156 años del Fusilamiento de Juanito Mora, José María Cañas e Ignacio Arancibia

 

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Por: Lic. Arturo Ugalde García (*)

30 de Setiembre de 1860. En el tercer período presidencial es destronado del poder y con engaños, el Presidente de Costa Rica Juan Rafael Mora Porras -“Juanito”-. Éste pretendió recuperar la silla presidencial; pero, fracasó luego de un combate armado en La Angostura de Puntarenas, siendo procesado de inmediato por el Tribunal Militar y sentenciado a muerte a tiros de rifle -fusilamiento- por el delito de traición a la Patria.

En dicho proceso “criminal” también fueron condenados a muerte, el General Ignacio Arancibia -de origen chileno y vecino de Esparza- y el General José María Cañas Escamilla. Este último, fue ejecutado dos días después, el 02 de octubre de 1860. Era un militar salvadoreño.

Juanito Mora y el General Ignacio Arancibia fueron fusilados juntos, atados a un árbol de Jobo, situado en el parque -al frente del antiguo edificio de la Municipalidad de Puntarenas- y los tres fueron abatidos a balazos, el 30 de setiembre de 1860. Aunque sus penas fueron conmutadas, el correo a caballo que traía la noticia no llegó a tiempo. Así queda demostrado, que los hombres cometemos muchos errores cuando creemos, que nadie puede superar nuestra sabiduría y poder.

Es muy importante resaltar, que la hazaña de Mora Porras por defender la patria contra los filibusteros fue muy bien valorada por el gobierno de José María Montealegre, que le indultó el mencionado delito. Honor y gloria eterna para estos tres forjadores de Costa Rica y su libertad.

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(*) Lic. Arturo Ugalde García, Educador, Historiador Académico Graduado de la Universidad de Costa Rica (UCR), Abogado y Notario Público.

 IMAGEN: Ing. Luko Hilje Quirós. Fuente: Revista Comunicación.

Imagen cortesía de Liliana Sancho Arguedas, Investigadora y Reportera del Proyecto de Investigación, Rescate y Difusión Cultural ESPARZA MÍA.

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ELISA DELMAR (Novela Histórica de 1899)

'Tardes Espartanas', interpretación artística de una fotografía del MSc. Carlos Borge Carvajal, colaborador de nuestro Blog "Esparza Mia..."

‘Tardes Espartanas’, interpretación artística de una fotografía del MSc. Carlos Borge Carvajal, colaborador de nuestro Blog “Esparza Mia…”

Novelas Históricas llama Manuel Argüello Mora a ésta y a otras de sus publicaciones. Sin embargo, no pueden considerarse como tal: ni son novelas por la extensión, ni corresponden a lo que suele llamarse novela histórica, ya que si bien se alude en ellas a hechos de la historia nacional, tales hechos quedan fuera de la trama novelesca.

Es probable que en este autor influyeran los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que coinciden cronológicamente con las que él llama novelas históricas. Juzgamos que es más adecuada la designación de cuentos, o bien la de tradiciones, que también emplea el señor Argüello Mora. (Cita de la publicación original)

Por: Manuel Argüello Mora (*)

A la distinguida señorita Celina Mata, dedica esta obrita el autor.

I

ELISA DELMAR no sólo era una de las más bellas flores del jardín que riega el torrentoso río Barranca, sino que su angelical bondad y su constante predisposición al sacrificio y a la renuncia del goce propio en cambio del ajeno, hacían de ella una hermana de caridad en la población de Esparta, donde nació y pasó la mayor parte de su vida.

No podía ser de otro modo la que debió el ser al gallardo centroamericano, al héroe sin miedo y sin reproches, en una palabra, al General don José María Cañas.

En efecto: tanto la naturaleza como la educación se propusieron a porfía hacer de Cañas uno de los más simpáticos y hermosos tipos de la belleza humana; pues así en lo físico como en lo moral, el general Cañas fue un modelo de perfección en su género.

Difícil sería imaginar una figura tan bien delineada y tan brillantemente dotada por la naturaleza, como lo fue la del general Cañas.

De alta y esbelta estatura, de azules y grandes ojos velados por espesas pestañas, con una nariz aguileña y una boca de donde jamás salió una sola frase ofensiva para nadie, Cañas practicó todas las virtudes, menos una: la fidelidad conyugal.

Esa sujeción le fue imposible, porque el fogoso guerrero, discípulo de Morazán, amaba a todas las mujeres. A las rubias porque eran dulces y suaves, a las morenas porque eran emprendedoras y activas, a las flacas porque no eran obesas, y a las gordas por sus redondas y esculturales formas. Cañas pasó su vida amando y siendo ardientemente correspondido.

Más de treinta retoños sembrados en los cinco estados Centroamericanos, debieron la existencia al bizarro soldado que no conoció el miedo, y a quien sólo se pudo hacer el ligero reproche de inconstancia en el amor.

Elisa Delmar fue el fruto de una de esas momentáneas constancias en su inconstancia habitual.

Berta Delmar, chiricana despierta y graciosa, vino a Costa Rica por asuntos de familia y no volvió a su país porque se encontró con Cañas en unas fiestas de Esparta y cuando debía volver, el nacimiento de Elisa se lo impidió en parte, y en mucho motivó su larga residencia entre nosotros, la esperanza de ver de vez en cuando al padre de su Elisita. (ö)

          (ö) Es muy difícil determinar hoy si los personajes de este relato existieron realmente o no. Varios de los personajes de las que el autor llama novelas históricas se citan también en las páginas de historia nacional que aparecen en esta misma edición. Todo parece indicar, pues, que el autor tomó nombres de personas existentes y conocidas en la época en que él actuó (alrededor de 1860) y más adelante se sirvió de sus nombres ligándolos a tramas de fantasía que le permitieran conservar cierta verosimilitud.

Lo raro en esa vida de continuas aventuras de amor es, que pocos hombres fueron más cariñosos, más amables y complacientes con su esposa legítima, que lo fue Cañas. Jamás salió de sus labios una palabra dura para su Lupita, la madre de sus legítimos hijos. Lupita era adorada por su esposo y éste se excusaba y defendía con tal gracia en sus continuas infidelidades, que no era posible guardarle rencor; pues siempre logró dejar en el ánimo de su Lupita la duda de la existencia de los hechos imputados al marido intachable en lo demás.

La campaña nacional contra Walker duró más de año y medio y todo ese tiempo estuvo Cañas ausente de su hogar.

Todos los generales, oficiales y soldados que hicieron la campaña se alternaban yendo y viniendo a Nicaragua. Cuando el cólera morbus hizo oír al ejército el “sálvese el que pueda“, casi todos los expedicionarios volvieron a sus casas en la esperanza de librarse de la terrible peste. El único que permaneció firme en su puesto desde que comenzó la guerra hasta que concluyó, fue Cañas.

En efecto, a la cabeza de un puñado de liberianos sostuvo Cañas el honor nacional, oponiéndose solo, contra Walker y practicando prodigios de táctica y de valor. Uno de esos hechos de armas le valió el nombre de Jenofonte Centroamericano, dado por el mismo Walker a su incondicional enemigo.

Elisa, pues, no sólo amaba en Cañas al que le dio el ser, sino que su vanidad era dulcemente lisonjeada por ser hija, aunque natural, del célebre y simpático guerrero.

Elisa no olvidaba la primer caricia que Cañas le había hecho cuando la mamá la presentó a su padre.

-Chica- la dijo, pasando sus manos por los cabellos de la niña- eres tan linda, que las gentes te tomarán por hija mía.

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I I

La afección filial de Elisa monopolizaba casi su ánimo, pues primero Cañas y en seguida de éste Berta, su madre, eran casi los únicos afectos que descollaban en su corazón.

Contra esa fortaleza defendida por dos grandes atracciones, se estrellaron muchos y emprendedores Lovelaces. Uno sobre todo, pasó su juventud solicitando un adarme de amor siquiera, de la que ellos llamaban fría Elisa. Alberto Villalta, colombiano de buena familia que emigró a Costa Rica por asuntos políticos, fue el más sincero y emprendedor de los enamorados de la hija de Cañas.

Ella lo recibía con agrado y con placer, pero por más que hizo, no logró amar al jovenzuelo bien parecido y simpático, más que como a un amigo.

Berta amonestaba a su hija para que eligiera al futuro compañero de su vida, mas ella contestaba siempre que no era de rigor que la mujer tuviera compañero, que tantas jóvenes bonitas y aun muy agradables habían pasado su vida solas con sus padres y no habían tenido por qué arrepentirse, mientras que a ella le constaba los sufrimientos porque pasaban algunas de sus amigas a consecuencia de haberse mal casado.

