratos y café con azúcar que nos daba la mamá de Sandra para tener la excusa de entrar y revisar qué estábamos haciendo.

Recuerdo a Sandra perfectamente, cualquier de esas tardes, mandona, dictando reglas que teníamos que seguir para poder ser parte del ‘Club de Intelectuales del Mantecado’ (*). En realidad, apenas y ha cambiado, talvez un poco más alta; pero, por lo demás, me resulta como transportada en un túnel del tiempo: Pelo alborotado, faldas por fuera, sin poner especial cuidado a los detalles de sí misma, pero con una personalidad y labia como pocos… Su mirada, inteligente, despierta, llena de preguntas y respuestas al mismo tiempo, con sonrisa pronta y prolongada, con un sentido del humor muy propio y del cual, hasta la fecha, disfruto enormemente en las pocas ocasiones que nos vemos durante el año.

Me parece increíble que, entre esa tarde de verano y hoy, hayan pasado 38 años y lo que me resulta aún más increíble es que, durante casi 20 años, no tuvimos contacto. Por supuesto, entre mi ida a la capital a perder el acento y su pasión a una secta, hubo un mar de distancias, tormentas, alegrías, enfermedades, embarazos, muertes y cientos de cosas más, que ni sé, ni podré saber jamás.

Sólo una cosa tengo clara, cuando estamos uno frente al otro, volvemos a ser esos niños del ‘Club del Mantecado’, que lo único que quieren es tener la compañía del otro, sin juzgarnos, porque no hay nada que perdonar; sin promesas, aunque hay sueños por cumplir, y sin miedo, porque el futuro, como entonces, es igual de incierto… Ya, por fin, entendimos que la vida no es todo eso que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos sucede.

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pan mantecado (*) Mantecado: Especie de galleta de harina.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imágenes utilizadas con fines ilustrativos:

1) Blog “Legados, Huellas de Nuestra presencia en Iberoamérica”.

2) Página “El Club del Pan”.

LA JAMA (cuento corto)

Sandwich. Imagen: Canal de "Platos Fáciles con Tamara" (YouTube)

“…para Cacho, por compartirme esta historia tan linda”. 

Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

Cuando yo era un carajillo, luego del divorcio de mis papás, mamá tuvo la genial idea de irnos a vivir con abuela Elena y, para ese entonces, dos de mis tíos aún estaban solteros y seguían viviendo en el nido mayor.

Esto pasó en los años setentas, así que eso de familias no tradicionales no es algo nuevo. Esto pasó hace más de treinta años, para entonces ya los patrones de la familia costarricense habían cambiado, le guste o no a ese grupo de fanáticos católicos que se dan con una piedra en el pecho e intentan tapar el sol con un dedo.

Tío Coqui era un hombre enorme, grande y bueno, bueno para el guaro, bueno para el verbo y para la cocina, él nos hacía unos emparedados enormes a los que llamaba “la jama”. Era una comida sonámbula, ya que empezaba a prepararlos a partir de las diez de la noche, luego de caminar hasta la panadería de los Román y traer tres bollos de pan tan fresco, para lo cual tenía que llevar una bolsa de tela porque las de plástico se derretían de lo caliente que aún estaba.

Por supuesto que, para las diez de la noche, yo estaba en el quinto sueño de la felicidad adolescente, pero tío tenía una forma muy particular de levantarnos, una vez que la jama estaba lista, se acercaba al pasillo que daba al cuarto mío y de mis primos y tocaba la pared tres veces seguidas y solo una vez. Yo no sé qué diablos me pasaba entre el sueño y el hambre, pero el inconsciente apenas escuchaba esos tres toques queditos en la pared, me enviaba un mensaje directo a la panza y hacía que saliera de aquel soponcio dormilón para levantarme, a eso de las diez y media de la noche, a comer la jama con mis primos y mi tío Coqui.

Ha pasado una vida entera, entre esas noches de niño-hombre y mi vida actual, pero cada vez que paso por una panadería y me huele a pan recién horneado, me transporto, como por arte de magia, a la mesa de la cocina de tita Elena, me veo a mi mismo chino del sueño, en pijamas de Mazinger Z, con un pedazo de jama en mis manos, una taza de café al frente, a mis primos tan muertos de hambre como yo, hablando todos a la vez y no puedo dejar de sonreír al recordar la cara de felicidad de tío Coqui por poder compartir cada noche la jama conmigo y mis primos.

