Los Duendes de San Juan Chiquito (Cuento)

Los Duendes de San Juan Chiquito

Por: Álvaro Cortés González ( * )

Eran esas tardes de invierno, de cuando oscurece tempranito. Como a las tres de la tarde, un fuerte trinar del yigüirro alerta que ya viene el agua. Se ven los nubarrones venir, pero no llueve.

-Ahí, precisamente es -decía abuela Moncha- cuando no se puede salir a juntar leña… Lo pierden los duendes -sentenciaba la anciana-. A mí me pasó de mi niña -contaba la abuela mientras le daba vuelta a la maquina oxidada de moler maíz, sus manos arrugadas, de pasar de lo caliente del fogón ardiente al frío de la pila donde lavaba el maíz…

Sentate y te cuento -me dijo, mientras perdía la mirada apuntando al horcón, viejo y retorcido como su encorvadura, ‘como su suerte‘, siempre decía.

El abuelo pasaba con su tabla de madera con dulce raspado. Lo olía y con singular ingesta lo acababa en un ‘dos por tres’.

-Son puras tonteras tuyas, los duendes no existen, Moncha. Dejá de atollarle burradas a la güila.

Sin embargo, la abuela Moncha ignoraba el insulto y paraba la molida, se limpiaba la frente con el delantal lullido y gastado.

-Era yo una chiquilla, como así… -y puso la mano plana a la altura de la cintura.

-¡Ni que fueras una chancha, Moncha! -se carcajeaba el abuelo.

-Bueno… ¡Así, entonces…viejo cabrón! -corregía la mano encorvada para medir seres humanos. Tenía que ir al potrero a traer los terneros para el corral, pues las vacas debían llenar de leche sus ubres, para la ordeñada.

Bajaba por la “Cueva del Tigre”, hasta la “Poza de Los Ahogados”, caminando entre boñigas y semillitas de espabel. ¡Uy! ¡Qué ricas eran! ¡Dulciticas!

Al llegar al final de la quebrada, ya divisaba al “Toñillo”, al “Vainicas Tiernas” y al “Casifundio”. Eran los terneros de mi tata. Ya, cuando me miraban llegar con el mecate, se venían mansiticos, ya sabían que iban a ser guardados.

“¡Maaaaaaaaaaaa!!!” -decía “Luzmilda”, la vaca pintada. ¡Bien machosa, la cabrona! Se me tiraba encima y tenía que correr a encaramarme en los jiñocuabes a la orilla de la cerca.

Ese día, algo me llamó la atención. Acostumbrada a andar a pata pelada, llena de purrujas y una que otra garrapata, agarrada del jarrete, me distrajo una figura infantil. Era como un carajillo, pero caminaba como un viejo. Como yo era muy valiente, me decidí a seguir a confisgado enano. Eran pasadas las tres, y ya sentía el aguacero venírseme encima de la mollera… Creí que era Rafaelo, un chiquillo de la pulpería de don Pedro Soto, que no creció, el desgraciado, por malo y mal hablado. De manera que, emprendí la caminada para asustar al confisgado carambitas… No eran ni diez minutos, cuando el cielo se puso negro, y cuando percaté ver alrededor, ya no estaba en la finca de Virgilio Vega, donde papá dejaba el ganado pastando.

-Pero abuela –interrumpió la nieta- si usted conocía la finca como la palma de su mano… ¿Cómo se iba a perder, así de fácil?

-Ay m’hija, los duendes… Vieras que no sabía dónde estaba y esos infelices se carcajeaban de mi suerte. Ahí fue cuando ya me puse asustada… Se me paró el pelo, así como una gallina culeca con los pollos amenazados. Me puse pálida como leche agria, y una sensación “como de querer obrar” se me plantó en la panza. ¡Quién sabe…!!! ¡Al rato, y hasta me cagué!”. ¡Jajajajaja!!!

-¡Dejá de decir cochinadas, Moncha, que me estoy tomando un fresco de tamarindo!!! -decía el abuelo, al ver el tamarindo flotando en el vaso de vidrio.

-Pero, ¿qué hizo abuela?

-¡Ay, mi niña! Ahí fue cuando me di cuenta que estaba embarrada… porque salí cuesta abajo, “resbalada como cuecha de mono”. Y cuando paré, estaba en la orilla de la carretera que va para San Juan Chiquito. A razón de cruzar todo aquello, hubieran sido casi dos horas a caballo hasta llegar adonde estaba.