En ese estado las cosas, desembarcaron en Puntarenas los que pocos días después debían ser mártires de su patriotismo, esto es, los generales Mora y Cañas.

Ese acontecimiento fue una fiesta llena de promesas y de ilusiones para los amigos de ellos, y de terror y de espanto para el gobierno de hecho que regía a Costa Rica.

Elisa no se contaba entre esos dos extremos porque ni tuvo ilusiones, ni los terrores de quien todo lo teme de la justicia del cielo.

Elisa era una sensitiva, como todas las flores y avecillas de su género. Elisa juzgaba de los sucesos, no según su inteligencia y su razón, sino conforme se lo indicaba el corazón, que es el instinto de las mujeres. La cabeza se engaña a menudo, el corazón raras veces.

Visto pues el desembarco de Mora y Cañas a través de ese lente que iluminaba los acontecimientos, fue Elisa presa de fúnebres y siniestros presentimientos que la desesperaron.

¿Qué hacer? ¿Cómo evitar el sangriento fin que su instinto filial le señalaba?

Pensó en Alberto y se dijo:

“Sólo las grandes pasiones producen grandes resultados; el hombre que ama ardientemente es capaz de todo, por obtener el amor del objeto amado”.

Tuvo, pues, con Alberto la siguiente conferencia:

Elisa. -Es tiempo ya, Alberto, de que hablemos como personas serias. Usted pretende amarme con pasión, y sin esperanza de variar de sentimientos. Yo le he manifestado mil veces que no me es posible engañarlo, fingiendo un amor que no siento, pero si usted se conforma con hacerme su esposa, a sabiendas de lo que pasa, convengo en casarme con usted; pueda ser que una vez casada, la vida conyugal atraiga y convierta en amor mi actual amistad.

Alberto. -Triste y desesperante es el frío celaje que usted me ofrece en perspectiva, pero todo lo acepto, menos el peligro de que usted pertenezca a otro hombre y de que llegue a amar a otro que no sea yo. Acepto su sacrificio, Elisa, ¿con qué condiciones?

Elisa. -Con una sola. Soy hija natural del mejor de los hombres, del general Cañas, y mi corazón me anuncia próximas y terribles soluciones con respecto a él. Si usted me ayuda a salvarlo, si logramos que no sea sacrificado y que pueda volver a San Salvador, yo seré su esposa. Si tal cosa no sucede, yo me dedicaré al alivio de la humanidad doliente.

Seré Hermana de Caridad.

Alberto. -Aceptadas sus condiciones, desde luego me pongo incondicionalmente a sus órdenes y tanto mi inteligencia, como mi energía física, sólo se ocuparán del objeto deseado.

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I I I

La historia nos dice lo que pasó en esa punta de arenas y manglares, en catorce días de combates, de traiciones, de heroísmo y de legendarias luchas. Los generales Mora y Cañas y sus amigos, el 27 de setiembre de 1860 ya no trataban de vencer, sino de morir con honor. La muerte los acechaba y sólo era cuestión de tiempo. Describamos al acaso una de tantas escenas que precedieron a la fatal toma de La Trinchera.

Era el 27 de setiembre. Conocido es lo que se ha llamado La Angostura, esto es, un estrecho istmo como de cuarenta varas de ancho entre el mar y el estero en la lengua de tierra que forma el puerto de Puntarenas. A veces en las altas mareas este istmo queda reducido a un espacio de cinco varas. Allí es donde se construyó la famosa Trinchera, con grandes tablones de madera de cuadro. Una cubierta de manta formaba el techo con que se abrigaban del agua y del sol, sus defensores.

Nueve grandes cañones colocados en semicírculo, defendían y barrían el camino.

Cada pieza estaba al mando de un oficial. Como casi todos fueron mártires y se batieron como héroes, justo es que aquí consignemos sus nombres. El número primero estaba al mando de don Leonidas Orozco, los siguientes al de los señores don Antonio Argüello, don José de Jesús Quesada, don Frutos Mora, don Francisco Castro, don Evaristo Fernández, don Alberto Villalta y dos alemanes amigos de don Guillermo Nanne.

Eran las seis de la tarde. Un corneta y un tambor ejecutaban el toque de la oración. Todavía en esa época se practicaba la ordenanza militar española, y las guarniciones, a esa hora en que los cristianos dirigían sus ruegos al Todopoderoso, hacían lo mismo, y oficiales y soldados, con la cabeza descubierta y de pie, repetían la oración que el cabo de la guardia en voz alta pronunciaba.

Concluida la ceremonia, que por última vez debían practicar la mayor parte de aquellos pobres predestinados a la muerte al día siguiente, cada uno volvió a sus quehaceres. El viejo Cañas, vestido con su pintoresca camisa roja de lana, se recostó sobre la cureña de un cañón y saturado de mortal tristeza contemplaba un cuadrito que contenía dos retratos: el de su Lupita y el de Pincho o Francisco Cañas, su primogénito, que apenas tuvo tiempo de abrazar al salir del Salvador, a donde llegó Pincho la víspera. Hacía cinco años que Pincho estudiaba el comercio en Valparaíso y volvía a su casa, dichoso y adorado por todos los que lo trataban, porque Pincho era el mismo general Cañas cuando era adolescente.

Hermoso y elegante, simpático e inteligente, Pincho llegó a San Salvador la víspera que su padre.

Mas cuando el viejo general contemplaba su retrato, prometiéndose mil goces en la sociedad de su hijo, ya éste había volado a las regiones de la muerte: una fiebre maligna lo arrebató a su familia.

Cañas murió sin saber que su hijo lo había precedido en el camino de la eternidad.

¡Terribles decretos del destino, que había condenado a Lupita, la santa esposa del general Cañas, a perder en una sola semana a su marido, a su hijo primogénito y a su hermano mayor (don Juan Rafael Mora), quedando abandonada y sin recursos en el ostracismo que había compartido con su marido! Ya viuda, mártir, y madre de numerosa prole, tuvo que ganar con su trabajo personal en extranjera tierra, el amargo pan de la proscripción.

Los demás jefes y oficiales, cuál más, cuál menos, todos pensaban en su familia ausente, en su vieja madre, en la joven hija y en la prometida esposa. Alberto Villalta pensaba en su Elisa, y acariciaba su cañón, como al amigo a quien debería el amor de la hija de Cañas. Alberto se enganchó al servicio de Cañas, con ánimo de hacer cuanto en su mano estuviera para salvar al viejo guerrero o para morir con él.

Todas esas reveries cesaron al escuchar la terrible voz del cañón enemigo. En efecto, dos balas rojas unidas por una cadena, habían penetrado en el campamento, herido a un soldado, y destruido completamente el techo de la tienda de campaña que abrigaba a los jefes.

La juventud es siempre y en todas partes la luz y la alegría de la vida. Todo lo que pasa en esa primavera de la existencia, es motivo de placer y manantial de risas y chanzas.

Así fue que los jóvenes oficiales, jefes de las piezas, un momento antes tristes y mustios, reían a carcajadas al ver a la cocinera del campamento, la popular y célebre Liberia, furiosa contra los poco diestros artilleros del enemigo, que en vez de matar soldados, le habían destruido y dispersado las cazuelas y platos listos para la cena.

En esos momentos, el solemne silbido de una bala de cañón atravesaba de sur a norte, esto es, del mar al Estero, a una grande elevación sobre La Trinchera. Era el aviso convenido con los comandantes de las lanchas cañoneras, quienes debían con esa señal indicar que había novedad o peligro inminente para los defensores de La Angostura.

Esas dos lanchas armadas, una con dos cañones y la otra con sólo uno, pero de grueso calibre, las mandaban: la que ocupaba el mar abierto don Guillermo Nanne, y la que recorría el Estero, el bizarro inglés, capitán Rogers, cuya larga vida ha sido dedicada sólo al servicio de Costa Rica.

Hoy vive aún en Puntarenas, lleno de gloria y de años, y rodeado del respeto y cariño de los costarricenses.

Cada arruga de su venerable rostro es una página de heroicos sacrificios por su patria adoptiva.

-¡A las armas!- exclamó Santander, el segundo de Cañas, chileno de buena familia, valiente y buen mozo, a quien el destino condujo a nuestras playas en esa época. Al instante estuvo cada hombre en su puesto.