El amor es la fuerza más poderosa del Universo, nos permite hacer cosas tan ilógicas y maravillosas como seguir amando a alguien, a pesar de que murió hace años. El día que enterramos a tío Coqui, mis primos y yo, más que cualquier otro familiar, lloramos y reímos al mismo tiempo, llorábamos su partida, pero sonreíamos al recordar esas noches de jama familiar de nuestras juventudes.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: Platos Fáciles con Tamara (YouTube) – Utilizada con fines ilustrativos.

Te Amaré…

Guitarra Javifreitas

 Por: Víctor J. Castro Barrantes  (*)

Uno de los recuerdos más preciados que guardo en el baúl de mis tesoros, tiene que ver con una de las personas que más he querido a lo largo de mi vida, mi hermana Kathya.

En ese tiempo, ella podía tener unos 17 años y yo unos 15. Esa noche, yo estaba plácidamente dormido cuando empecé a escuchar el ruido de risas bajitas en el corredor y, en un principio, me asusté. Pero luego, afinando el oído, pude entender de qué se trataba.

Cuando uno es un carajillo y aún no ha llegado a entender todo ese asunto del amor, los besos y lo que hay alrededor, lo que a uno le da es risa, así que mi segunda reacción después de sentir miedo fue sentir risa, de esa risa idiota de güila, ignorante de sentir amor por primera vez por una persona y no por su bici o el perro nuevo que te regalaron en tu cumpleaños.

Yo estaba, como siempre, durmiendo esa noche con mi pijama, algo un tanto inusual, si tomamos en cuenta que ya era un güevón de quince… Pero, ¡bueno!, es que a los hombres nos cuesta tanto madurar.

Eran los ochentas y Miguel Bosé, tanto o más que hoy en día, seguía muy metido en el clóset de su mamá de vestidos azules y pieles, cuando tener pieles aún no había sido declarado un ‘pecado’ por Juan Pablo II y algunos fanáticos pro animales, de esos fariseos que gozan de buenas parrilladas los fines de semana.

Pero, al punto que empiezo a volverme bipolar o intolerante a la lactosa -que para mí es lo mismo- la panza, igual, me duele.

Esa noche en particular, soplaba un aire fresco en Esparta, y el olor a manzana de agua estaba en todas partes, era verano, éramos jóvenes y, para decirle a alguien que lo querías, tenías que decirlo de frente. Eso era tener valor, no las sin gracias de estos tiempos, donde la tecnología dejó de lado el romance y las esquinas oscuras pasaron de moda. Jóvenes, ¡no saben de lo que se perdieron!

Pues, de las muchas canciones que se cantaron esa noche, recuerdo la canción de Bosé, “Te amaré” y, sin duda, cuando repaso el sound track de mi vida, esa canción me mueve las fibras del corazón, se me mojan los ojos, me cuesta ver y, de fijo, tengo que ‘jalar mocos‘.

Recuerdo que cuando Mario ‘Tapón’ y sus amigos empezaron a cantarla, algo en mí se despertó para siempre, pasé de la risa al análisis profundo de aquella letra y, de verdad, me impactó todo lo que dice, la letra es una lindura.

Recuerdo que Kathya se despertó y vino a mi cuarto, que era donde estaban echando la serenata y traía la cara transfigurada, sus hermosos ojos color café brillaban como la miel de abejas de los panales que tía Rita tenía en San Juan Grande.

Su sonrisa llenó el cuarto aquella noche, con una mezcla de inocencia interrumpida, nervios y lo atontada que estaba aún por no haberse despertado completamente.

Yo me quedé en un segundo plano, contemplando la escena como si se tratara de una película. De veras que cantaron bonito, o al menos lo fue para mí… De verdad que cuando lo repaso, me parece una de las cosas más románticas que he podido tener el placer de presenciar.

Creo, sin lugar a dudas, que esa es la esencia de la felicidad, esos chispazos inesperados que nos inflan tanto el corazón que nunca se desinfla, por más que hayan pasado treinta y dos años entre esa noche y el día de hoy.

Y como dice esta linda canción:

“Te amaré a golpe de recuerdos,
te amaré hasta el último momento,
seguirás cerca y muy dentro
y, a pesar de todo, siempre te amaré”.

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Víctor J. Castro Barrantes

Víctor J. Castro Barrantes

(*)  Víctor Julio Castro Barrantes “Tojulio”, Administrador de Empresas, incansable viajero cosmopolita, Escritor, Fotógrafo Esparzano.

Imagen: cartesmamielise.over-blog.net – Utilizada con fines ilustrativos.