-¡Eso son puras babosadas tuyas, Moncha…!!! Lo que seguiste fueron puras ardillas que corretean en los palos de poró… -arremetió una vez más el abuelo.

Aún me cuenta, la abuela Moncha, cuando la perdieron los duendes, allá, en San Juan Chiquito. Otros dicen que se defecó e inventó todo eso para que no la ‘chilillaran’ en casa… No sé…

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Prof. Alvaro Cortés González

Prof. Álvaro Cortés González

( * ) Álvaro Cortés González, Docente esparzano radicado en Heredia.

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FUENTE DE IMAGEN: Proporcionada por el autor. Proveniente del Blog de Poesía “REGIÓN PLURAL”. Publicada con esta leyenda: “Mujer moliendo en metate, Museo de Antropología e Historia, Chapultepec, México”.

ENLACE: www.regionplural.com/ninez/

 

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EL CAZADOR (Cuento)

Cosas de Garroberos

Por: Dionisio Carvajal Gätgens (*)

El mayor orgullo de Juan Luis, el zapatero, era su colección de cabezas de venado. Docenas de ellas adornaban las paredes de la humilde habitación de madera.

El humo de la cocina de leña se colaba lentamente en la sala-taller. De tanto deambular por ella, había opacado los horcones y las tablas. Sólo brillaban los cuernos charolados de los cérvidos.

Cuando narraba a sus habituales contertulios y clientes las peripecias de la cacería que había culminado con la muerte de uno de sus venados, los ojos se le desorbitaban y su rostro enjuto se iluminaba, vibrante de emoción.

Juan Luis era una leyenda viviente de la cacería de venados. Sabía, desde adiestrar un perro hasta disecar una testuz de venado.

Tenía otra gran pasión: las mujeres. Cuando enviudó, a los 65 años, se despertó aquel Don Juan que llevaba por dentro.

A la ventana de la zapatería ya no sólo acudían hombres ávidos de escuchar emocionantes aventuras de caza. Jovencillas vividoras y vagabundas revolotean a su alrededor, llevándose en migajas la mediana fortuna que, a golpes de martillo, había amasado en su vida.

Y como la edad no tiene límites para un sentimiento, Juan Luis se enamoró de unas de las avecillas de ocasión y el cazador resultó cazado. Se casó una tarde de verano.

Mucha gente se arremolinó en el parque, frente a la iglesia del pueblo, para ver la novedad. El viejo Juan se enyugaba con una chiquilla que podría ser su nieta.

Se le vio emerger de la rutina como un titán. Asistía a bailes, tomaba ron y mascaba chicle. Quería empatar sus vestigios de galán con los escarceos de su joven esposa. Quería exprimir el saldo d la vida.

Y la vida le pasó la factura…

Hoy, los pícaros del pueblo jocosamente dice:

–Vamos a ver la colección de cornamentas de Juan… ¡Parece que tiene una nueva!!!

Cosas de Garroberos

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(*)  Dionisio Carvajal Gätgens,  es funcionario bancario jubilado, Escritor, nativo y residente de Esparza.

Bibliografía

Carvajal Gätgens, Dionisio. “Cosas de Garroberos”. Editado bajo el patrocinio del Banco de Costa Rica. San José, 25/noviembre/1982. Págs. 30-32.

Ilustración: Hugo Díaz.

IN EXTREMIS (Cuento)

Cosas de Garroberos

Por: Dionisio Carvajal Gätgens (*)

Toda la vida, los descendientes de la abuela Carmela le cobraron al tío Goyo que la vieja muriera antes de tiempo. No se lo perdonaron nunca.

Una tarde de abril, cuando las nubes se quieren reventar de calor, abuela Carmela agonizaba. Sesenta años de matrimonio, trece hijos fecundos y toda una vida de limitaciones y pobreza hacían sucumbir lentamente ese bastión del pueblo.

La calle había sido cerrada en las esquinas. “Silencio, enfermo grave”, decían los cartones que se apoyaban en las “burras” de madera.

Dentro de la casa de adobe, la gente se movía de puntillitas. Algunos, sentados sobre las camas, cuchicheaban sobre las posibilidades de supervivencia de la vieja. En la cocina, los vapores del café lo impregnaban todo. Las mujeres con sus delantales secaban sus lágrimas de humo y llanto.

Fuera de la casa, se formaban grupos en los que se hacían toda clase de comentarios. Allí hacían conjeturas los médicos de hojarasca y contaban chistes los charlatanes de siempre.