Sólo el general Cañas permaneció tranquilo y no abandonó su cómodo lecho, esto es, la cureña de su cañón. Y es porque esas alarmas eran tan frecuentes, que ya no le llamaban la atención. Además, su larga experiencia de la guerra le indicaba que aún no se trataba del asalto.

Sólo dijo sonriendo y con su gracioso ceceo habitual:

-Muchachos, no… no… no hay que ol… ol… olvidar que, que, que perro que ladra no… no… muerde.

No es mi ánimo contar ahora el sangriento combate que tuvo lugar el día siguiente, y que concluyó con la toma de La Trinchera.

En otra obrita de este mismo género encontrará el lector la relación de este trágico suceso. Por ahora sólo relacionamos la historia del cruento fin de Cañas.

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I V

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Cuartel de Armas, de Alajuela, cuya toma por parte de los 'moristas' estaba planeada para el 15 de setiembre, fecha forzosa del arribo del prócer a Puntarenas. (Cita de la novela).

Cuartel de Armas, de Alajuela, cuya toma por parte de los ‘moristas’ estaba planeada para el 15 de setiembre, fecha forzosa del arribo del prócer a Puntarenas. (Cita de la novela) -Foto ilustrativa.

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En setiembre de 1860 desembarcaron Mora y Cañas en Puntarenas, llamados por sus numerosos partidarios. Para la generalidad de los moristas aquella entrada triunfal fue una fiesta que auguraba próximos y venturosos acontecimientos. Mas no para ciertas sensitivas, que, como Elisa, viven de amor y cariño. La llegada de Cañas la impresionó penosamente, sin explicarse el motivo; algo como el don del adivino tienen los corazones amantes y apasionados, y ese algo anunciaba a Elisa desconocidos infortunios y siniestras soluciones. El instinto de su cariño filial fue más previsor que las indicaciones de su cerebro, y ese instinto la hizo presentir al través del denso velo que cubre el porvenir, y a pesar de los halagadores mirajes del presente, los trágicos desenlaces del ciego destino.

El general Cañas en su visita de inspección a Esparta, antes que el Gobierno hubiera tomado el paso del río Barranca, estuvo unos instantes con su hija. Esta le suplicó que le permitiera coserle en la camisa un pequeño escapulario de la Virgen del Socorro, que esperaba, decía ella, lo libraría de las balas. Cañas, riendo y chanceándose, aseguró a Elisa que desde ese momento sería inexpugnable, “cosa de poca monta”, añadía con el ceceo que acostumbraba, “porque… que… que… los vie… vie… jos… co… co… como yo no sir… sirven pa… para mal… mal… di… dita la co… cosa”.

Luego siguieron los fatales e inexplicables desastres que condujeron a Mora y a Cañas al banquillo de los ajusticiados.

Un consejo de guerra compuesto de sus más encarnizados enemigos, los condenó a muerte. Aquél fue ejecutado el 30 de setiembre. Imposible pensar que Cañas tuviera la misma suerte: primero, porque el mismo consejo de guerra, a pesar de su parcialidad, recomendó el viejo general a la clemencia del gobierno, pidiendo que se le conmutara la pena de muerte por la de destierro perpetuo; segundo, porque transcurridas 48 horas después de la muerte de Mora, la calma había reemplazado a la excitación que sigue a los combates; y tercero, porque la popularidad de Cañas era tal, que se consideraba peligroso el llevar las cosas a ese extremo, que quizá acabaría con la paciencia del soldado. Muy pocos serían los milicianos que componían el ejército expedicionario del gobierno, que no hubieran militado bajo los órdenes de Cañas.

¡Cuál sería el asombro de amigos y aun de enemigos de Mora, al saberse que a las tres de la madrugada del dos de octubre había llegado a Puntarenas un emisario del gobierno, cubierto de lodo, y después de reventar dos caballos. Ese correo de la muerte había traído la orden de fusilar al heroico y viejo guerrero, dentro de las dos horas siguientes a su llegada. (a) Se llamaba el infortunado mensajero Ramón Castro Araya.

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V

Era el dos de octubre de 1860. Las tres de la mañana apuntaba un reloj que colgaba de una de las paredes del gran salón, donde esperaban su mísero destino varios de los prisioneros tornados en el combate de La Trinchera, o que voluntariamente se habían presentado a merced del vencedor.

Un batallón entero rodeaba esa prisión que contenía lo que aún quedaba viviente de los amigos que acompañaron a Mora en Puntarenas. Entre ellos corrían gran peligro aún, El general Cañas, el coronel del mismo apellido hermano de aquél, el capitán Leonidas Orozco, y el señor don Manuel Argüello. El trágico fin de don Juan Rafael Mora los tenía anonadados.

Tronaba el rayo en el firmamento y caía aguacero diluviano, cuyos ruidos apenas dejaban percibir los bramidos del océano enfurecido por el huracán.

Sin esperanza de conciliar el sueño, se recogieron unos después de los otros en unas camas-tijeras y guardaron silencio por consideración a Cañas. Cuando parecían todos dormidos, como a las dos de la madrugada, el centinela de la puerta se acercó de puntillas al lecho de Cañas y con los ojos llenos de lágrimas, contempló silenciosamente su varonil y simpática figura.

Quien tales muestras de ternura no pudo ocultar, era un soldado joven, casi adolescente, bello como un adonis, y en cuyo rostro aún no se asomaba una sola señal del vello que distingue al sexo fuerte. Como uno de los brazos de Cañas colgaba fuera del lecho, el soldado se acercó, se arrodilló y le besó… la mano. Cañas despertó al sentir el perfumado aliento del gentil soldado, y se sentó…

El soldado se excusó diciendo: que por la agitación que en su sueño manifestaba el general, pensó que quizás sufría de una pesadilla, y decidió despertarlo. ¡Cuál sería la sorpresa del general al reconocer en el soldado a su hija Elisa, que se había cortado el pelo, disfrazado con el uniforme militar y enganchado como voluntario en el ejército del gobierno!

A la media oscuridad que había en el salón, mantenida por un solo farol o linterna, con una sola vela, manifestó Elisa a Cañas el objeto de su venida allí.

Se trataba de que en el acto cambiase su vestido por el de un oficial, que consistía: en un pantalón de lana azul, y una camisa roja, a lo Garibaldi, vestido que en esa expedición usaron aun los más altos jefes, como Blanco y don Francisco Montealegre.

Así disfrazado, debía Cañas atravesar la guardia, seguido y rodeado por cuatro jóvenes soldados, amigos de Elisa que esperaban en la puerta.

Cañas vaciló… La dijo que él creía no había ya motivo para temer otra solución de aquel drama, que el destierro que se verificaría cuando pasara el vapor, y que el paquebote lo esperaban ese día mismo.

Elisa insistió y suplicó, asegurándole que corrían en el ejército siniestros presentimientos de extraordinarios sucesos.

Es imposible, dijo Cañas, que después de cuatro días de calma se pretenda hacer nuevos asesinatos políticos, y que él creía y aún tenía fe en los sentimientos de gratitud del pueblo de Costa Rica, por los servicios que él había prestado en Nicaragua, etc.

Elisa lloraba y de rodillas le rogaba que la siguiera, cuando se oyó un redoble de tambor y un lejano sonido de corneta. Elisa palideció y procuró forzar cariñosamente a Cañas para que la siguiera; mas pronto se oyeron pasos acelerados de personas que se acercaban, luego apareció al frente de un grupo de militares, un oficial con una linterna sorda en una mano y un revólver en la otra. Lo seguían el General Blanco y varios oficiales. Elisa apenas tuvo tiempo de llegar a la puerta, tomar el rifle y colocarse en su puesto.

Entró al salón el fúnebre grupo y el oficial cuyo vestido manaba agua por todas partes y cubierto de lodo del camino, comenzó a llamar en voz alta a los prisioneros, que contestaban asombrados y medio dormidos. Concluida la revista, el fatídico capitán dijo en voz cavernosa:

-Que el General Cañas pase a otra pieza, donde debe estar separado de sus compañeros.

A pesar de lo terrible y espantoso que anunciaba esa orden, Cañas, con una sonrisa mezclada de tristeza y de desprecio al capitán mensajero de desgracias, le manifestó que estaba listo a seguirlo. Pero antes de marchar, y mientras se vestía dijo a cada uno de sus compañeros de prisión algunas frases agradables. Al joven don Manuel Argüello dióle un abrazo, diciéndole:

-Esto me huele a viaje largo; al país de donde no se vuelve nunca.