En una de esas rondas se encontraba el tío Goyo, copando la atención de los presentes. Era solterón empedernido, mujeriego y parlanchín. Era el sufrimiento de Carmela.

Cosas de Garroberos

 

-¡Goyo, lo llama abuelita! –le dijo una de las llorosas nietas en el momento en que el tío contaba:

“al portero de ese equipo que yo tuve, lo entrenaba con bolinchas de vidrio tiradas con flecha…”

En todos se apagó la risa que ya estaba en los labios. Se levantó de su asiento y se dirigió, despacioso, al lecho de la enferma, con las miradas de todos clavadas en la espalda.

–Goyito… dijo la vieja con voz débil y entrecortada– yo no quiero morirme sin saber que ya le has pedido perdón, por tu falta, al Señor. Quiero que te confieses y le cuentes al Padre que tienes ese hijo con madre soltera. ¡Hazlo por mí!

Se hizo la pausa. Sólo se movió el péndulo del viejo reloj de pared.

–Carmela, por vida tuya, oíme: en este pueblo el único que no lo sabe es el Cura… ¿Para qué se lo voy a contar?

Dos días más tarde, con el primer aguacero de ese invierno, se cavó la tumba de Carmela.

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(*)  Dionisio Carvajal Gätgens,  es funcionario bancario jubilado, Escritor, nativo y residente de Esparza.

Bibliografía

Carvajal Gätgens, Dionisio. “Cosas de Garroberos”. Editado bajo el patrocinio del Banco de Costa Rica. San José, 25/noviembre/1982. Págs. 13-15.

Ilustración: Hugo Díaz.

MAMÍFERO (Cuento)

MAMIFERO- Dionisio Carvajal (Cosas de Garroberos) Dibujo Hugo Diaz

Cosas de Garroberos

Por: Dionisio Carvajal Gätgens (*)

-¡Metela por la punta izquierda!

-¡Aquí, mamífero!

-¡Servila rápido, Mamífero!

-¡Condenado Mamífero, qué malo!

El “malo” era un gordito de mejillas carmín que, jadeante, corría en pos de un balón al que también otros veinte, en tropel, querían patear.

-¿Por qué le dicen “Mamífero” a tu hermanillo? –preguntó a Javier a Miguel mientras, bamboleándose en las extremidades de una rama de higuerón, contemplaban la clásica mejenga pueblerina.

La pregunta era un chispazo de curiosidad. Casi nadie sabía su nombre de pila.

Miguel dio una última chupada al cigarrillo y, entornando sus ojos hacia el firmamento, ceñudo, dijo:

-Fue hace muchos años… La mayor de mi casa, acababa de graduarse de maestra cuando ese carajillo se quedó ‘aplazao’ en Ciencias; y fíjate que entonces mi mama la obligó a darle unas clases para sacarlo del apuro…

-¿Y qué?

-Pues, fijate que mi Hermana, cuaderno en mano, le dijo:

-“A ver, deme el nombre de un mamífero”.

-“Una vaca” –contestó él.

-“¡Ve qué bien!” –casi gritó mi hemanilla, llena de alegría, mientras se cruzaba una mirada de satisfacción con mi mama.

-“Bueno… Deme el nombre de otro mamífero”.

-Y ¿sabés qué le ha contestao…?

-“Otra vaca”.

Una miríada de pericos cruzó el cielo de mi pueblo.

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(*) Dionisio Carvajal Gätgens,  es funcionario bancario jubilado, escritor, nativo y residente de Esparza.

Bibliografía: Carvajal Gätgens, Dionisio. “Cosas de Garroberos”. Editado bajo el patrocinio del Banco de Costa Rica. San José, 25/noviembre/1982. Pág. 8.

Ilustración: Hugo Díaz.

EL MONAGUILLO (Cuento)

Cosas de Garroberos

Por: Dionisio Carvajal Gätgens (*)

Las tardes se llenaban de oro y el cielo le robaba al mar azul su color.

La sombra fresca de los almendros del parque servía de refugio a cantidad de chiquillos que, acicateados por el premio de un helado o unas grosellas, esperaban la hora del catecismo para recibir las sagradas lecciones, las cuales, una vez aprobadas, les darían la oportunidad a realizar su Primera Comunión.

Más tarde, convertidos quizá en instructores, con el derecho que los conocimientos del Credo, los Diez Mandamientos y algunas formas de liturgia les daban, podían aspirar a un elevado sitial: ser monaguillos.

Jorge no fue la excepción.

El Vía Crucis que se iba a celebrar tenía en ascuas a todos los güilas que aspiraban a pertenecer al egregio grupo.

El reducido mundo de Jorgito lo hacía soñar despierto.

Se imaginaba, unas veces, pomposamente vestido, matraca en mano, marcando con el ruido de sus giros el paso de la procesión entre las estaciones. En otras, bamboleando el incensario para impregnar el ambiente de tan eclesiástico olor.

Creía verse admirado y envidiado.

Llegó la hora del escogimiento. Los infantiles corazones palpitaban de ansiedad esperando oír sus nombres: Manuel, Andrés, Esaú… ¡Jorge!

Tras una noche de zozobra, de inquietos sueños y enmarañados pensamientos, llegó el anhelado día. La luz del sol rayó su cuerpecito cuando lo descubrió esperando junto al grupo de privilegiados para ponerse los atuendos de gala.

Al iniciarse el magno acontecimiento, Jorgito marchaba al lado izquierdo del cura.

Se sentía como querubín sonando en cada inclinación la campanilla que le habían asignado.

Envuelto en la bruma del incienso, la solemnidad del oficio y el ruido de su cascabel, no percibía la sonrisa de los grandes y las risillas que con sus manitas ahogaban los chiquitines, después de cada una de las genuflexiones de Jorgito.

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EL MONAGUILLO - Dionisio Carvajal (Cosas de Garroberos) Dibujo Hugo Diaz

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Sus compañeros cuchicheaban y sus rostros enrojecían.

-Jorge –le dijo el monaguillo jefe cuando, sudorosos, ingresaban en el atrio de la iglesia- ¿Usted no sabía que uno no se quita los pantalones cuando se pone el uniforme?

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(*) Dionisio Carvajal Gätgens,  es funcionario bancario jubilado, Escritor, nativo y residente de Esparza.

Bibliografía

Carvajal Gätgens, Dionisio. “Cosas de Garroberos”. Editado bajo el patrocinio del Banco de Costa Rica. San José, 25/noviembre/1982. Pág. 5.

Ilustración: Hugo Díaz.

La Campana de Oro de Esparza (Cuento)

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Serie: Leyendas del Terruño Esparzano

Por:  Marco Fco.·. Soto Ramírez (*)

¿Quién no ha escuchado a las gentes viejas de la  Esparza mía hablar acerca de la famosa “Leyenda de la Campana de Oro” que robaron los piratas ingleses en la época colonial? Ésta es una historia sencilla, que ha fascinado a las gentes de nuestra tierra garrobera…

Con los pobladores españoles de la ciudad de Aranjuez, trasladados por la fuerza, la Ciudad del Espíritu Santo fue fundada en 1574or el Gobernador interino Alonso Anguciana de Gamboa, en el Sitio San Jusepe, ubicado en las inmediaciones de lo que hoy se conoce como la Hacienda Pan de Azúcar –muy cerca del Puerto La Barranca, a orillas del río del mismo nombre–, propiamente, en el antiguo valle de Coyoche, territorio del fiero cacique huetar Coyocçara (Coyocsara), a quien los españoles dieron en llamar el “Cacique Mayor Garabito”.

Fue don Diego de Artieda Chirino y Uclés, nuevo Gobernador de la Provincia de Costa Rica, quien cambiara la ubicación del asentamiento de la ciudad del Espíritu Santo, en el año 1577, trasladándola al sitio actual, y rebautizándola con el nombre de ESPARZA, en recordación de su terruño natal del valle de Salazar, sito en las inmediaciones de los Pirineos españoles.

Pues bien… Aquella pequeña y apacible aldea tenía el título de “ciudad primada”, debido a la importancia administrativa, hacendaria y religiosa de sus actividades, como principal punto de ingreso al interior de la provincia. Corría el año de 1687, cuando sus habitantes vieron llegar –cual tenebroso torbellino de malignidad– una temible hora de piratas, capitaneada por Henry Morgan, arrasando todo a su paso e incendiando las casas –ranchos pajizos, construidos con palos y techos de palma–, causando con ello desolación y muerte, al igual que en los dos años anteriores.

En esa ocasión, una inmensa mayoría de esparzanos logró salvar su vida al huir despavoridamente hacia los montes, luego de que empezara a tañer la voz de alarma de las campanas de la pequeña –pero no menos importante– iglesia del lugar y del Convento de San Francisco, ubicado al sur de la primera, y en la ‘boca’ de la que luego fue llamada popularmente la “Calle de Rabo de Mono”.