Argüello quiso despreocupar a Cañas recordándole su popularidad, sobre todo, en el ejército.

-Allí precisamente está el peligro- contestó el General-; si yo fuera aborrecido, no me temerían, y me dejarían tranquilo; para probarte que no me engaño, vamos a hacer una apuesta: tus cigarros concluyeron, y yo aún tengo dos macitos, mientras que tú tienes fósforos, de los cuales yo carezco. Si me separan para fusilarme, mis cigarrillos te pertenecerán; y si al contrario, sólo se trata de una mera formalidad, tus fósforos serán míos. El premio pues, lo representan: para mí la caja de fósforos, para ti mis cigarrillos; adiós y que El nos ayude a todos.

Y saludando al grupo de amigos, marchó tranquilo y sereno, para la pieza que seguía al salón.

Conocida es la célebre carta que en despedida escribió a su amigo íntimo don Eduardo Beeche. En sustancia decía así:

“Querido don Eduardo; dentro de unos momentos me habrán despachado al otro mundo; no temo el viaje, sólo me apena la suerte de mi Lupita, y la de mis hijos que quedan pobres, desterrados y sin apoyo.

“En mi larga existencia he tenido ocasión de enfrentarme mil veces con la muerte; pero siempre la vi a través de la excitación de la victoria o de la pena y la vergüenza de la derrota. Hoy es diferente, pues la escuálida Parca me mira tranquila y se burla al considerarme víctima, no de mis enemigos, sino de mi Patria adoptiva, y de mis amigos.

“¡No importa! Siempre he creído que el hombre es inmortal y que la muerte es el despertar de la vida; la aurora de una nueva existencia; que dentro de cuarenta minutos habré dejado de soñar y comenzaré a vivir en el lugar que Dios tiene destinado para los que hemos vivido según sus leyes, y haciendo cuanto bien hemos podido a la familia, a la Patria y a la humanidad en general.

“¡Adiós! Dígale a Dorila su esposa, que no olvide a su viejo tío, a quien llamaba el corruptor de su marido; para corrupciones estoy ahora, que dentro de una semana ni los perros se acercarán a mi corrupto cuerpo.

“Adiós y adiós… Esa mancha que parece de aceite, al principio de esta carta, no es más que una malhadada lágrima, que sin mi voluntad se escapó de mis ojos. De nuevo, adiós. (Firmado) Cañas”.

El viejo batallador salió de su prisión custodiado por una fuerte escolta. El pelotón de ejecución marchaba inmediatamente detrás de él. Cualquiera que no hubiera sabido que se trataba de ultimar a aquel hombre, habría pensado que quien mandaba la escolta era él, y que el pálido y tembloroso oficial que en realidad iba a la cabeza de la fuerza armada, era el destinado al último suplicio.

El General en jefe, Blanco, en vano solicitó, rogó y amenazó a todos los oficiales del ejército expedicionario, uno después de otro, para que obedecieran y mandaran hacer fuego contra Cañas. Todos se negaron a hacer el papel de verdugos del héroe de la Campaña Nacional.

“-Preferimos morir, a mandar a hacer fuego sobre nuestro valiente jefe”, dijeron todos.

Por fin se presentó el mismo capitán que llevó de San José la sentencia de muerte y despertó a los prisioneros en la madrugada. ¿Quién ignora el nombre de ese fatídico acuchillador de inocentes y de heroicos personajes?

Ramón es su nombre de bautismo; buscad lector el apellido de esa fiera humana y lo encontraréis en la historia de Costa Rica siempre que se ha tratado de hacer mal a los hombres o a las cosas.

Para cada persona que encontró en el tránsito para los Jobos, tuvo Cañas una palabra’ agradable. Al uno lo saludaba y le preguntaba por su esposa o su hija. A la otra la llamaba por su nombre de convención, como lo hizo con la “Lorenza” a quien vio en una ventana, en donde lloraba y gemía ya ronca y desesperada.

“-Sígueme -le dijo-, pues te necesito en los Jobos“.

Llegado al mismo lugar donde fueron fusilados Mora y Arancívia (sic), suplicó al oficial que le permitiera mandar el pelotón que debía darle muerte. El grosero militar le dijo que en Costa Rica sobraba quien lo hiciera, mas al ver el gesto amenazador y hostil de los soldados, dijo: “Sea, pero que esto concluya pronto”.

El viejo guerrero con voz llena, alta y clara, dio las órdenes.

-¡Atención camaradas…! Preparen… Apunten… aquí, al pecho, no tiren a mi cara… ¡fuego!

Un suave gemido se oyó y todo fue concluido.

A las doce del día dos de octubre, almorzaban los prisioneros que aún restaban vivos en el salón ya descrito antes.

Apenas comían, silenciosos, tristes e inquietos, cuando entró la simpática y generosa Lorenza la Realejeña, gritando:

“-¡Asesinos, bandidos, ya lo estarán matando!”

“-¿A quién?”, preguntaban todos. En ese instante se oyó una descarga de fusilería…

-Ya no existe Cañas, esa descarga es la de la escolta que lo ejecutó. Aquí traigo un macito de cigarros que la víctima me entregó para que lo pusiera en manos de don Manuel Argüello. Dijo que aunque él había ganado la apuesta, pagaba porque ya no necesitaba ni cigarros, ni fósforos, pues en el otro mundo era prohibido fumar.

El oficial don Rosario Gutiérrez recogió la dentadura postiza que usaba el general y se la obsequió a Lupita, la viuda mártir.

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General José María Cañas Escamilla, falleció por fusilamiento el 02 de octubre de 1860, en la Plaza de Los Jobos, Puntarenas.

General José María Cañas Escamilla, falleció por fusilamiento el 02 de octubre de 1860, en la Plaza de Los Jobos, Puntarenas.

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E P I L O G O

Antes de que se señalara en La Chacarita, el lugar donde deben sepultarse los cadáveres de los que mueren en Puntarenas, el camposanto de esa población lo era el nombrado Manglar, frente a la población, con el Estero de por medio.

Nada más triste y desolado que esa lengua de arena, situada al pie de las siniestras selvas de manglares, que tiene: al saliente las cumbres del Monte del Aguacate, al poniente las azules aguas del Golfo de Nicoya, al norte los manglares referidos y al sur, en lontananza, el grande océano, precedido de la punta de arenas en que está situada la ciudad del mismo nombre.

En ese arenal, abandonados de Dios y de los hombres, reposaron los restos de los que fueron los generales Mora y Cañas, hasta que un generoso hijo de la Francia, don Juan Bonnefille, los recogió y colocó en ricas urnas, que se depositaron en el panteón de San José. Que la tierra le sea ligera a él mismo; pues poco después murió, llorado por su respetable familia y por sus numerosos amigos.

Las olas del Estero a veces lamen esa arena, que apenas oculta los cadáveres que allí se depositan.

Dos años después del cruento drama que hemos relatado, una Hermana de la Caridad joven y bella, pero de una palidez y demacración excesiva, oraba allí arrodillada al pie de una pequeña cruz de madera. Acompañábale otra religiosa de la misma orden, ésta ya entrada en años. Eran, la primera, Elisa Delmar, la otra, la Madre Escolástica de la Visitación, superiora que había sido en Guatemala.

Elisa, desesperada por la prematura muerte del general Cañas, vivió seis meses en Esparta con su madre Berta. Mas éste último apoyo le faltó, a consecuencia de una fiebre biliosa que la llevó al sepulcro.

Sin lazos que la ligaran a Costa Rica y decidida a profesar fesar (sic) en la orden de las Hermanas de Caridad, malvendió los pocos bienes que dejó Berta, y se marchó para Guatemala.

Un año después profesó y vivió algunos meses en el Hospital de la Antigua Guatemala, en donde fue apreciada en lo que valía, por sus compañeras y por las madres.

Un día llegó en el correo la orden de la superiora de la corporación para que se embarcara con otras hermanas y una madre y pasaran a Montevideo a desempeñar una importante comisión. Así fue que al pasar por Puntarenas desembarcó allí, para visitar el sepulcro de Cañas.

Esta fue la última vez que tuvimos noticias de su existencia, y hoy ignoramos si vive o ha volado al Elíseo a juntarse con sus padres.

Alberto Villalta, enfermo de incurable amor no correspondido, volvió a Colombia y se hizo matar en una de esas que llaman folliscas en Panamá, batiéndose como se baten los que nada tienen en la vida.