La campana parroquial que salvó las vidas de numerosos pobladores también movió la curiosidad del capitán Morgan, quien –estremecido de codicia– supo interpretar el potente tañido como un sonido muy distinto a los escuchados en otros lares… Tanto así que lo impulsó a dirigirse hasta lo alto de la torre del templo y encontrar lo allí atesorado: la campana más bella y finamente labrada en oro macizo que sus ojos jamás habían visto…

Sí… Entonces, era cierto el rumor escuchado sobre la existencia de tal campana… Y su tamaño era enorme…

Morgan ordenó a sus secuaces desmontar la campana. Era tan pesada que, al caer accidentalmente sobre uno de sus esbirros, –literalmente– lo partió en dos, en medio de grandes y desgarradores lamentos de dolor y cientos de miradas de impotente estupefacción…

Luego de enterrar los restos del difunto, echaron a andar enrumbándose hacia el interior de la provincia costarricense. Al aproximarse al lugar conocido en aquel entonces como el Paraje Paires, la algarabía por el botín logrado fue decreciendo al irse tornando cada vez más y más pesada la preciada campana de oro… las bestias de carga iban muriendo, reventadas, una a una, al tratar de mover la –cada vez más– pesada pieza áurea. Y finalizó cuando fueron interceptados por la guardia española que, desde la Muy Noble y Leal Ciudad de Cartago, se habían desplazado, previendo la época de incursión de los piratas, coincidente con las invasiones de los dos años consecutivos anteriores.

La batalla fue cruenta… Los piratas fueron reducidos, optando por retirarse con su botín y descendiendo velozmente por el cauce del río Paires, hasta llegar a la Catarata del Encanto, en cuyas cercanías Morgan dio orden de enterrarlo. Pensó en regresar y venir a llevarse la dorada campana que tanto le obsesionaba, así tuviera que partirla en mil pedazos y fundirla en el mismo lugar…

Ya de noche, cuando hubieron enterrado las joyas y la campana, en medio de una espesa bruma… Ignorando que se encontraban en territorio sagrado huetar, los espíritus que moraban allí, sorprendieron a los piratas con un vendaval descomunal que disipó la neblina, apagó sus antorchas y les sumió en la más temible oscuridad… Sumidos en pavorosa confusión, sintieron cómo empezó a sacudirse la tierra y la vegetación del entorno y… ¡Oh prodigio divino…! ¡La campana de oro empezó a tañer –una y otra vez– bajo sus pies, en lo profundo del terreno, y moviéndose en grandes círculos a su alrededor!

Aquello fue el acabóse… Esta vez, lo que se disipó de golpe fue la feroz valentía de aquellos piratas que tornóse en pavor exacerbado que les hizo huir presurosamente y prometer nunca más volver a pisar las tierras del Valle del Coyoche.

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Sir Henry Morgan, sanguinario pirata y hábil político.

Sir Henry Morgan, sanguinario pirata y hábil político.

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Se dice que Henry Morgan, el osado pirata inglés, nunca logró recuperarse del tremendo susto y del orgullo herido en tan grotesca huida… Un año después, en 1688, falleció, viendo truncada su esperanza de desenterrar –algún día– la ‘encantada’ campana dorada…

Si desean comprobar la veracidad de esta historia, vayan a la Catarata del Encanto, en el río Paires, al atardecer de un Viernes Santo, donde podrán escuchar –a varios metros bajo sus pies y cual tenebroso lamento- el tañido de la legendaria Campana de Oro de la parroquia de Esparza, robada por Morgan y sus esbirros… Y –si aún tuviesen un asomo de valor para quedarse–, percibirán con gran emoción los terroríficos lamentos de las almas en pena de los piratas, muertos en la batalla y la huida, encadenadas en la garganta de aquel sagrado e indómito territorio huetar…

Ciudad Primada del Espíritu Santo de Esparza, 05 de agosto de 2004

(Actualización 12/Febrero/2014).

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Sensei Marco Fco.·. Soto Ramírez, Cultor Popular Esparzano.

 Marco Fco.·. Soto Ramírez, Cultor Popular Esparzano.