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Don Manuel Argüello Mora

Don Manuel Argüello Mora

(*) Manuel Argüello Mora (1834 – 1902), fragmento de “Obras Literarias e Históricas”. Escritor, abogado, y político, autor de la primera novela de Costa Rica y los primeros relatos; sus obras mezclan lo anecdótico y lo biográfico con lo histórico. Sobrino de don Juanito Mora, le acompañó en su exilio a El Salvador en el año 1859.

FUENTE: http://www.sinabi.go.cr

La última carta de JUANITO MORA a su Esposa

Don JUAN RAFAEL MORA PORRAS, ex Presidente de la República, fusilado el 30 de Setiembre de 1860, en la Plaza de El Jobo, Puntarenas, junto al General JOSÉ IGNACIO ARANCIBIA LAGOS, residente en Esparza. El General JOSÉ MARÍA CAÑAS sufriría igual pena, dos días después, en el mismo sitio.

Don JUAN RAFAEL MORA PORRAS, ex Presidente de la República, fusilado el 30 de Setiembre de 1860, en la Plaza de El Jobo, Puntarenas, junto al General JOSÉ IGNACIO ARANCIBIA LAGOS, residente en Esparza. El General JOSÉ MARÍA CAÑAS sufriría igual pena, dos días después, en el mismo sitio. (Pintura al óleo de Aquiles Bigot, de 1860).

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Pocas horas antes de su fusilamiento, don JUAN RAFAEL MORA PORRAS (Juanito) escribió una carta a su Esposa, así como a allegados suyos.

Debido a su significado humano e histórico, el Ing. Luko Hilje Quirós las recopiló y contextualizó,  interpretando algunos aspectos contenidos en ellas. Compartimos con Usted la correspondiente a doña  INÉS AGUILAR CUETO, su Esposa …

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Por: Ing. Luko Hilje Quirós ( * )

Conmovedora y desgarradora, dicha carta es un irrefutable testimonio del amor por su esposa e hijos, así como del dolor que laceraba su corazón en tan desesperante y angustioso trance. Es decir, representa una lección de hondura humana.

Cabe indicar que hacia el margen izquierdo del tercio inferior de la segunda página, sendas manchas delatan a dos grandes lágrimas que, tras recorrer el rostro de don Juanito, aterrizaron sobre aquel folio para, como una especie de rúbrica, hacernos estremecernos ante tanta crudeza y dolor aún hoy, 150 años después de su ignominioso asesinato.

Por fortuna, las descendientes de don Juanito accedieron a facilitármela, por lo que pude transcribirla con ayuda de una de ellas, cotejando palabra por palabra y toda la puntuación. Asimismo, por fidelidad histórica, para su publicación aquí he mantenido la carta tal cual, con las abundantes faltas de redacción y ortografía de don Juanito. Aunque en esa época algunas palabras se escribían diferente de ahora, por mi familiaridad con numerosos documentos de entonces puedo aseverar que don Juanito tenía serias deficiencias de escritura, sobre todo ortográficas.

Redactada pocas horas antes de ser fusilado, este es el contenido de dicha carta, escrita con buena caligrafía por ambas caras de dos hojas –es decir, cuatro páginas– de papel grande, tamaño oficio, unidas entre sí:

(OBSERVACIÓN DEL BLOG: Se respeta la grafía de la transcripción, que se corresponde con la ORIGINAL).

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Puntarenas, Setiembre 30 de 1860

Mi siempre idolatrada Inesita

Te dirijo esta despedida en los ultimos momentos de la vida, son terribles; pero nada temo, solo me inquieta la triste situasión en que quedas viuda, pobre, en el destie­rro y cargada de hijos. Te encargo mucho la educasión de mis hijos, prinsipalmente á Alberto que tiene regular talento. (Don Francisco Yglesias que me bió y me pres­tó servisios y consideración, me á ofrisido bajo su palabra de honor cuidar de la educasión de Albertito; asepta pues su oferta).

Cuida de nuestros hijos y ablales siempre de su desgrasiado padre, para que jamás se mesclen en la política, por que ella es un berdugo que destroza á sus servidores. Nada te digo sobre bolber á este país ó quedarte alla, has lo que quieras. Sobre mis intereces, creo que nada debes esperar, pues Aguilar logrará apropiarse del resto que aun nos queda: el tiene hoi mucha influensia y puede hacer que lo blanco sea negro. En los ultimos momentos de mi desgrasiada existensia declaro como cristiano que soy que Aguilar me debe más de 200.000 $ y que creo y que si el cree en Dios y muere como cristiano pagará a mi familia lo que justamente me adeuda.

Consuela á tu pobre madre y pide a Dios misericordio­so, te de balor para resibir este golpe, y quedar con bida para cuidar de nuestros hijos mientras Dios dispone de todos, pues somos mortales. Recordarás que yo tenía mis motivos para tener tanta repugnansia para inbadir este ingrato país y que lo hize instigado por los que me han sacrificado: Dios les perdone como yo les perdono.

Con mi muerte creo que no podrán remediar nada, pues la complicasión que á engendrado la revolución del 14 de Agosto será fecunda en desgrasias para la Repu­blica, y hoy empiesen las escenas de sangre y dolor: Dios quiera que yo esté equivocado, y que con mi sacrifisio todo se acabe y buelvan la pas y el progreso para estos pueblos desgrasiados.

Cañas y José Joaquin no corren peligro, alomenos asi me lo han asegurado.

No puedes figurarte lo indiferente que me es morir, solo siento la muerte por ti y por mis hijos: Dios les protejerá y la patria aunque cruel con migo, talbes, mas tarde no será lo mismo con mis hijos, pues bendrá tiempo en que balgan algo los pocos serbisios que he prestado en casi la mitad de mi bida.

Cuida de Adelaida y Adelina y que todos pidan a Dios la conformidad nesesaria para resistir este golpe_ Va el último beso para mis hijitos, y tu mi alma pide a Dios por este esposo desgrasiado. Haora boy á ocuparme de lo espiritual, muero como cristiano y confio en Dios que me perdonará mis culpas y que cuidara de ti y de mis hijos.

Mil espreciones á Don Francisco Blanco, que le encar­go el cuidado de mi familia. Saludo a la Señora Montoya y familia y a Doña Nela que cuide de que aprendan á leer los chiquitos, y pidan á Dios por esta victima de pasiones agenas.

Somos mortales y tarde ó temprano se muere, estamos en éste mundo engañoso de paso, y así debemos ber los acontesimientos, ya sean prosperos o adbersos.

Adios, Adios, y Adios á mis hijos_ Tuyo, tuyo hasta el ultimo momento.

Juan R. Mora P.

P.D. Recoge los 3.400 $ que tiene que cobrar Don Francisco Blanco y economiza para que biban”. (sic)

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( * ) FUENTE: Hilje Quirós, Luko. Las horas finales: cartas postreras de Mora y Cañas. Revista Comunicación. Volumen 19, año 31, Edición Especial, 2010.  Instituto Tecnológico de Costa Rica.

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IMAGEN: Wikipedia, La Enciclopedia Libre. Pintura al óleo representando a don Juan Rafael Mora Porras, Presidente de la República de Costa Rica en 1849-1853 y 1853-1859. Realizada en 1860, aproximadamente, por el pintor Aquiles Bigot (París, 1809 – Costa Rica 1884). Obra que se encuentra instalada en la Galería de ex Presidentes de Costa Rica. Asamblea Legislativa.

En 1851: Juan Rafael Mora decidió que Esparza perteneciera a Puntarenas

Templo Parroquial de Esparza en reconstrucción (a finales de ladécada de los años 1950)

Templo Parroquial de Esparza en reconstrucción (a finales de la década de los años 1950)

Publicamos a continuación un documento histórico en el cual el ex presidente Juan Rafael Mora Porras decidió en noviembre de 1851, mediante su Decreto Nº 39, que el distrito de Esparza se desligara de Alajuela y perteneciera a Puntarenas

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DECRETO XXXIX del 6 de Noviembre de 1851

Nº 8- Juan Rafael Mora, Presidente de Costa Rica,

Considerando:

  • Que el Distrito de Esparza se halla muy distante de la Provincia de Alajuela a que pertenece.

  • Que por la ley, no puede establecerse allí el celo que demanda la recta administración pública.

  • Que por la ley, la cabecera electoral de dicho distrito, es el de Puntarenas, donde existe un Gobernador político y militar.

  • Que formando ambos distritos un solo Cantón nada hay de irregular en que las dos estén inmediatamente regidas por el Gobernador de Puntarenas.

  • Que estableciendo la ley una misma posibilidad en cada Cantón y de cada uno de sus distritos.

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DECRETO:

Artículo 1.- Mientras el Excelentísimo Poder Legislativo dispone lo conveniente, el distrito de Esparza queda sujeto a la Gobernación de Puntarenas. Y segregado de Alajuela.

Artículo 2.- El Jefe Político de Esparza será nombrado por el Gobernador de Puntarenas en las épocas señaladas por la Ley, correspondiéndose todas las celebraciones que la misma confiere a las de los demás cantones.

Artículo 3.- La Municipalidad ha de residir en Esparza, se entenderá por medio del Jefe Político, Su Presidente, con el Gobernador de Puntarenas y de éste recibirá las órdenes y comunicaciones que corresponda.

Artículo 4.- Los límites del Cantón se extenderán hasta el río Jesús María a la parte oriental, y a la occidental hasta el de Chomes.

Artículo 5.- El distrito de Esparza tiene por límite con el de Puntarenas el Río Barranca.

Artículo 6.- Lo que queda dispuesto en los artículos anteriores no altera en modo alguno el sistema electoral establecido y en todo lo demás observarán las leyes vigentes.

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Dado en el Palacio Nacional a los seis días del mes de noviembre de mil ochocientos cincuenta y uno.

JUAN RAFAEL MORA PORRAS (Presidente),

el Ministro de Estado en el despacho de Gobernación JOAQUÍN BERNARDO CALVO.

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FUENTE: La República. Suplemento “Cuatricentenario de Esparta”. 27 de abril de 1974.

LA PLAZA DE LOS MANGOS: Lugar con más de 200 años de Historia que ya no existe…

La desaparecida PLAZA DE LOS MANGOS, Esparza Puntarenas, vista desde su sector sur. Década de los años 1960. Foto: Sr. Lucas Madrigal. Cortesía del Prof. Álvaro Pérez Jiménez.

La desaparecida PLAZA DE LOS MANGOS, Esparza Puntarenas, vista desde su sector sur. Década de los años 1960. Foto: Sr. Lucas Madrigal. Cortesía del Prof. Álvaro Pérez Jiménez.

Por: Marco Fco. Soto Ramírez (*)

En la Ciudad Primada del Espíritu Santo de Esparza, Puntarenas, se encontraba “La Plaza de Los Mangos”, compuesta por cinco árboles de mango de la especie conocida comúnmente como ‘mango de hilacha’ o ‘mango de mecha’, de la especie manguífera indica, originaria de la india y traída a nuestras tierras americanas por los conquistadores. Habiendo llegado a ser los más antiguos de la Región Pacífico Central, se hallaban situados en el terreno que aloja la planta física del Liceo Diurno de Esparza. Éstos, a través de los años, estuvieron ligados a la Historia de nuestra antiquísima comunidad, siendo testigos inmutables del desarrollo social, económico y cultural de nuestro cantón.

A modo de anécdota introductoria

En el año 2006, a instancias del esparzano Ing. Juan Carlos Salas Porras, en esa época funcionario del Dirección de Ingeniería de la Municipalidad de San José (hoy labora en nuestro municipio garrobero), cuando cuatro de dichos árboles todavía se encontraban en pie, el autor de este artículo se dio a la tarea de presentar la formal inscripción de los precitados árboles de mango ante la Comisión Interinstitucional de Arborización Urbana, con el propósito de que nuestra añeja ciudad participara en el denominado 3er. Concurso “El Árbol más lindo de mi Comunidad, Año 2006”.

Una vez recolectados los justos requisitos, por mi propio pie, y acatando las instrucciones expuestas en la papelería correspondiente, me dirigí hasta la sede nacional de la Benemérita Cruz Roja Costarricense, Departamento de Juventud, a hacer entrega del material pertinente. En pleno año 2011, aún estoy esperando el acuse de recibo escrito prometido… (¡La flamante ‘eficiencia’ de algunas de nuestras instituciones es pasmosa! Sin mayores comentarios…)

Valiosa oportunidad

Lo importante no fue el concurso, sino la invaluable oportunidad de haber llevado a buen puerto mi modesta investigación bibliográfica y de campo, aprovechando el conocimiento que, por tradición oral, poseo, debido a que mis familiares (Soto Monge y Rodríguez Rodríguez) vivieron en las inmediaciones del Barrio Los Mangos de Esparza, desde principios del siglo pasado hasta la fecha. Asimismo, efectuando una serie de entrevistas a algunos estimables coterráneos longevos y/o con memoria muy fresca: los señores Cristóbal Vega Vega (don Toba), de longevidad centenaria; Luis Amado Velásquez Castillo (Güicho), Virgilio Cordero Rivera (Tronquito), Edwin Rodríguez Barboza (Pachuco) y Guillermo Borge Calvo (Memo), a quienes –valga la ocasión- agradezco su especial disposición para atenderme y brindarme desinteresadamente sus recuerdos, no solamente sobre el tema en mención, sino sobre tópicos relativos a otras vivencias de la sociedad esparzana a través de los tiempos.

Rescatando las principales características históricas de aquella propuesta, en lo referente a “La Plaza de Los Mangos”…

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Antigua Estación del Ferrocarril, situada en los terrenos que hoy en día ocupa el Liceo Diurno de Esparza, en el Barrio Los Mangos, año 1923. -Foto cortesía del Sr. Félix Jiménez, Estudio Fotográfico Esparza. Tel. (506) 2635-5952-.

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Su antigüedad

En el folleto titulado “Navarra: Temas de Cultura Popular: “Esparza de Costa Rica”, en un ensayo de Sonia Garro Rojas; editado por la Diputación Foral de Navarra, Pamplona, España (1974), se afirma:

“Son unos cinco árboles de mango que se calcula tienen unos 200 años de existencia”. (sic).

La Plaza de Los Mangos, ubicada a la vera del Camino Real (llamado también Calle del Arreo o Calle Real), se constituyó en ‘lugar de sesteo’ de los jinetes, carreteros, arrieros y de sus animales (ganado vacuno, caballar, porcino, principalmente), los cuales trasladaban ‘arreados’ por dicha vía de comunicación.

A lo largo de los principales caminos de Costa Rica, se ubicaban estratégicamente distintos lugares de ‘Sesteo’ (descanso) y uno de ellos lo fue la citada Plaza de Los Mangos de Esparza. Éste era el sitio de rigor para tales menesteres, por encontrase a la vera de la Carretera Nacional que unía a San José y Puntarenas; construida desde 1843, durante la administración (1842-1844), del 13º Jefe de Estado José María Alfaro Zamora. Los arrieros, por lo general, venían de Nicaragua guiando el ganado vacuno que se subastaba al pie de Los Mangos. Los ‘carreteros’ y sus yuntas de bueyes transportaban café desde el Valle Central hasta Puntarenas, donde lo embarcaban para su exportación.

La Campaña Nacional

En 1856, las tropas de soldados que iban a combatir a los filibusteros en Guanacaste y Nicaragua, acamparon a la sombra de Los Mangos.

Asimismo, y siempre dentro del tema, en 1885 se dio la migración de otro contingente militar hacia Honduras, con el objetivo de ofuscar las dictatoriales acciones de Justo Rufino Barrios, Presidente de Guatemala, quien pretendía extender sus dominios hasta Costa Rica, generando una guerra en pro de la ‘reunificación de las Provincias de Centroamérica’. Estos soldados también pernoctaron al cobijo de tales árboles.

El Ferrocarril en Esparza

Debemos señalar que la Estación del Ferrocarril estuvo situada a escasos 50 metros de Los mangos, cuyo Ramal Esparta-Puntarenas, inaugurado en febrero de 1880 por el Presidente Tomás Guardia Gutiérrez, durante los Festejos Patronales dedicados a la Virgen María, bajo su advocación de Nuestra Señora de La Candelaria. La actividad ferroviaria en Esparza estuvo en vigencia hasta 1953.

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La MARÍA CECILIA, máquina del Ferrocarril que durante décadas prestó servicio en el Ramal Esparta-Puntarenas, en el período 1880-1953. Actualmente se encuentra en exhibición en los jardines de la sede central del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico (INCOFER), San José.

La MARÍA CECILIA, máquina del Ferrocarril que durante décadas prestó servicio en el Ramal Esparta-Puntarenas, en el período 1880-1953. Actualmente se encuentra en exhibición en los jardines de la sede central del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico (INCOFER), San José.