(*) Marco Fco.·. Soto Ramírez, Cultor Popular Esparzano, es Fundador y Administrador del Blog “ESPARZA MÍA…” y de otras iniciativas en la Red, correspondientes al Proyecto de Rescate Difusión Cultural “ESPARZA MÍA…”; Terapeuta Holístico y REIKI Master; Narrador Oral; Cantante y Compositor Musical; Co-creador de nuestro Símbolos Cantonales Esparzanos: la Bandera y el Escudo; Co-creador de nuestro Símbolo Provincial: la Bandera de la Provincia de Puntarenas; Creador e intérprete de Ñor Antenor, Personaje Típico Cultural del Cantón de Esparza; ‘Promotor de Paz’ por Costa Rica en el Proyecto ‘Puente a la Paz’ (Bridge to Peace Project).

 

MARIO GATJENS GONZÁLEZ: “Frente a sus Puertas”, Vendedor de Libros y Escritor

Imagen utilizada con fines ilustrativos. Fuente: El Blog de Felipe Santiago. (http://www.felipesantiago.es/)

Imagen utilizada con fines ilustrativos. Fuente: El Blog de Felipe Santiago.

Por: Lic. Benedicto Víquez Guzmán (*)

Mario Gatjens González nació en Cerrillos de Esparza, Puntarenas, el 18 de marzo de 1942. Trabaja como vendedor de libros.

Lo que ha escrito MARIO GATJENS GONZÁLEZ

NOVELA

1. Frente a sus Puertas (1979)

 CUENTO

1. Cuentos para dormir a Rasputín (1970)

2. El Pozo Triangular (1977)

3. El Gallo Stradivarius (1989)

POESÍA

1. Poemas para confirmar que somos Inmortales: 1994.

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Mario Gatjens González, Escritor Esparzano.

Mario Gatjens González, Escritor Esparzano.

Frente a sus puertas es la única novela que conocemos de Mario Gatjens González. La publicó, por primera vez en 1979 y la segunda edición en 1990. (Gatjens González, Mario. Frente a sus puertas. Gráfica Litho Off-Set, San José, 1990).

Nos gustó esta novela. Inicia como una novela biográfica con relatos del mismo personaje, José Arias, un joven de apenas veinte años, guanacasteco, que sale de su provincia a buscara trabajo en San José, sin dinero pero con grandes esperanzas de resolver sus angustias económicas. Logra obtener trabajo por comisión en una compañía de venta de libros, especialmente enciclopedias. Si vende gana la comisión y si no lo hace, nada. Así comienza su peregrinar por las casa de los ricos en el barrio Amón en busca de ventas que en los primeros días no llegan.

Poco a poco, va creciendo en el negocio y después de narrar sus aventuras comerciales, llenas de anécdotas, llega a ser el candidato idóneo para ocupar la gerencia de la compañía. Es ahí, al final de los relatos cuando comienza a recordar a su pueblo natal, sus habitantes, amigos y no tan amigos pero por sobre todo evoca las relaciones entre los campesinos pobres y el gamonal, las tristezas y congojas de unos y la estulticia ciega por el dinero de los otros, no sin antes referirse al libidinoso cura que los visitaba cada muerte de obispo.

Es aquí donde cierra en forma clara la hipocresía de los ricos, su ignorancia, sus relaciones egoístas con los que no tienen, los tratos desiguales e injustos con los que humildemente piden trabajo, los engaños, las falsas ilusiones y por sobre todas las cosas la insensatez de un sistema vacío que despersonaliza, crea robots con rostro humano que pasan por la vida sin dejar huella, fantasmas de sí mismos y carentes de ideales capaces de hacerlos felices, reales, humanos, dignos de mirarse en el espejo de su propio ser. Habitantes del parecer y nunca del ser.

Al final los poemas dejan escuchar la voz de un coro que canta su decisión de renunciar a la compañía y regresar a su terruño, tal vez sin dinero pero lleno de vitalidad.

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(*) El Lic. Benedicto Víquez Guzmán es Filólogo jubilado. Ha escrito algunos libros sobre teoría de la literatura, gramática, ortografía, redacción y sobre todo de Literatura Costarricense. De su interesante Blog “Los Novelistas Costarricenses” hemos tomado esta breve reseña biográfica. El título original del artículo es “Mario Gatjens González (1942)“.

ENLACE: http://benevquez.typepad.com/blog/2010/11/mario-gatjens-gonz%C3%A1lez.html

IMAGEN del VENDEDOR: Proveniente del Blog de Felipe Santiago: “Ideas acerca del Management”. (http://www.felipesantiago.es/)