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En los predios de la Estación del Tren, se encontraba un ‘Bañadero Antiparasitario’ para ganado, construido exactamente al pie de Los Mangos, durante la última de las tres administraciones presidenciales del Lic. Ricardo Jiménez Oreamuno (1923-1936). Dicho ‘baño para el ganado’ se hallaba constituido por dos corrales unidos por una ‘manga’ o pasadizo que se profundizaba en el centro, convirtiéndose en una pequeña piscina conteniendo agua con Sarnol, medicamento acaricida utilizado en la eliminación de la plaga de garrapatas (Boophilus microplus) y tórsalos (gusano barrenador) en el ganado a subastarse. La de Los Mangos, llegó a constituirse en una Plaza Comercial, donde se negociaban los productos agropecuarios (frutas, tubérculos, ganado, etc.).

(Leer Artículo relacionado “El Ferrocarril en el Cantón de Esparza”, en el siguiente enlace: http://wp.me/p1jlVc-A)

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Vestigios del antiguo 'Bañadero Antiparasitario' de la Estación del Ferrocarril, sito en La Rotonda de Los Mangos (donde actualmente se encuentra el LICEO DIURNO DE ESPARZA), Esparza. Arriba a la derecha, pueden observarse las instalaciones de LA CERÁMICA. (Foto: Marco Fco.·. Soto Ramírez, 1980)

Vestigios del antiguo ‘Bañadero Antiparasitario’ de la Estación del Ferrocarril, sito en La Plaza de Los Mangos (donde actualmente se encuentra el LICEO DIURNO DE ESPARZA), Esparza. Arriba a la derecha, pueden observarse las instalaciones de LA CERÁMICA. (Foto: Marco Fco.·. Soto Ramírez, 1980)

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La Hacienda La Pastora perteneció al General Arancibia

La Hacienda “La Pastora”, una de las fincas más relevantes de la zona, cuya entrada se encontraba a escasos 50 metros de La Plaza de Los Mangos, a lo largo del Camino o Calle Real.

A mediados del Siglo XIX, dicha hacienda perteneció al General José Ignacio Arancibia Lagos, de origen chileno, experto en ganadería de carne, quien –de paso hacia las minas de California- se prendó de nuestro terruño, contratado por Mariano Montealegre, a quien le administró varias fincas.

El General Arancibia recibió su grado militar de manos del ex Presidente Juan Rafael Mora Porras (Juanito), por su lealtad y por los servicios prestados en varias batallas de esa época. Debido a su lealtad don Juanito Mora, murió fusilado junto a éste y al General José María Cañas Escamilla, en Puntarenas, el 30 de setiembre de 1860. (Leer artículo relacionado, “JUAN RAFAEL MORA y el GENERAL ARANCIBIA murieron juntos”, en el siguiente enlace: http://wp.me/p1jlVc-8h)

Siempre se ha asegurado que el General José Ignacio Arancibia enterró, en su Hacienda La Pastora, las joyas de gran valor económico que le entregara el ex Presidente Juan Rafael Mora Porras para su custodia. (Leer artículo relacionado, “El GENERAL ARANCIBIA enterró las joyas de JUANITO MORA en ESPARZA”, en el sigiente enlace: http://wp.me/p1jlVc-8C)

A finales de la década de los años 1890, su nuevo propietario, el Sr. Uladislao Guevara, al ser nombrado Gobernador de la Provincia de Puntarenas, vendió los terrenos de tal hacienda al Sr. Víctor Calvo Carvajal, oriundo de San Ramón de Alajuela. Insigne ciudadano, casado con la Sra. Flora Arancibia Arguedas (nieta del General Arancibia), que paulatinamente fue forjando sus actividades comerciales en esas inmediaciones, tales como hotel, fonda (restaurante), herrería y alquiler de pasturas para las cabalgaduras y el ganado que se trasladaba, en aquel entonces, desde Nicaragua hasta la Meseta Central.

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Don José María Zeledón Brenes (Billo), autor de la letra de nuestro Himno Nacional, falleció en la Hacienda La Pastora, Esparza, a escasos metros de La Rotonda de Los Mangos.

“Billo” Zeledón, autor de la letra del Himno Nacional falleció en “La Pastora”

Cabe destacar que, en numerosas ocasiones, la Hacienda la Pastora acogió como visitante al Benemérito de la Patria, Sr. José María Zeledón Brenes (1877-1949), conocido cariñosamente bajo el apelativo de “Billo Zeledón”, contador, poeta, escritor, periodista y diputado, inmortalizado como autor de  la letra del Himno Nacional de Costa Rica, y por haber sido miembro de la Asamblea Constituyente de Costa Rica, redactora de nuestra actual Constitución Política de Costa Rica, en 1949.

Don Billo llegó a adquirir un importante terreno en “La Pastora”, pues deseaba estar cerca de su hija, doña Marta Zeledón Venegas, casada con el Sr. Ricardo Calvo Arancibia (hijo de don Víctor Calvo Carvajal, antiguo propietario de esa Hacienda, y bisnieto del General José Ignacio Arancibia). Don Ricardo llegó a ejercer el cargo de Jefe Político de Esparza.

Muchos ‘garroberos’ adultos mayores recuerdan la presencia de don Billo, cuando llegaba en tren y era recibido por el populacho como lo que era: un personaje importante, no sólo en su calidad de autor de la letra de nuestro Himno Nacional, sino por su humildad, su filantropía y por especial don de gentes, pues muy pocos saben que don Billo siempre estuvo ‘muy comprometido con las causas sociales del pueblo llano’, aspecto importantísimo de su vida que, de forma mezquina y tendenciosa, ha querido ‘silenciarse’ por quienes fabrican los textos de la ‘Historia oficial’, no necesariamente ‘veraz y exacta’ del todo…

Sintiendo muy minada su salud, se dirigió por última vez, a este bendito terruño que mucho bienestar traía a su vida, falleciendo apaciblemente el 6 de diciembre de 1949, a la edad de 72 años, en la legendaria Hacienda La Pastora. (Leer artículo relacionado, “Semblanza de don Billo Zeledón, (…) fallecido en Esparta en 1949”, en este enlace: http://wp.me/p1jlVc-ec)

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LA CERÁMICA de Productos Caribe S.A. ha sido fuente de trabajo para los Esparzanos durante más de 70 años.  Foto:  Página de "Esparza Costa Rica" de Facebook.

LA CERÁMICA de Productos Caribe S.A. ha sido fuente de trabajo para los Esparzanos durante más de 70 años. Foto: Página de “Esparza Costa Rica” de Facebook.

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La Cerámica

En el año 1936, a 100 metros de La Plaza de Los Mangos, el recordado don Pío Luigi Albónico Induni y su primo don Marco Aurelio Induni Fasola, ambos de origen suizo, establecieron su Fábrica de Cerámica (Productos Caribe S.A.), aún vigente como modelo empresarial que ha sabido adaptarse a los rigores del comercio nacional e internacional, así como importante fuente de trabajo en el cantón.

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El Liceo Diurno de Esparza

No debemos olvidar que, exactamente en los terrenos que constituían La Plaza de Los Mangos, el 1º de febrero de 1965 se verificó la fundación del Liceo Diurno de Esparza, como corolario de los ingentes esfuerzos de destacados ciudadanos esparzanos, que conformaron la Comisión pro Liceo, según se hallan inscritos en documentos de la época: Sr. Nicasio García Calero, Prof. Edwin Vargas Soto, Prof. Jorge Sánchez Calderón, Sr. José Montero Araya, Prof. Claudia Quirós Vargas, Sr. Nicolás Chinchilla Arley, Sr. Guido Prado Rojas, Prof. Hilda Jiménez Ugalde, Prof. Javier Barrantes Carranza, Prof. María Luisa García de Pérez, Prof. Guillermo Pérez Chacón y Prof. Seley González Carvajal.

A ellos y muchas personas que creyeron en su posición visionaria, muy adelantada para la época, debemos la existencia de esta noble institución educativa que ha tenido sus momentos de gloria, especialmente bajo la célebre dirección del Prof. Álvaro Pérez Jiménez. (Artículo relacionado, “RESEÑA de la CREACIÓN del LICEO DIURNO de ESPARZA”, en el siguiente enlace: http://wp.me/p1jlVc-9A)

Lugar de Misterios, Espantos, Fantasmas y Aparecidos

Muchos esparzanos ‘adultos en plenitud’, de proba seriedad, recuerdan vivencias ‘sufridas’ e historias de espantos, tales como La Carreta sin Bueyes, El Cadejos, La Mona y el Cortejo de las Ánimas del Purgatorio, entre otros, que se daban cita en las cercanías del sitio merecedor de esta larga cita; lugar proclive a todo tipo de fenómenos paranormales, no solamente ligados a las tradiciones populares, sino a sucesos de aparente ‘relación moderna’, pero que siempre han ocurrido en la aledaña Calle Real, como lo es la intermitente apertura de ‘puertas interdimensionales’, con su inexplicable transformación del espacio-tiempo. Fenómenos sobre los cuales, con relatos recopilados de primera mano, muy precisos y profusos en detalles, nos estaremos refiriendo en una futura entrega, con el único propósito de compartir información objetiva, guardando para nosotros las hipótesis que hemos llegado a desarrollar sobre algunos de tales sucesos.

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Intersección en la Calle Real, frente a Pulpería La Pastora, en el Barrio Los Mangos, Esparza. (Foto: Marco Fco.·. Soto Ramirez).

Intersección en la Calle Real, frente a Pulpería La Pastora, en el Barrio Los Mangos, Esparza. (Foto: Marco Fco.·. Soto Ramirez).

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Para nunca olvidar

Fue muy evidente el enorme auge económico que se produjo en las inmediaciones de La Plaza de Los Mangos de Esparza, por todas las actividades comerciales que se desarrollaron en ese sector esparzano, debido a la ubicación de la referida Estación del Ferrocarril, desde 1880 hasta su clausura en 1953.

El Barrio ‘Los Mangos’, como le conocemos actualmente, es lo que queda de ese lugar entrañable que hemos venido recordando a lo largo de este artículo. La Plaza de Los Mangos fue vencida por los embates del progreso… Sus últimos cuatro baluartes fueron derribados para dar paso a un pabellón de aulas del Liceo de Esparza. Solamente existe grabada en la memoria de quienes la conocimos y nunca olvidaremos.

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CRÉDITOS de las Fotografías:

  • Sr. Lucas Madrigal Conejo.
  • Sr. Félix Jiménez Zumbado, Estudio Fotográfico Esparza. Tel. (506) 2635-5952.
  • Sitio Web de Productos Caribe S.A.
  • Página de La Asamblea Legislativa (Foto de don Billo Zeledón)
  • Club Los Garroberos 4-S (Logo del LDE)
  • Marco Fco.·. Soto Ramírez (Ñor Antenor)

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Bibliografía

–  Decreto Ejecutivo Nº 24082-C, Diario Oficial La Gaceta Nº 54 del 16 de marzo de 1995 sobre Declaratoria de interés Histórico Arquitectónico del antiguo Túnel de Mirafores, ubicado en Caldera, Distrito Espíritu Santo, Cantón de Esparza, de la provincia de Puntarenas.

–  Diario “La República”. Suplemento “Cuatricentenario de Esparta”. Sábado 27 de abril de 1974.

–  Garro Rojas, Sonia. Folleto “Navarra: Temas de Cultura Popular: “Esparza de Costa Rica”. Editado por la Diputación Foral de navarra. Dirección de Turismo, Bibliotecas y Cultura Popular, Pamplona, España. 1974. Págs. 17-23.

–  Rico Salazar, Jaime. “Las Canciones más Bellas de Costa Rica y sus Compositores”. Quinta Edición. Centro Editorial de Estudios Musicales. San José, 1990. Pág.13.

–  Soto Ramírez, Marco Fco.·. “Apuntes de mis Investigaciones de Campo sobre la Cultura Popular del Cantón de Esparza”. 1984-2006. Material inédito.

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(*) Marco Fco.·. Soto Ramírez, Fundador y Administrador del Blog “ESPARZA MÍA…” y de otras iniciativas en la Red.

  • Terapeuta Holístico y Maestro de Reiki
  • Cultor Popular Tradicional
  • Narrador Oral
  • Cantante y Compositor Musical
  • Co-creador de nuestros Símbolos Cantonales Esparzanos: la Bandera y el Escudo
  • Co-creador de nuestro Símbolo Provincial: la Bandera de la Provincia de Puntarenas
  • Creador e intérprete de Ñor Antenor, Personaje Típico Cultural del Cantón de Esparza

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E-mail: culturapopularesparza@gmail.com

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JUAN RAFAEL MORA y el General JOSÉ IGNACIO ARANCIBIA murieron juntos

El Prócer costarricense don JUAN RAFAEL MORA PORRAS (Juanito Mora), ex Presidente de la República, fue fusilado en Puntarenas, junto a nuestro Héroe ignorado General José Ignacio Arancibia Lagos (chileno radicado en Esparza) el 30 de setiembre de 1860. El General José María Cañas Escamilla corrió igual destino el 02 de octubre de ese mismo año.

El Prócer costarricense don JUAN RAFAEL MORA PORRAS (Juanito Mora), ex Presidente de la República, fue fusilado en Puntarenas, junto a nuestro Héroe ignorado General José Ignacio Arancibia Lagos (chileno radicado en Esparza) el 30 de setiembre de 1860. El General José María Cañas Escamilla corrió igual destino el 02 de octubre de ese mismo año.

(Nota del Blog “Esparza Mía…”: El General José Ignacio Arancibia Lagos, de origen chileno, radicó en Esparza, donde fue propietario de la Hacienda La Pastora, sita en el Barrio Los Mangos, fundando aquí una familia, de la cual descienden los Calvo Arancibia).

Por: Manuel Argüello Mora (*)

30 de setiembre de 1860

Mora y Arancibia marchaban juntos al lugar donde minutos después habían de morir. El primero iba tranquilo, sereno, saludando a los amigos que encontraba en su calvario. Don Juan Rafael Mora era uno de los hombres más hermosos de su tiempo, de pequeña estatura, pero perfectamente proporcionado, de barba tupida, negra y sedosa, de ojos pardos sombreados por largas y crespas pestañas.

Su mirada era irresistible por lo que tenía de penetrante y de atrayente… Mora lo sostenía (a Arancibia) de un brazo y lo animaba, a fin de que llegaran airosos hasta los fatales jobos [1]: pero no consiguió comunicarle su valor y su altivez.

Llegaron por fin y fueron colocados bajo las copas de los árboles. Se pretendió vendar al bravo heroico libertador de la Patria, pero éste rechazó indignado aquella fórmula, de seguro muy útil para los espíritus apocados, pero humillante para quien muchas veces se había visto cara a cara con la muerte, sin que sus nervios hubieran sentido la más ligera contracción. Así fue que se le permitió morir como mueren los bravos, y él mismo dio las voces de mando como si se tratara de dirigir cualquier simple operación militar

“-¡Preparen! …” –se oyó decir con voz segura y bien timbrada al valiente don Juanito.

“-¡Apunten! …”

Mil corazones se agitaron en ese instante y un grito de desesperación infinita salió de los pechos de aquellos conjurados cuando Mora gritó:

“-¡Fuego!” -y rodó su cadáver sobre la arena…

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Don Manuel Argüello Mora

Don Manuel Argüello Mora

(*) Manuel Argüello Mora (1834 – 1902), fragmento de “Obras Literarias e Históricas”. Escritor, abogado, y político, autor de la primera novela de Costa Rica y los primeros relatos; sus obras mezclan lo anecdótico y lo biográfico con lo histórico. Sobrino de don Juanito Mora, le acompañó en su exilio a El Salvador en el año 1859.

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[1] Jobo: Nombre científico: Spondias mombin. Familia botánica: Anacardiácea. Árbol muy común a lo largo y ancho de las bajuras calientes, húmedas o secas, en ambas vertientes del territorio nacional. El jobo es un elegante árbol de tronco recto y esbelto, con una copa no muy amplia formada por unas pocas ramas muy largas. Se le puede confundir muy fácilmente con el cedro amargo, pero lo jobos son muy fáciles de reconocer gracias a su corteza gruesa y áspera cubierta de gruesos verdugones verticales que parecen cicatrices. Sus frutos son amarillos al madurar, carnosos, jugosos, de sabor agridulce y las personas los pueden comer, pero hay quienes experimentan fuertes reacciones alérgicas en la boca y garganta.

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FUENTES:

Fotografías:

Don Juan Rafael Mora: Wikipedia. Pintura al óleo de Aquiles Bigot (París, 1809 – Costa Rica 1884).

Don Manuel Argüello Mora: Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI)

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Nota marginal acerca del JOBO: http://www.elmundoforestal.com